El escritor Etgar Keret (Ramat Gan, Israel, 58 años) tenía previsto enviar a la editorial el 8 de octubre de 2023 su noveno libro de relatos breves. Había escogido la fecha al azar: produce uno cada siete años más o menos y se marca un tope para entregarlo. Dos días antes, trasladó a su esposa, Shira Geffen —la guionista y cineasta que escribió la película Medusas, dirigida por Keret y galardonada en Cannes—, la sensación de que le había quedado demasiado oscura, a causa de los acontecimientos personales y políticos que le habían marcado en los años previos: el fallecimiento de su madre, la pandemia del coronavirus, una hernia discal, el regreso al poder de Benjamín Netanyahu con el Gobierno más derechista de la historia del país… Su mujer le recomendó releerlo tranquilamente al día siguiente y, si se quedaba con la misma sensación, pedir una prórroga a la editorial.. Seguir leyendo
El narrador mira a la cotidianidad con humor negro y surrealismo en la colección de relatos ‘El blues del fin del mundo’. El ataque de Hamás en 2023 retrasó su publicación
El escritor Etgar Keret (Ramat Gan, Israel, 58 años) tenía previsto enviar a la editorial el 8 de octubre de 2023 su noveno libro de relatos breves. Había escogido la fecha al azar: produce uno cada siete años más o menos y se marca un tope para entregarlo. Dos días antes, trasladó a su esposa, Shira Geffen —la guionista y cineasta que escribió la película Medusas, dirigida por Keret y galardonada en Cannes—, la sensación de que le había quedado demasiado oscura, a causa de los acontecimientos personales y políticos que le habían marcado en los años previos: el fallecimiento de su madre, la pandemia del coronavirus, una hernia discal, el regreso al poder de Benjamín Netanyahu con el Gobierno más derechista de la historia del país… Su mujer le recomendó releerlo tranquilamente al día siguiente y, si se quedaba con la misma sensación, pedir una prórroga a la editorial.. Horas más tarde, Hamás lanzó por sorpresa su ataque masivo (casi 1.200 muertos y más de 250 rehenes) y el tono del libro se convirtió en la última preocupación de Keret. Tres meses más tarde, le preguntaron en un encuentro si estaba trabajando en un nuevo libro y se acordó del borrador. Con tantos reservistas movilizados en el país para la invasión de Gaza, la editorial tampoco podía publicarlo. Finalmente, Keret añadió dos relatos y nació el libro que la editorial Siruela publica ahora en español con el título El blues del fin del mundo.. “Aquel día, le dije a mi esposa que el libro no era para el público porque el mundo no es tan malo como el que yo contaba. Hoy el público lo entiende. Es como un ascensor entre dos pisos. La realidad ha descendido al nivel del libro”, cuenta en una entrevista con este periódico en su casa de Tel Aviv.. Como a menudo en el universo de Keret, los relatos de El blues del fin del mundo mezclan situaciones cotidianas con surrealismo. Un concursante alimenta con un ojo un nido de hormigas rojas. Un hombre personaje se dirige a un encuentro sexual casual y acaba en un minyán (los diez varones judíos mayores de edad necesarios para cumplir determinados rituales). En Ramat Gan, localidad junto a Tel Aviv en la que nació el escritor, los dos últimos humanos hacen visitas turísticas guiadas a los alienígenas.. Etgar Keret posa con su conejo antes de la entrevista, en su casa en Tel Aviv. saeedqaq. En su prosa, considerada una de las más originales en lengua hebrea de la actualidad, bastantes historias podrían desarrollarse en cualquier lugar del mundo, con referencias contemporáneas globales como las aplicaciones Spotify o Tinder. A veces, brotan, sin embargo, detalles —o guiños bíblicos o a la jerga israelí— que las enmarcan en su realidad geográfica. Entre las escasas referencias políticas explícitas en El blues del fin del mundo está el relato Perro por perro, una metáfora sobre el ciclo de venganza que alimenta el conflicto de Oriente Próximo.. Keret deja la política para su newsletter, sus columnas (reproducidas en este periódico) o la calle, donde se ha manifestado contra el Gobierno de Netanyahu. Tras el ataque de Hamás, ayudó a llevar libros a soldados israelíes en el frente. Meses más tarde, participó en vigilias silenciosas sujetando fotos de niños palestinos que ese mismo ejército mató en bombardeos. “Era una forma de no permitir que la gente lo negase u olvidase”, explica.. La palabra tabú en Israel (genocidio), sin embargo, le hace enfadar. En una entrevista previa, Keret aseguró: “Cuando dices que Israel está cometiendo un genocidio, significa que no quieres mantener ninguna conversación”. Preguntado por aquella afirmación, se irrita: está harto, dice, que la palabra siempre acabe saliendo en las entrevistas. “Mi crítica a mi país o al ejército y la destrucción en Gaza es mía. Si vienen de EL PAÍS a hacer una encuesta, digo: ‘Coged a alguien que no sea un creador, que no tenga imaginación’. Hay muchos de esos fuera [de Israel]”.. Luego reflexiona al respecto con más calma: “Hay X personas que dicen: ‘Es genocidio’ y X que dicen ‘No lo es’. Es una reducción, casi como de qué equipo de fútbol eres”. Keret, hijo de supervivientes del Holocausto, se queja de que lo critiquen o amenacen en Israel por admitir que su ejército comete crímenes de guerra y, al mismo tiempo, lo presionen en el extranjero a posicionarse sobre si ha cometido genocidio. “No tengo ganas de entrar en ese juego . El hecho de que Israel haya hecho cosas horribles, y que deben ser juzgadas, es una cosa, pero el intento de decir que lo que todos hemos visto tiene un único nombre… no es mi discurso”, señala.. Lo expresa por mensajes de audio de WhatsApp porque su torrente verbal es tal que la entrevista presencial empieza antes de la primera pregunta y termina con varias pendientes. Enlaza anécdotas, símiles, chistes y juegos de palabras; y traslada su carácter excéntrico a los hechos (insiste en posar para el fotógrafo junto a su conejo) y a las palabras: “Tú me haces una pregunta y yo puedo responderla, responder otra cosa, levantarme y darte un puñetazo o darte un beso con lengua y decirte: ‘No eres realmente heterosexual”.. El humor que impregna su obra y su discurso es, dice, una “manera de mantener la dignidad en un mundo donde te la han quitado”. “Siempre está ahí porque la vida es una experiencia humillante de principio a fin. Sales [del vientre materno] llorando y alguien te susurra al oído: ‘¿Sabes cómo va a terminar? Morirás con dolor y antes de eso todas las personas que amas te abandonarán o sufrirán o simplemente se callarán. Va a ser una mierda”.. Otro símil, este cinematográfico. “Si la vida es una película, vivir en Israel hoy es vivir en una película de zombis”.. ―¿Por qué?. ―Porque cuando te encuentras con un zombi por la calle, alguien o algo le ha vuelto un zombi . La gente, desde el dolor, desde mundos que se han venido abajo, dice algo que no son ellos mismos para no romperse en pedazos en el suelo. La gente que encuentro en la calle elogia pensamientos que no salieron de sus entrañas. Se han instalado en el vacío que queda allí después del shock, el trauma, el miedo. Es un espectro de emociones que no hace ningún bien al ser humano. Es el laboratorio de una criatura de mierda”, lamenta. “En un país fascista, hay orden, método y algo que lleva a alguna parte. Lo que tenemos aquí es una especie de caos animal, real, teñido de megalomanía y pensamientos mesiánicos”.
