En mitad de un mercado editorial saturado de libros de parenting que ofrecen pautas para todos los aspectos (hasta los más bizarros) de la crianza y la educación de los hijos, se ha colado recientemente un pequeño volumen, En la era de los niños cosa (Coedición Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes, 2026), que ofrece una mirada crítica sobre esa cultura de la profesionalización de la maternidad y la paternidad, esa visión moderna de la crianza como una tarea que casi requiere de estudios académicos para dar forma a los mejores hijos posibles. Su autor, el profesor universitario de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid y filósofo Santiago Gerchunoff (Buenos Aires, 48 años), asegura que su intención no es levantar el dedo hacia el resto de padres para señalarles aquello que están haciendo mal, sino invitar a la reflexión. “Yo estoy dentro de todo esto que cuento en los textos, pero eso me genera cierta incomodidad que me hace cuestionarme las cosas”, explica el también profesor de Filosofía en el IES Alameda de Osuna en una cafetería céntrica de Madrid.. Seguir leyendo
El profesor universitario publica ‘En la era de los niños cosa’, un ensayo sobre la profesionalización de la crianza y cómo los niños cada vez tienen menos espacio para el esparcimiento sin la supervisión constante de los adultos
En mitad de un mercado editorial saturado de libros de parenting que ofrecen pautas para todos los aspectos (hasta los más bizarros) de la crianza y la educación de los hijos, se ha colado recientemente un pequeño volumen, En la era de los niños cosa (Lengua de trapo, 2026), que ofrece una mirada crítica sobre esa cultura de la profesionalización de la maternidad y la paternidad, esa visión moderna de la crianza como una tarea que casi requiere de estudios académicos para dar forma a los mejores hijos posibles. Su autor, el profesor universitario de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid y filósofo Santiago Gerchunoff (Buenos Aires, 48 años), asegura que su intención no es levantar el dedo hacia el resto de padres para señalarles aquello que están haciendo mal, sino invitar a la reflexión. “Yo estoy dentro de todo esto que cuento en los textos, pero eso me genera cierta incomodidad que me hace cuestionarme las cosas”, explica el también profesor de Filosofía en el IES Alameda de Osuna en una cafetería céntrica de Madrid.. Por el libro desfilan temas muy diversos, como el papel de los padres en la educación reglada, la literatura infantil, debates públicos como el generado por los “espacios sin niños” o los grupos de WhatsApp de padres y madres, a los que define como “una Stasi acaramelada” y que, en su opinión, son solo la punta del iceberg de una realidad innegable: los niños y las niñas cada vez tienen menos espacio para el esparcimiento sin la supervisión y la vigilancia constante de los adultos.. Sobre todos esos temas sobrevuela la tesis central del libro, reflejada a la perfección en el título: la cosificación de la infancia, la visión de los niños como cosas. Para algunos, como cosas molestas; para otros, “como objetos que se pueden pulir y mejorar, como si fuesen coches a los que se van añadiendo extras”.. PREGUNTA. En el libro escribe que, para los defensores de los espacios sin niños, los menores se colocan más cerca de “mascotas, motos de agua y humo” que de otros colectivos. ¿Cómo se ha llegado al punto de ver a los menores como cosas?. RESPUESTA. Creo que todo esto proviene de una especie de desarrollo hiperbólico y desatado del liberalismo individualista, de la idea de que vivimos en una sociedad donde hay unas libertades individuales y mi libertad llega hasta donde interrumpe la de las demás. Y en ese razonamiento casi nadie se ha parado a pensar que no es lo mismo un niño que un perro, o que el ruido de una moto o que el humo de un cigarro.. P. Dice que los padres tampoco se libran de esta visión de los pequeños como cosas.. R. Los padres también estamos viendo a los hijos de alguna forma como objetos, como meras propiedades. “¿Qué hago con este dinerillo que me sobra? ¿Viajo a la India? ¿Me pago un doctorado? Bueno, mejor ahorremos y tengamos un niño”. Cuando ya piensas las cosas así, y de hecho las pensamos así, no vamos a negarlo, estás habilitando la posición del otro: “Yo decidí irme a la India y no molesto a nadie. Si tú has decidido tener un niño, sácalo de aquí que está llorando y me molesta”.. View this post on Instagram. P. ¿Cómo se manifiesta eso en el ejercicio de la maternidad y la paternidad?. R. Creo que se manifiesta todo el tiempo, pero sobre todo en un gran tema que es la educación, la idea de formación y de forja del niño. La idea originaria de la educación es una escalera ascendente que aleja a los niños de los progenitores para que se conviertan en sujetos autónomos. Es una elevación desde el hogar hacia la plaza pública. El sistema educativo estaba para eso en realidad, no estaba para que los niños supiesen más o menos de algo, o para que fuesen más o menos válidos en el mercado laboral. Sin embargo, hoy el sistema educativo se ha vuelto una forma de entrar al mercado laboral, y hay un miedo lógico de los padres a que su hijo no se pueda defender en la vida. Esa preocupación, sin embargo, ha llegado a tal punto que nos vemos empujados a tunearlos, a mejorarlos, a añadirles extras. “Ahora le voy a añadir inglés, ahora educación emocional, ahora robótica…”. Las posibilidades son infinitas y así estamos tratando otra vez al niño como un objeto que se puede mejorar y optimizar siempre.. P. Hoy los padres son casi profesionales de la crianza…. R. Hay algo que une todo esto que es muy lógico. Al final, somos todos hijos de la modernidad y creemos que, para hacer algo bien, hay que estudiarlo, hay que conocerlo. Pero es que no existe la forma de estudiar cómo ser padre. Es que ser padre o madre es una tarea que justamente creo que es el modelo de todas las tareas, aquello de que se hace camino al andar. La dificultad de fondo aquí es asumir que todavía hay partes de nuestras vidas que no tienen una fundamentación racional, que no viene primero el estudio y el conocimiento y luego el acto.. P. Un ejemplo paradigmático es el padre español que habla a sus hijos en inglés. “El angloparlante de parque infantil”, lo llama en el libro.. R. Es una representación perfecta de todo lo que estamos hablando, del triunfo de una pequeña virtud sobre una gran virtud. Es decir, ese padre o madre es alguien que, con tal de forjar al hijo, de agregarle un plus en el currículum, es capaz de aceptar tener una relación más distante con él. Está tan imbuido de esa idea de mejorar al hijo que no se da cuenta de lo que sacrifica, la relevancia de la lengua materna como vehículo justamente de aprendizaje, de amor, de crianza en el sentido más profundo. Está sacrificando el núcleo de la crianza, que es cómo se comunica con su hijo, con el fin de mejorarlo, con tal de que el niño tenga más oportunidades de conseguir trabajo en el futuro.. P. ¿La literatura infantil es otra víctima de esta corriente de optimización de la infancia?. R. Desde luego. La manera que tenemos de consumir hoy literatura con los niños está totalmente envenenada por este ideal del niño como objeto. Ya es un triunfo que el niño lea, pero no nos vale con que se lo pase bien, con que se ría, con que se emocione, con que sienta miedo, que es lo que ofrece la ficción. Queremos que, ya que lee, que al menos le aporte algo, que aprenda, que saque todo el jugo posible. De todas formas, creo que esos padres que piden un libro para “trabajar” —otro verbo que a mí me impresiona mucho— las emociones, el duelo o la llegada de un hermano, en general no deben ser personas muy aficionadas a la literatura, porque alguien que entiende de qué va la literatura no le resulta tan lógica esta idea de “dame tal libro para trabajar tal cosa”.
EL PAÍS
