En España el mito de Trieste se alimenta de tópicos que impiden conocerla como es debido. A partir de ellos se habla con mucha gratuidad de una capital literaria cuyo último mohicano sería Claudio Magris, una especie de exégeta de ese pasado que jamás volverá. Esta visión tiene muchas lagunas. Buena parte de ellas se deben a no querer profundizar en el fenómeno triestino, algo comprobable a partir de cómo nuestro mundo editorial no se ha preocupado por actualizar el curso interrumpido de nuevas firmas emergidas de esa urbe fronteriza, como ocurre con Paolo Rumiz hasta El hilo infinito, sólo traducido en España con El membrillo de Estambul, un jalón más de una extensa obra basada en la observación y el viaje.Con esto, en verdad, decimos poco. Nacido en el Trieste de 1947, cuando la ciudad constituía un Estado libre gestionado por los aliados antes de regresar en 1954 al redil italiano, Rumiz es, ante todo, un escritor fiel a los principios de su patria chica, interpretables en función de cómo quiera adquirirse un estilo. El suyo es dinámico y vive obsesionado con Europa, a sabiendas que esta fijación se debe a su origen, pues desde esa encrucijada de civilizaciones sólo puedes navegar por el Viejo Mundo hasta comprenderlo desde una óptica federal, perfecta según sus propias palabras para evitar más desastres, de la Guerra de los Balcanes a la Operación Especial de Vladimir Putin en Ucrania.Durante mucho tiempo Rumiz fue el continuador de Fulvio Tomizza, para quien el mar Adriático era el puente para aunar y saltar hacia latitudes hermanadas. Sin embargo, justo después de la pandemia se produjo un cambio en su trayectoria, a partir de entonces más enfocada hacia una defensa a ultranza de Europa en forma de canto desesperado que, quizá, alcanzó su esplendor en Verrano di notte: lo spettro della barbarie in Europa (Feltrinelli, 2024), donde su visión pesimista se conjugaba con un magnífico despliegue de su ideario contrario a los nacionalismos, excepto el europeísta por su virtud de unir en la diversidad.En este sentido, da la sensación que a nuestro protagonista podría aplicársele aquello de «a la vejez, viruelas», como si la conciencia de una futura muerte le hubiera animado a poner toda la carne en el asador para quedar libre de pecado al no querer dejarse nada en su particular tintero. Quizá por ello en 2025 volvió a publicar El hilo infinito, insatisfecho con su primera versión, como si las páginas de 2019 fueran insuficientes para transmitir bien todo su compromiso, siempre plagado de enlaces con una poesía surgida desde la más absoluta naturalidad.Ello conlleva conectar de manera total lo pretérito con el presente con vistas a mejorar el futuro. En El hilo infinito el recorrido se activa a través de seguir los pasos de lo acuñado por Benito de Nursia, iniciador de la vida monástica en Occidente. El interés no sólo radica en su célebre ora et labora, sino en cómo esta organización de la vida
La Lectura // elmundo
A través de sus viajes por monasterios benedictinos, cuyo ideal de un continente unido contrapone al actual auge de los nacionalismos, el italiano Paolo Rumiz recorre en El hilo infinito (Anagrama) la unidad cultural que va del Atlántico a los Urales Leer
A través de sus viajes por monasterios benedictinos, cuyo ideal de un continente unido contrapone al actual auge de los nacionalismos, el italiano Paolo Rumiz recorre en El hilo infinito (Anagrama) la unidad cultural que va del Atlántico a los Urales Leer
