¿Por qué volver a un libro que ya hemos leído? ¿No es una pérdida de tiempo, con tanto lectura pendiente, ya sean obras maestras a las que aún no hemos llegado o novedades de las que todo el mundo habla?. Seguir leyendo
¿Por qué volver a un libro que ya hemos leído? ¿No es una pérdida de tiempo, con tanto lectura pendiente, ya sean obras maestras a las que aún no hemos llegado o novedades de las que todo el mundo habla? Seguir leyendo
¿Por qué volver a un libro que ya hemos leído? ¿No es una pérdida de tiempo, con tanto lectura pendiente, ya sean obras maestras a las que aún no hemos llegado o novedades de las que todo el mundo habla?. En Por qué leer los clásicos, Italo Calvino da una respuesta cuando escribe que “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Cada lectura es diferente: el texto puede que sea el mismo, pero nosotros hemos cambiado.. Es una idea constante cuando hablamos de relecturas. La recoge la escritora Wendy Lesser en su ensayo Nothing Remains The Same (nada queda igual, sin edición en español). Por correo electrónico, explica que “cualquier libro lo suficientemente bueno es relegible”, incluso aunque recordemos quién es el asesino, y los malos no hace falta ni terminarlos. Pero la experiencia de la relectura “es aún más reveladora con los clásicos” porque al hacernos mayores ganamos perspectiva. No es lo mismo leer a Proust a los 30 que a los 60: “Y solo recientemente, en mi tercer intento, me di cuenta de lo que de verdad pasa en Los embajadores, de Henry James. Cuanto más rico sea el libro, mayores serán las revelaciones”.. Y esas revelaciones nos pueden tocar más de cerca. Vivian Gornick explica en Cuentas pendientes: reflexiones de una relectora reincidente, que releía Hijos y amantes, de D. H. Lawrence, mientras pasaba por su tercer divorcio. No tenía ningún problema con su marido, escribe, simplemente no quería una vida de casada y la novela la ayudó a verlo más claro: “Volvía las páginas de la gran novela de Lawrence como si leyera braille, deseando conseguir para mí misma esa liberación de la ceguera emocional que el libro estaba alentando en sus lectores”.. Frente a la tiranía de la novedad constante, la relectura también se puede entender como un acto de rebeldía privado y silencioso. En S/Z, el filósofo francés Roland Barthes escribe que volver al mismo libro es “una operación contraria a los hábitos ideológicos comerciales de nuestra sociedad”, que nos llevan al usar y tirar. La relectura queda relegada a “los niños, los viejos y los profesores”, y olvidamos que leer de nuevo un texto no es una mera repetición, sino un juego y un diálogo. Cada relectura del mismo libro es diferente, escribe, pero todas las primeras lecturas de todos los libros son similares: “Los que olvidan releer se obligan a leer en todas partes la misma historia”.. Este diálogo es a veces más pausado y, quizás, más profundo: podemos estar menos pendientes de la trama y centrarnos en la estructura o en la escritura. Tanto Lesser como Leah Price, profesora de Bibliografía en la Universidad de Oxford, apuntan que la segunda y la tercera visita a un libro suelen ser las que más les aportan, al tener claro en qué fijarse. Pero llega un punto en el que ya no sale tan a cuenta: Price confiesa que a partir de la cuarta se aburre un poco.. No solo cambiamos nosotros: también cambia el mundo. Lesser explica que el año pasado releyó Nuestro amigo común, de Charles Dickens, y aunque se acordaba bien del argumento, había olvidado “la combinación de maldad y comedia en los dos villanos principales. En el verano de 2025 me parecían los sustitutos perfectos de Donald Trump y Elon Musk: a la vez ridículos y tontos, y dañinos y temibles”.. El escritor Jorge Matías, autor de La frontera azul, pone otro ejemplo de uno de los autores que más relee: Ray Bradbury. Hace unos años pensaba que el punto de partida de Fahrenheit 451, novela en la que los libros están prohibidos y los bomberos se dedican a prenderles fuego, no podría darse en la vida real. Ahora, con las listas de títulos erradicados de las bibliotecas públicas de Estados Unidos, no lo tiene tan claro.. A fin de cuentas, un buen libro (o una película, o una serie) también puede ser una brújula que nos ayude a orientarnos en crisis sociales o personales. No se trata de que estos autores sean capaces de predecir el futuro —ni siquiera los de ciencia ficción—, pero sí son lo suficientemente hábiles como para identificar y exponer temas, preocupaciones y temores universales.. Con el tiempo, además, ganamos herramientas que nos ayudan a entender aún mejor los libros, sobre todo si los leímos con diecimuchos o veintipocos: nunca acabamos de dominar o de poseer un texto como la Odisea, por ejemplo. Price, autora de What We Talk About When We Talk About Books (de qué hablamos cuando hablamos de libros, sin edición en español), explica por videollamada que relee constantemente, por placer, pero también por sus clases. Y cuenta que a veces le da vergüenza encontrarse con notas de hace años en los márgenes porque ha cambiado su forma de entender el libro.. En ocasiones, ni siquiera recordamos haber escrito esas notas: el académico estadounidense Victor Brombert, fallecido en 2024, escribía en un artículo que incluso se enfadaba con su yo del pasado por haber subrayado la frase equivocada: “¡La importante es la siguiente!”. A menudo sí recordamos cómo nos sentimos cuando leímos ese libro y eso es justo lo que queremos recuperar, como cuenta por correo electrónico Rita Felski, profesora en la Universidad de Virginia y autora de Hooked: Art and Attachment (enganchados: arte y apego, sin edición en español). Felski apunta que hay estudios que muestran que recordamos mejor las emociones que la trama, por lo que la relectura puede venir también motivada “por el deseo de experimentar de nuevo esas emociones”.. Esto nos recuerda que no hace falta tomarse la relectura como un método infalible para desentrañar los misterios de los clásicos. Volver a las novelas de P. G. Wodehouse no es tan diferente a cuando nos ponemos episodios repetidos de Los Simpsons o The Office. Un libro revisitado también puede ser un lugar seguro, un consuelo, un refugio. Y esta razón es igual de válida: Felski afirma que es simplista imponer una dicotomía entre releer obras complejas en busca de una mayor comprensión del libro y releer novelas entretenidas en busca de confort. Por ejemplo, se puede volver a un clásico por diversión: una de las obras que más relee Jorge Matías es el Quijote, con el que está de nuevo justo ahora: “Es un libro muy divertido y a veces hilarante”. Más allá de su complejidad y riqueza, una de las cosas que busca cuando vuelve a la novela es que le haga reír: “Y me río como la primera vez”.. No hay que mitificar ni la lectura ni la relectura. Price habla en su ensayo sobre cómo en esta era de redes sociales y notificaciones hemos convertido el libro casi en un fetiche con propiedades mágicas, y olvidamos que a lo largo de la historia siempre se ha leído supuestamente mal: a trompicones, de forma fragmentaria, en diagonal, con interrupciones. El móvil quizás sea un obstáculo complicado de sortear, pero no ha matado ninguna edad de oro de la lectura porque esa edad de oro no existió jamás. Lo mismo ocurre con las relecturas. Una relectura es otra lectura y no la lectura ideal, y podemos también releer a trozos, saltarnos lo que recordamos o nos aburre o, como hace Price cuando lleva varias, pasarnos al audiolibro para no seguir llenando los márgenes de anotaciones. No hace falta que nos impongamos otra obligación ni, desde luego, obsesionarnos con releer, porque para releer hace falta haber leído. Si la relectura es un pequeño acto de rebeldía, no tiene sentido convertirla en deberes para el verano.. Basta un pequeño y último ejemplo para mostrar las posibilidades que ofrece volver a un texto, aunque solo sea una frase. Después de leer a Lesser, a Matías, a Price, a Felski, podemos revisitar la cita de Calvino con la que abríamos y comprobar si tenía razón o no cuando escribió que “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.
