Aunque no siempre ha funcionado la ecuación, la gran literatura se ha traducido con frecuencia en gran ópera, desde Il ritorno d’Ulisse in patria de Monteverdi hasta Fin de partie de Kurtág, o desde Alcina de Handel (escuchada estos días en Múnich) hasta Billy Budd de Britten. Pero la transformación ha estado muchas veces erizada de dificultades. Giuseppe Verdi, por ejemplo, se pasó toda su vida lidiando con libretistas, con cantantes, con directores de teatro, con editores y, ¡ay!, con la irracional e irrazonable censura. Era una lucha extenuante, que le obligaba a dejar de componer para ocuparse de asuntos mucho más triviales e incómodos. De ahí esos “dieciséis años de galera” que confesó en 1858 haber vivido a la condesa Maffei sin haber podido disfrutar “ni una hora de tranquilidad”.Seguir leyendo
‘Faust’ de Charles Gounod y ‘Rigoletto’ de Giuseppe Verdi cierran brillantemente el gran festival veraniego de la Ópera Estatal de Baviera
Aunque no siempre ha funcionado la ecuación, la gran literatura se ha traducido con frecuencia en gran ópera, desde Il ritorno d’Ulisse in patriade Monteverdi hasta Fin de partiede Kurtág, o desde Alcina de Handel (escuchada estos días en Múnich) hasta Billy Buddde Britten. Pero la transformación ha estado muchas veces erizada de dificultades. Giuseppe Verdi, por ejemplo, se pasó toda su vida lidiando con libretistas, con cantantes, con directores de teatro, con editores y, ¡ay!, con la irracional e irrazonable censura. Era una lucha extenuante, que le obligaba a dejar de componer para ocuparse de asuntos mucho más triviales e incómodos. De ahí esos “dieciséis años de galera” que confesó en 1858 haber vivido a la condesa Maffei sin haber podido disfrutar “ni una hora de tranquilidad”.El personaje protagonista de Le Roi s’amuse, de Victor Hugo, le pareció al compositor italiano “una creación digna de Shakespeare”, como escribió entusiasmado en una carta a su libretista, Francesco Maria Piave. Pero igual que la obra de teatro había sido prohibida en París pocas horas después de su estreno en lo que el propio Hugo calificó de un “acto ministerial inaudito”, Verdi padeció también el despotismo de la censura austríaca imperante en el Véneto, ya que el futuro Rigoletto estaba destinado a ver la luz en el Teatro La Fenice de Venecia. Él intentó explicarlo a Carlo Marzari, su sobreintendente: “Elegí justamente este tema por estas estas cualidades, y si se suprimen estos rasgos originales, yo ya no puedo escribir música para él. Si se me dice que mis notas pueden utilizarse también con este drama, yo respondo que no comprendo estas razones, y digo francamente que mis notas, ya sean bonitas o feas, no las escribo jamás al azar y que siempre procuro imprimirles un carácter”. Los censores, sin embargo, detectaron en el libreto una “repulsiva inmoralidad y obscena trivialidad” e “Il Re”, “Triboletto” y “Bianca”, los personajes protagonistas cuando comenzó a componer la ópera, acabaron siendo “Il Duca di Mantova”, “Rigoletto” y “Gilda”, con la acción trasladada al siglo XVI para evitar estúpidas susceptibilidades.El duque de Mantua (Bejzod Davronov) cortejando a Gilda (Nadine Sierra) en el primer acto de ‘Rigoletto’.Geoffroy SchiedMuy pocos años después, al filo de que se acabara esa misma década de 1850, en París, Charles Gounod pisó terreno más seguro eligiendo la obra cumbre de la literatura alemana. Él no tuvo problemas con la censura (mencionando, pero pasando de soslayo en el libreto, por el tema del infanticidio, fundamental en la primera parte del Fausto de Goethe), pero sabía que el peaje de adaptar la obra de teatro original en forma de grand opéra exigía pagar los peajes habituales: profusión de coros y ballets, domesticación del argumento, melodismo exacerbado y, sobre todo, espectáculo escénico y visual, viniera o no a cuento. Gounod, un fiel
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