Dos niñas se hacen amigas en una ciudad mexicana fronteriza con Estados Unidos. Son los últimos años noventa y la violencia que definirá la literatura del país durante las décadas siguientes (Roberto Bolaño, Emiliano Monge, Fernanda Melchor, Eduardo Ruiz Sosa, y la lista sigue hasta algo parecido al agotamiento) vive su apogeo. Las chiquillas se refugian en las melodías de las Spice Girls, en las personalidades prefabricadas pero rutilantes de esas cinco lejanas estrellas pop, mientras corretean por un barrio pobre en el que no faltan ningún ingrediente de la mitología del norte mexicano o del sur gringo: narcos, predicadores, feminicidios, alcohol e incluso un campamento gitano que representa la magia, la sensualidad, la otredad expiatoria. A esa mitología, que es estrictamente idéntica a la realidad, se acoge Elma Correa para construir la novela que ganó el premio Biblioteca Breve 2026. Seguir leyendo
Dos niñas se hacen amigas en una ciudad mexicana fronteriza con Estados Unidos. Son los últimos años noventa y la violencia que definirá la literatura del país durante las décadas siguientes (Roberto Bolaño, Emiliano Monge, Fernanda Melchor, Eduardo Ruiz Sosa, y la lista sigue hasta algo parecido al agotamiento) vive su apogeo. Las chiquillas se refugian en las melodías de las Spice Girls, en las personalidades prefabricadas pero rutilantes de esas cinco lejanas estrellas pop, mientras corretean por un barrio pobre en el que no faltan ningún ingrediente de la mitología del norte mexicano o del sur gringo: narcos, predicadores, feminicidios, alcohol e incluso un campamento gitano que representa la magia, la sensualidad, la otredad expiatoria. A esa mitología, que es estrictamente idéntica a la realidad, se acoge Elma Correa para construir la novela que ganó el premio Biblioteca Breve 2026. Seguir leyendo
Dos niñas se hacen amigas en una ciudad mexicana fronteriza con Estados Unidos. Son los últimos años noventa y la violencia que definirá la literatura del país durante las décadas siguientes (Roberto Bolaño, Emiliano Monge, Fernanda Melchor, Eduardo Ruiz Sosa, y la lista sigue hasta algo parecido al agotamiento) vive su apogeo. Las chiquillas se refugian en las melodías de las Spice Girls, en las personalidades prefabricadas pero rutilantes de esas cinco lejanas estrellas pop, mientras corretean por un barrio pobre en el que no faltan ningún ingrediente de la mitología del norte mexicano o del sur gringo: narcos, predicadores, feminicidios, alcohol e incluso un campamento gitano que representa la magia, la sensualidad, la otredad expiatoria. A esa mitología, que es estrictamente idéntica a la realidad, se acoge Elma Correa para construir la novela que ganó el premio Biblioteca Breve 2026. Donde termina el verano arranca con un primer capítulo de 40 páginas incontestables: Correa es una fantástica narradora capaz de alternar tiempos, estratos, personajes y observaciones sociológicas mediante una técnica depurada. Cuando ese capítulo se cierra con una tragedia terrorífica, el lector ya sabe que no abandonará la lectura. A partir de ahí, llega el mayor de los muchos saltos que la autora se permite, trasladándonos a 20 años después para mostrar el destino de esas niñas y arrancar la despaciosa convergencia de sus respectivas adulteces, combinada con otros puntos de vista y personajes secundarios que completan un puzle donde caben varias piruetas y un giro final que logra la sorpresa. Narrativamente, esta novela es impecable, puro enganche, negritud adulta que tira de trucos reconocibles, sí, pero tira para correr a todo trapo.Lo cual no quita que tales trucos estén ahí. Conviene detenerse en ellos para que esta reseña cumpla su doble función: ser justa con el libro y útil al posible lector. Así, Donde termina el verano es una pieza menor en el panorama de la literatura mexicana de frontera, el equivalente a un buen wéstern de serie B, disfrutable, artesano, hecho desde el amor al género, aunque convencional en última instancia. Es una novela de mecanismos sacados de una caja de herramientas que la vuelven candidata a adaptación en formato miniserie, con algún pasaje que equivale al típico capítulo-digresión de HBO o Vince Gilligan, instantes que insinúan los planos que podrían incluirse en un hipotético tráiler (la mujer descorriendo una lona con sus pulseras que resuenan “como una pandereta”, el detective frente a la rockola de un bar…), flashbacks calculados al milímetro y personajes sometidos al imperativo del arco narrativo. Una vez establecido que Donde termina el verano es todo lo anterior y no, en cambio, desafío estilístico ni ruptura de los consensos establecidos acerca de la frontera (aun siendo un libro escrito con dignidad formal y al que yo reconozco, al menos casi siempre, comprometi
