Durante años nos prometieron que una vida buena consistía en avanzar siempre hacia delante, en acumular experiencias, aprovechar oportunidades, optimizar el tiempo, minimizar los errores y convertir cada tropiezo en un peldaño hacia el éxito. Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para diseñar nuestra existencia, de tantas posibilidades de elegir, y, sin embargo, jamás nuestras vidas no parecían transitar por un carril tan estrecho. Podemos trabajar desde cualquier lugar del mundo, medir el sueño, aprender idiomas desde el teléfono móvil o convertir cualquier afición en una oportunidad de negocio. La promesa de libertad nunca había sido tan grande, sí, pero tampoco la sensación de que sólo existe una manera correcta de vivir. Un dogma que consiste en aprovechar todas las oportunidades, no perder el tiempo, equivocarse nada o lo justo y, si ocurre, convertir cada fracaso en aprendizaje para avanzar siempre .Hay algo paradójico en esa obsesión por el rendimiento. Cuanto más empeño ponemos en eliminar el error de nuestras vidas, más frágiles parecemos volvernos cuando inevitablemente aparece. Como si hubiéramos olvidado que equivocarse, renunciar o perder no fueran anomalías que corregir, sino experiencias inseparables de cualquier existencia humana. Quizá por eso, en plena crisis del optimismo obligatorio empiezan a alzarse voces que cuestionan ese relato desde lugares muy distintos. Sin embargo, de un modo, u otro, todos concluyen que tal vez una sociedad que aspira a eliminar el error acabe expulsando también la esperanza, la creatividad, el deseo y cualquier posibilidad de vivir de otra manera.»Yo no pretendo reivindicar el fracaso, sino dotarlo de sentido», apunta el poeta y ensayista Juanpe Sánchez López, que en septiembre publica Gran manual del fracaso. Desmontar el éxito, la identidad y el amor (Anagrama). «La sociedad sólo tolera el fracaso si después demostramos que aquel tropiezo era, en realidad, un éxito disfrazado. Pero así el fracaso desaparece, se convierte simplemente en otra herramienta al servicio de la misma lógica». Su libro desmonta precisamente ese mecanismo, no discute únicamente la meritocracia sino algo más profundo, la idea tan contemporánea, tan capitalista, de que una vida sólo puede juzgarse según la distancia que la separa del éxito.Un relato que ya desmenuzaron con precisión la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Cabanas en Happycracia (Paidós, 2019), donde describían cómo el «capitalismo emocional» ha terminado convirtiendo la felicidad en una responsabilidad individual y mostraban hasta qué punto la industria del bienestar ha desplazado los problemas colectivos hacia la esfera privada. «Si no prosperas, si no alcanzas tus objetivos, si no consigues ser feliz, el fallo parece residir siempre en ti. Como si la incertidumbre pudiera resolverse únicamente con una mejor gestión de uno mismo», ironiza Sánchez López.Igual de ácido se muestra el periodista
La Lectura // elmundo
Mientras la cultura del rendimiento convierte el éxito en una obligación y el error en una anomalía, los ensayistas Pino Aprile, Juan Evaristo Valls Boix y Juanpe Sánchez López reivindican el valor de la duda, la renuncia y el fracaso como la condición necesaria para imaginar otros caminos Leer
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