Grandes avenidas, parques de un verde vivo que rezuma vida por todos sus recovecos y espacios peatonales sin ningún vehículo a la vista. Una utopía en toda regla. O al menos, así lo era en el pasado, cuando las industrias colonizaron lo que una vez fueron paisajes naturales y llenaron de humo y contaminación a los gigantes urbanísticos que crecían en paralelo a una velocidad vertiginosa. ¿Ciudades sostenibles? Un imposible. Uno que empezó a materializarse en los años 70.. En la era de la modernidad, de la tecnología y de la concienciación, las ciudades sostenibles han dejado de considerarse una rara avis en la sociedad. Frente a la polución y masificación de algunas de las grandes urbes del pasado, hoy se alzan vehementes Ámsterdam o Copenhague con sus modernos sistemas de movilidad en bicicleta y esas estrictas políticas ambientales. Para Xavier Delclòs, investigador posdoctoral en Geografía Humana y ganador de la beca Leonardo de la Fundación BBVA en 2022 en Economía, Ciencias Sociales y Jurídicas, España no se queda muy lejos de lo que un día fue una auténtica novedad en los Países Bajos. «En gran medida, las ciudades españolas -al menos las mayores- tienen las condiciones para ser consideradas sostenibles y saludables», afirma.. Los datos mundiales confirman una tendencia casi diáfana: la mayor parte de la población reside en entornos urbanos, y en menos de 20 años esa tendencia habrá aumentado hasta casi el 70%, según ONU-Habitat. Quizá por eso, el diseño y la construcción de ciudades sostenibles y saludables se ha convertido en una de las prioridades de la población. O, al menos, del investigador Delclòs con Ciudades sostenibles y saludables, un proyecto impulsado por la Fundación BBVA. «Pretendemos analizar en qué medida las ciudades españolas se pueden considerar -como su título indica- sostenibles y saludables», asegura. El objeto de estudio, dice, es la morfología urbana, todos esos indicadores que influyen en la creación de una ciudad y que la hacen accesible para sus habitantes. ¿En qué medida la población de un barrio o una ciudad tiene acceso peatonal? ¿Qué densidad de población y de intersecciones presenta el área urbana?. La morfología urbana se presenta como uno de los indicadores de la sostenibilidad en la ciudad y el coche como uno de sus principales enemigos. «A partir de la segunda mitad del siglo XX, las ciudades empiezan a crecer de forma distinta, mucho más ligadas al desarrollo del automóvil. Y lo que es beneficioso para el coche suele no serlo desde el punto de vista de la sostenibilidad y la salud de la población», resume Delclòs. Y añade: «La solución no es cambiar de motores de combustión a eléctricos. El coche sigue ocupando demasiado espacio. Aunque pasa alrededor de un 80% de su vida útil aparcado, en las ciudades modernas dedicamos casi el 70% del espacio público para circular, lo cual no tiene sentido».. ¿Cómo era la vida sin coche? Lo cierto es que consolidar una rutina sin vehículo es perfectamente posible. Y loable. Basta con mirar una generación atrás para encontrar una realidad muy distinta: nuestros abuelos recorrían a menudo a pie o en bicicleta distancias que hoy parecen impensables sin recurrir a los vehículos privados. «Se movían así porque la ciudad lo permitía. No tenía sentido hacer un centro comercial a media hora del centro porque entonces no habría ido nadie», expresa.. El problema, dice, no es tanto crear nuevas ciudades con criterios de sostenibilidad, ni tampoco el millar de leyes ambientales que ya existen. Para el investigador, sin embargo, el dilema radica en la gestión de los espacios ya existentes. «Se ha normalizado ir a la mayoría de sitios en coche. Lo que tenemos que hacer realmente es construir un nuevo imaginario colectivo que cuestione qué se toma por aceptable o normal», sustenta. Y añade: «También es posible en España. Lo hemos visto en Ámsterdam, lo hemos visto en París. La mayor capacidad de construcción la tiene la administración pública, la que genera normativas y regulaciones e interviene en el espacio público».. Delclòs habla de morfología urbana, sí. De creación de ciudades sostenibles. Pero también de entornos saludables para sus habitantes. «La relación entre forma urbana y salud se construye a través de la movilidad. Si tu día a día depende del uso del automóvil quiere decir que vas a tener menos capacidad de caminar, de ser activo físicamente en los desplazamientos y eso tiene consecuencias muy negativas», agrega. Y no solo eso. Tener acceso relativamente cercano a una zona verde también supone una vía apropiada para hacer deporte. «Desde el punto de vista ambiental es igualmente importante, ya que puedes tener aire más limpio», declara.. El aire -o mejor dicho, su calidad- se convierte, por tanto, en otro de esos medidores de una ciudad sostenible. «La contaminación es un problema para la salud, pero también incumbe al diseño de ciudades sostenibles», confirma Ana del Águila, investigadora de la Universidad de Granada becaria Leonardo en Física 2024. Porque el tráfico, el polvo, los microplásticos y otros elementos que se encuentran en la atmósfera pueden llegar a ser perjudiciales para la salud. «Barcelona tiene muchísima industria y Madrid mucho más tráfico, por lo que son más propensas a que su calidad del aire, en general, sea peor».. «La sostenibilidad no es solo ahorrar energía y recursos, sino también proteger la salud de quienes viven allí». Pablo Gago. Graduada en Física, y posteriormente en Geofísica y Meteorología, Del Águila lidera ahora un proyecto basado en inteligencia artificial capaz de predecir la calidad del aire a tres días vista. Dióxido de nitrógeno, ozono y partículas en suspensión se convierten en los objetos principales del estudio. De nuevo, el vehículo se convierte en el peor enemigo de la sostenibilidad. «Si sabemos qué contaminante está provocando la mala calidad del aire, es posible poner medidas para evitar respirarlo». No solo eso, claro. Cuando se sabe qué toxinas se hallan en el aire es más sencillo crear regulaciones para construir ciudades sostenibles. «Con la predicción sería posible diseñar una nueva ciudad o un nuevo barrio atendiendo a que se pueda reducir esta contaminación».. Para Del Águila, la clave está tanto en la meteorología como en la morfología urbana. «El diseño de una ciudad afecta a la calidad de su aire. Por eso es fundamental, porque determina cuánto necesitamos desplazarnos en coche, dónde hay más tráfico, dónde están las viviendas, los colegios, los espacios para hacer ejercicio al aire libre, e incluso si una calle es más amplia o menos».. El verdadero reto, sin embargo, no es tanto diseñar una ciudad sino gestionar su asequibilidad. Porque solo un reducido estrato de la población elige su domicilio y los factores socioeconómicos adquieren una nueva dimensión. «A corto plazo, cuando se mejora un barrio -pacificando calles o añadiendo zonas verdes-, suben el valor del suelo y el precio de la vivienda. Esto expulsa a la población local en favor de personas con mayores ingresos», respalda Delclòs. Una dicotomía, asegura, que se hace mayúscula con el paso del tiempo y para la que aún no se ha encontrado solución.. Ciudades sostenibles. Ámsterdam y Copenhague. Madrid y Barcelona. Sus carriles para bicicletas y la extensa red de transporte público no son los únicos factores que las convierten en ejemplos ambientales. La última parte del problema, la que no se suele tomar en cuenta, sucede de puertas para dentro. Pablo Gago, becario Leonardo 2025 en ciencias del Medio Ambiente, habla de la vivienda, del aire que respiramos en el interior y del peligro que ello supone para la salud pública. «Existen miles de compuestos en el aire. No todos son tóxicos, claro. Pero sí sabemos con certeza que algunos tienen efectos adversos en la salud a largo plazo».. Una de las fuentes del parque de la Ciutadella de Barcelona, en plena transformación hacia la sostenibilidad.Ayuntamiento de Barcelona. No todo son microplásticos. Faltaría más. Gago se refiere a retardantes de llama -que proceden de los objetos electrónicos-, compuestos perfluorados de los textiles, y una larga lista de nombres un tanto impronunciables. En resumidas cuentas, lo que se conoce como exposoma y que afecta casi tanto o más que el genoma a la hora de padecer enfermedades. Suena alarmista. Suena imparable, teniendo en cuenta que la vivienda es el lugar en el que se pasa más tiempo. «Es un riesgo silencioso. Por eso no se le presta tanta atención. El riesgo químico ni se ve ni se huele y sus efectos tardan décadas en aparecer y se mezclan con otras causas. Históricamente la normativa de calidad del aire se ha centrado en el exterior», asevera.. Ante un peligro que no se detecta, Gago avisa de un problema creciente. Frecuente. «La sostenibilidad no es solo ahorrar energía y recursos, sino también proteger la salud de quienes viven allí. Una casa hermética con muchos contaminantes traslada el problema de la calle al salón», auspicia. ¿Es posible, entonces, una ciudad sostenible sin tener en cuenta lo que acontece en el interior de la vivienda? El investigador lo tiene claro: «Incorporar el aire interior hace que la idea de vivienda sostenible sea más completa y se centre más en las personas. Un buen aire exterior ayuda, pero hay fuentes de contaminación dentro de la casa». Para todo problema hay una solución. Una que no pasa por renunciar a la eficiencia. Al contrario: «Hay que combinarla con ventilación mecánica», señala. «No todo vale con los materiales que se utilizan».. Diseño, calidad del aire exterior y contaminantes del interior de la vivienda se convierten en tres de los elementos inexorables para la creación y diseño de una ciudad sostenible. Avenidas no demasiado grandes -porque no son tan caminables-, parques verdes para practicar deporte (o respirar) y espacios peatonales sin ningún vehículo a la vista. Igual alguna que otra bicicleta. Una utopía en toda regla. ¿O quizá ya no?
La Lectura // elmundo
Los espacios urbanos sostenibles marcan la agenda de la ciencia. Tres becarios Leonardo de la Fundación BBVA asumen el reto de proyectarlos Leer
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