Libros en las estanterías, no en vertical sino en horizontal, para aprovechar el espacio; las baldas las ha combado el peso. Libros en la repisa de la chimenea, en un mueble que tapa la propia chimenea -por su fragilidad, preparado para no más que retratos de boda y figuritas de porcelana-, los unos contra los otros encima o bajo unos escabeles, contra la pared, con el parqué como único soporte. Poco más de 50 metros cuadrados: los libros abarrotan el salón, o la habitación que otro inquilino utilizaría como un salón, y se extienden por la cocina y el baño, por un cuarto semejante a un despacho que en realidad debiera funcionar como dormitorio.. Mendel Uminer -escritor, traductor del hebreo y editor de una revista literaria cuyo primer número no se ha publicado aún- defiende que los libros le permiten comprender la vida. De ahí que acumulara unos 10.000 volúmenes sobre religión e historia cultural, que durmiera -un colchón mínimo en el suelo: qué error desperdiciar el hueco del canapé- entre clásicos de la novela.. Al distinguir las ventanas cegadas por el papel, y calcular el almacenaje y el peligro de que ardiera, la administración del edificio le notificó que le desahuciaría si no rebajaba la cantidad de libros que había conservado. Uminer se negó, primero; cuando tomó conciencia de su desventaja legal, optó por buscar otro apartamento. Más grande, celebraba una amiga; con más sitio para más libros.. Muchos medios replicaron sus fotografías rodeado por columnas de libros que lo superaban en altura, alguna caja vacía de mudanza. Su relato coincidió con el del académico Christopher Fear, profesor de Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Hull, que compartió en redes sociales las advertencias tras «una inspección rutinaria de seguridad en el lugar de trabajo». Añadía la imagen modestísima de un anaquel con una docena de libros dispuestos en vertical, muy vividos, unos pocos en horizontal sobre los más gruesos, y un mensaje: «Acabo de recibir un correo electrónico de un responsable administrativo de la universidad en el que se describe mi costumbre de guardar libros en las estanterías de mi despacho como ‘un almacenamiento innecesario de materiales combustibles’».. Fear omitió si se trataba de una valoración o de un aviso; ignoro si en este nuevo curso su oficina mantendrá el altísimo riesgo de incendio por esos pocos volúmenes con los que preparar sus clases. Pero me llamó la atención que el exceso de uno y la contención de otro encontrasen su armonía en la misma respuesta: el fuego.. Mientras Uminer visitaba inmuebles dentro de su presupuesto, mientras un funcionario de Yorkshire informaba sobre las amenazas de la bibliografía, librerías de viejo de todo el mundo recibían pedidos de títulos editados hace 40, 50, 60 años. A Marçal Font, de la librería Fènix, en Badalona, le desconcertó que se acumulasen en pocos minutos, sin un criterio aparente, sin importar el precio del envío ni sus gastos, y que todos debieran remitirse al mismo almacén.. Aquella empresa compraba libros por cientos al anticuario Pieter de Vries, de Países Bajos, o a la librera Delfina Manor, en Australia, o se adelantaban en los expurgos de bibliotecas públicas —según Charlie B. Decker, librero también, de Estados Unidos—; variaban los nombres, los lugares, no la metodología ni la explicación. Servirán como alimento para la inteligencia artificial, que ya ha agotado todo el acceso libre en internet.. «Una máquina escanea los libros sin cuidado -arranca el lomo, los deshoja- y luego se deshace de las pruebas». Proyecto Panamá, se llama: la adquisición -y destrucción- masiva de millones de libros físicos por parte de Anthropic para entrenar a su modelo Claude con rapidez y fiabilidad. Puesto que estos libros menos populares carecen de versión digital, y por lo tanto el texto resulta inaccesible de otra manera, una máquina los escanea sin cuidado -arranca el lomo, los deshoja- y luego se deshace de las pruebas, para evitar los cargos por delito contra la propiedad intelectual.. No se guían por temas o idiomas, a saber, sino por el número consecutivo de ISBN -el documento de identidad de cada libro-, pero Font augura que el siguiente paso incluirá todo el conocimiento ajeno a esa clasificación: publicaciones independientes, fanzines y libros ajenos a los metadatos, muchos generados en un contexto político muy concreto o con una vigencia histórica pareja -primera persona en singular, en plural: la de los colectivos-, sobre las que las máquinas no distinguen. ¿No distinguen? Este acervo formará parte de la propiedad de una empresa que comercializará con él -un monopolio, otro-, o que lo ocultará si le conviene.. Al escribir sobre el Proyecto Panamá, sus consecuencias inevitables y nuestra responsabilidad -no cómo evitarlo, imposible, sino cómo adelantarnos a lo que perderemos-, Charlie B. Decker alertaba de que «la biblioteca de Alejandría todavía está ardiendo». En los prejuicios de los caseros del Upper East Side, del administrativo de Kingston upon Hull, asomaba también la profecía: veían libros y veían el fuego.
La Lectura // elmundo
Librerías de viejo de todo el mundo recibieron al tiempo pedidos de libros editados hace 40, 50, 60 años sin un criterio aparente, sin importar el precio. Servirán como alimento para la IA Leer
Librerías de viejo de todo el mundo recibieron al tiempo pedidos de libros editados hace 40, 50, 60 años sin un criterio aparente, sin importar el precio. Servirán como alimento para la IA Leer
