Al leer el fallecimiento de Plinio Apuleyo, me inspiré para volver a visitarlo y su contenido evocó recuerdos de mis interacciones con García Márquez y los hermanos de Plinio, Elvira y Consuelo, tanto profesional como personalmente. Tuve la oportunidad de pasar grandes momentos en la Ciudad de México con Gabo y Álvaro Mutis. Durante mi estancia de un año allí, escuché historias cautivadoras de aventuras europeas. Una historia memorable fue la de dos parejas que sobrevivieron milagrosamente a un accidente automovilístico en lo que entonces era Checoslovaquia, ahora República Checa. Aterrizaron en una zanja con un ambiente acuoso lleno de raíces y salieron ilesa. Para saber más, siga leyendo.
La muerte de Plinio Apuleyo me llevó a leerlo de nuevo y su contenido me hizo recordar las experiencias profesionales y personales con García Márquez y con las hermanas de Plinio, Elvira y Consuelo. Con Gabo y Álvaro Mutis, tuve el privilegio de compartir los mejores momentos en la Ciudad de México, donde viví un año, relatos de viajes en Europa con montones de anécdotas maravillosas incluido un accidente automovilístico en el que físicamente- las dos parejas- volaron por encima de la carretera en un país, tal vez Checoslovaquia hoy República Checa, con tan buena suerte que aterrizaron en una zanja con agua llena de raíces y salieron ilesos. Seguir leyendo
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Plinio Apuleyo era un maestro del periodismo en el que unía su sabiduría y talento regañón con humor boyacense

La muerte de Plinio Apuleyo me llevó a leerlo de nuevo y su contenido me hizo recordar las experiencias profesionales y personales con García Márquez y con las hermanas de Plinio, Elvira y Consuelo. Con Gabo y Álvaro Mutis, tuve el privilegio de compartir los mejores momentos en la Ciudad de México, donde viví un año, relatos de viajes en Europa con montones de anécdotas maravillosas incluido un accidente automovilístico en el que físicamente- las dos parejas- volaron por encima de la carretera en un país, tal vez Checoslovaquia hoy República Checa, con tan buena suerte que aterrizaron en una zanja con agua llena de raíces y salieron ilesos.
Con las hermanas de Plinio tuve aventuras periodísticas en las que aprendí mucho periodismo. Con Elvira jornadas muy largas de trabajo la noche del cierre de la revista Al Día que fundamos con Alvaro Gómez y el Zar de las revistas en Sur America, Armando De Armas, que fue muy exitosa, hasta que Felipe Lopez retomó los derechos de Semana y contrató a Plinio para que le ayudara en la revista “nueva” con un slogan que rezaba: “una revista para leer y no para ojear” nos quebró.
Previamente Plinio había colaborado con Al Día y habíamos logrado un éxito bárbaro con una carátula muy lanzada para la época: Virginia Vallejo tapándose los senos con sus manos. Semana por su parte tuvo una victoria enorme porque a pesar de tener de candidato presidencial a Alfonso López Michelsen, padre del nuevo propietario y director, la publicación arrancó con una portada del contendor en la campaña presidencial de su padre, Belisario Betancur, quien resultó elegido Presidente. Al Día, no aguantó la presión y nos sacaron del mercado.
A su vez, coincidí con Plinio en los Consejos editoriales de la revista Diners que dirigía Consuelo, su hermana y que había fundado Elvira. Un magazín cultural que tenía mucho prestigio y que todavía mantiene su supremacía bajo la dirección de Catalina Obregón, con mano maestra. La participación de Plinio en los Consejos editoriales, aunque en un tono regañón hacia la directora, constituían una lección maravillosa de periodismo y a la cual yo asumía la responsabilidad de contradecirlo para defender a la acusada con resultados muy pobres.
El hecho es que Plinio era un maestro del periodismo en el que unía su sabiduría y talento regañón con humor boyacense. Sus postales están llenas del picante boyacense que tiene las arepas y sus papas chorreadas.
Pasarle la mano a la escritura de Plinio es disfrutar de la literatura más elegante y precisa del escritor periodista con los detalles más relevantes de la localización del personaje y del ambiente que lo rodea. Los colores se pueden ver y los olores se sienten. De ahí la melancolía que invade mi memoria y recordar que somos “ briznas de yerba en las manos de Dios”. Nada es para siempre.
Algunas postales de las postales muestran la sagacidad de Plinio para tomar el flash de la foto y captar el gesto del momento de la República de hombres cultos que tuvo Colombia en el siglo veinte cuando el Congreso era un espacio ocupado por hombres inteligentes como Ramirez Moreno, quienes “ estaban acostumbrados a oler la pólvora de las palabras no de las armas de fuego. El señor ministro de Hacienda -interpelaba Ramirez Moreno desde su curul al muy serio profesor Esteban Jaramillo- es como ese fetichista sexual que acaricia las ropas de la mujer amada sin llegar nunca al yunque aterciopelado donde se genera la vida”.
Otra postal de Plinio muy fuerte: “Estamos en Nueva York. Hemos renunciado (García Márquez y yo) a Prensa Latina y a los cubanos; en castigo, ¡Quien lo creyera hoy! Lo han dejado sin pasaje de regreso a Bogotá. Lo oigo decir mientras caminamos por las calles heladas de Manhattan: Compadre, me voy en autobús con Mercedes y el pelao a México. Pero el dinero solo nos alcanza para llegar a Nueva Orleans. Mándame lo que puedas desde Bogotá. Y todo lo que le pude mandar fueron ciento cincuenta dólares. Solo con veinte de ellos en el bolsillo llegó a Ciudad de México, la metrópoli donde pocos años después se haría célebre como autor de Cien años de soledad, poniendo fin a treinta años de apuros”.
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