No recuerdo si fue el propio Richard Ford o uno de los personajes de alguna de sus novelas quien aguardó tranquilamente a que su hermana tomara asiento frente a la mesa del bar a que habían concurrido. Ford, o quien sea, se notaba bastante saludable, pero la mujer que lo acompañaba padecía visiblemente de un cáncer terminal. En esas circunstancias, o sea, cuando ambos se encontraban en el bar, la mujer pedía invariablemente un martini doble, dejándolo largo rato sobre la mesa, sin tomarlo, sin probar siquiera un sorbo, solo mirándolo fijamente. Seguir leyendo
Richard Ford acaba de publicar en castellano su breve libro ‘Las palabras sencillas’, en el que se interroga ahora, sorprendentemente, acerca de si sus obras no serían también políticas
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Richard Ford acaba de publicar en castellano su breve libro ‘Las palabras sencillas’, en el que se interroga ahora, sorprendentemente, acerca de si sus obras no serían también políticas

Agustín Squella
No recuerdo si fue el propio Richard Ford o uno de los personajes de alguna de sus novelas quien aguardó tranquilamente a que su hermana tomara asiento frente a la mesa del bar a que habían concurrido. Ford, o quien sea, se notaba bastante saludable, pero la mujer que lo acompañaba padecía visiblemente de un cáncer terminal. En esas circunstancias, o sea, cuando ambos se encontraban en el bar, la mujer pedía invariablemente un martini doble, dejándolo largo rato sobre la mesa, sin tomarlo, sin probar siquiera un sorbo, solo mirándolo fijamente
¿Qué quieren que les diga? La imagen literaria de esa mujer me transmite hasta hoy un profundo sentido de humanidad, incluso después de algunas horas en que los dos hermanos permanecían en el lugar. La comunicación entre ambos era total, si bien limitaba a un intercambio de muy pocas palabras. Nunca supimos de una conversación en forma entre ellos. Él decía algo trivial y ella no hacía más que mantener fija su atención en la copa siempre sin vaciar. Ni siquiera tomaba la aceituna de su trago, sin tocarla ni llevársela a la boca. Se estaba allí quieta, en silencio, mientras el hermano, según imagino, bebía lo suyo. Este aceptó incluso que el mozo le repitiera el trago, mientras el garzón miraba de reojo el martini sin beber que, invariablemente intocado, continuaba sobre la mesa.

La literatura es así. Brinda momentos como ese, que es preciso advertir, registrar y celebrar en completo silencio. Momentos que algunos regalan a otros o, como en este caso, entre sí, para sentir la suavidad de una situación irremediable, y también su ternura.
El escritor norteamericano discurre esta vez sobre lo que hace y experimenta en cada ocasión en que ha escrito o se encuentra trabajando en una novela. Agradece, ya a sus buenos 81, poder continuar leyendo y escribiendo, sin más receta para lo segundo que la fidelidad a sí mismo y a su propósito de mejorar en su trabajo. Por mi parte, no dejo de pensar en la hermana sentada frente a su martini sin tocar, mientras ella asiste a su implacable abstinencia.
Richard Ford acaba de publicar en castellano su breve libro titulado Las palabras sencillas, en el que, preocupado en todas sus obras anteriores únicamente de escribir cada vez mejor y únicamente sobre vidas, personajes y sensibilidades privadas, se interroga ahora, sorprendentemente, acerca de si sus obras no serían también políticas y él un novelista de ese mismo carácter. La respuesta viene dada por algunas citas que el autor incluye en su libro más reciente. Por ejemplo, “No hay vida privada que no quede determinada por una vida pública más amplia” (George Eliot). O esta otra: “Una novela política debe mostrar como la historia afecta al destino de los individuos” (Morris Dickstein). O, por último: “¿De qué manera puede sobrevivir moralmente una persona inteligente en un entorno político degradado?” (del mismo Ford).
“Si vivo para escribir otra novela (nuevamente Ford), esa es la llamada del lenguaje que resonará en mi interior”.
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