A Eva Cosculluela la pregunta le vino a la cabeza mientras visitaba una exposición con motivo del centenario de la Residencia de Señoritas, el primer centro oficial destinado a fomentar la enseñanza universitaria para mujeres en España, que abrió sus puertas en Madrid en 1915. «De la Residencia de Estudiantes lo sabíamos todo, incluso en qué habitación durmió Lorca y en cuál Buñuel. Sin embargo, de la de Señoritas… Empezando por el nombre: ellos eran estudiantes; ellas, señoritas», reflexiona la periodista, librera, traductora y gestora cultural zaragozana. En estas disquisiciones se encontraba cuando le llamó la atención otro nombre: Lyceum Club Femenino. Y surgió, efectivamente, la gran pregunta: «¿Cómo puede ser que no sepamos ni que existió aquella asociación pionera del feminismo, de la transformación social a través de la cultura, del arte, de la educación?».. Dicho y hecho. Impulsada por la indignación que le provocó aquella injusticia, Cosculluela se puso manos a la obra. El resultado de una década buceando entre legajos dispersos, cartas manuscritas, diarios de sesiones parlamentarias, memorias y muchísimos periódicos es hoy El club de las modernas (Seix Barral), que más que la historia busca reconstruir la intrahistoria de una reunión de mujeres cultas que contribuyó decisivamente a transformar la vida cultural y política española.. A las socias del Lyceum Club Femenino les debemos las primeras guarderías, ellas consiguieron la derogación del artículo del Código Penal que disculpaba que sus maridos las apalizaran en caso de adulterio y ellas, finalmente, fueron decisivas en la conquista del sufragio femenino. Por el camino, acogieron a la flor y nata de la intelectualidad patria, masculina y femenina, y fueron plataforma de lanzamiento para el talento de sus compañeras. El mismo Miguel de Unamuno, que acuñó el término intrahistoria, utilizó también por primera vez una palabra que resume el espíritu de aquel club madrileño adelantado a su tiempo: sororidad. Unamuno, por cierto, fue asiduo al Lyceum. «Más que recoger el dato preciso de cada actividad que desarrollaron, me interesaba contar cómo estas mujeres estaban en contacto con la vida, con la España de la época; incluso, con la de ahora. Quería contarlas a ellas», explica Cosculluela.. ¿Y quiénes eran ellas? De la pedagoga María de Maeztu a las escritoras Zenobia de Camprubí, María Teresa León o Elena Fortún, de la artista Maruja Mallo a las abogadas y políticas Clara Campoamor y Victoria Kent, se cuentan por decenas los nombres históricos de aquellas modernas que arrojaron luz en la oscuridad de la dictadura de Primo de Rivera, hace un siglo.. «Había mujeres monárquicas y republicanas de ideologías políticas muy diferentes: algunas, católicas practicantes; otras, laicas; y otras, ateas recalcitrantes», resume Cosculluela. «Supieron dejar sus diferencias a un lado para unirse por un bien mayor: mejorar la condición de la mujer para mejorar la sociedad entera. María Teresa León dijo que querían adelantar el reloj de España. No el de las mujeres, el de España».. Esa habitación propia que instalaron, primero, en la Casa de las Siete Chimeneas, hoy sede de la Biblioteca del Ministerio de Cultura y, después, en un local más modesto un par de calles más arriba, fue su refugio frente a los ataques, cada vez más furibundos. «Lo más suave que decían de ellas es que iban con las piernas al aire», asegura la autora. «Las llamaron marisabidillas, frívolas y peligrosas, llegaron a difundir que destetaban a sus hijos con cerveza, que pegaban a sus maridos, que los abandonaban, que pagaban a alguien para que cuidara de sus hijos mientras ellas iban a pasárselo bien. No soportaban que las mujeres se lo pasaran bien».. Y ellas respondían a los insultos invitando a Lorca, a Alberti, a Unamuno, a Pedro Salinas a recitar entre sus muros para protagonizar los suplementos culturales. «Las y los mejores de sus disciplinas tenían que estar ahí. Y ahí estuvieron».. «En su desafiante audacia, fueron muy inteligentes y en sus estatutos se desvincularon de cualquier motivación política para que les permitieran crear la asociación. Lo disfrazaron de cosas de chicas con fines culturales y artísticos, pero a los cuatro días, literalmente, de su fundación ya estaban reclamando cambios en el Código Penal. Y mira dónde llegaron, a conseguir el voto para las mujeres en 1931, rememora Cosculluela.. La Guerra Civil trajo consigo el fin de un sueño y una metáfora de lo que estaba por llegar: la sede del Lyceum Club Femenino la ocupó la Sección Femenina de Falange, que cambió las clases de derecho por las de costura y estampó su sello sobre elde sus predecesoras en los libros de la biblioteca. ¿Qué pensarían aquellas mujeres si observaran a sus congéneres, 100 años después? «Les sorprendería ver cómo nos estamos tirando los trastos a la cabeza», lamenta la autora de El club de las modernas. «Si ellas, con todas sus diferencias, lograron ponerse de acuerdo, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotras?».
La Lectura // elmundo
Se propusieron adelantar el reloj de España y lo consiguieron, pero la impronta que dejaron las socias del Lyceum Club Femenino quedó arrasada por una historia protagonizada por ellos. El club de las modernas (Seix Barral) les hace justicia Leer
Se propusieron adelantar el reloj de España y lo consiguieron, pero la impronta que dejaron las socias del Lyceum Club Femenino quedó arrasada por una historia protagonizada por ellos. El club de las modernas (Seix Barral) les hace justicia Leer
