Al atletismo, como probablemente al cine, no se llega para hacer dinero, lograr seguidores en la redes sociales o salir todos los fines de semana en el telediario. O no siempre. En el atletismo, como probablemente en el cine, se cae por pura pasión, por el deseo irracional, primario y hasta liberador de echar a correr. «Al fin y al cabo, a los dos les une el fervor por el movimiento», dice Laura García Alonso, directora que ha hecho de Corredora, su primera película, una hipnótica, peculiar y sabia reflexión no tanto sobre el propio atletismo o el cine, que también, como sobre todo lo demás. Y ahí entra desde el legítimo afán por llegar el primero al vértigo de la obsesión pasando por el abismo de la enfermedad mental. Se cuenta la historia de una atleta de élite que un mal día cae víctima de la exigencia, de los récords, de los cronómetros y, apurando, de sí misma. De repente, un brote psicótico arrasa con todo. Desde ahí, con pulso, buena alumna del cine agónico de Scorsese y sin duda fascinada por el gesto airado de Tony Richardson, la directora compone un relato de adrenalina y miedo, febril y cierto, que, sin duda, supone una de las más brillantes anomalías, por su vocación hacia el retrato interior, en un nuevo cine español demasiado pendiente de lo que sucede fuera.. «Si soy sincera, poco antes de empezar la película no sabía absolutamente nada de atletismo. Recuerdo que la primera intuición para esta historia nació de un corto anterior, Tormenta de verano, en el que la protagonista salía corriendo despavorida a través del campo. Huía de sus fantasmas. Ella era Lola Dueñas y daba vida a una profesora de instituto muy aficionada a la meteorología. La idea era componer una especie de fábula con la meteorología precisamente sobre todo aquello que no podemos ni predecir ni aprender. Cuando la vi correr, lo vi claro», comenta García Alonso como el que da la primera clave de un enigma por resolver. Y sigue: «Hay algo en grabar cuerpos en movimiento que tiene que ver, imagino, con la primera intuición del cine. Pienso en los Lumière y en Eadweard Muybridge, que se obsesionó con capturar el movimiento exacto de las patas de los caballos». Pausa. «Pero el atletismo, en efecto, es solo el medio. Lo que me interesa de verdad es convertir en energía cinética todo lo que está aprisionado en la mente de una persona que sufre, de una persona que es víctima de su mente en el momento en el que su mundo desmorona».. Si se quiere, hay una larga tradición en el cine que, de un modo u otro, hace suyo este credo. Lejos del instinto épico y siempre catártico de películas como, por ejemplo, Carros de fuego (Hugh Hudson, 1981), Corredora se sitúa del lado de trabajos como La soledad del corredor de fondo, que el citado Richardson dirigió en 1962 o, apurando, Marathon Man, rodada por John Schlesinger en 1970. En los dos casos, la carrera, como la procesión, va por dentro. La primera adapta un cuento de Alan Sillitoe desde la más evidente furia; resentimiento, incluso. Un joven (soberbio Tom Courtenay) llega a un reformatorio y pronto es señalado para representar a la institución en una carrera campo a través. En ese momento, los valores eternos de un imperio orgulloso que se derrumba se enfrentan a la novedad del simple vacío. Nada tiene sentido salvo la herida, salvo el dolor de un pulmón que revienta en mitad de su agonía. La segunda, en cambio, juega a dar sentido a la palabra paranoia en una trama endiablada de espías protagonizada por Dustin Hoffman fiel representación de un mundo, el de la Guerra Fría, sencillamente paranoico. Sea como sea, una y otra, desde caligrafías y modos completamente distintos, se empeñan en convertir cada una de las carreras de sus personajes principales en algo más que una metáfora, en el retrato existencial de un tiempo (cada una el suyo) asistido únicamente por la respiración entrecortada, el sudor, el dolor y la angustia, la angustia de estar vivo. Tal cual.. Marina Salas y Alba Sáez en un momento de Corredora.. «Tengo un familiar con una enfermedad mental», comenta García Alonso, «y me preguntaba, cuando me embarqué en todo esto, por qué no se ha retratado nunca de forma creíble esa experiencia. Hay películas maravillosas sobre el asunto, pero muchas de ellas caen rápidamente en la estigmatización». Pausa. «Por otro lado, sí creo que hay un malestar colectivo que hace oportuno que hablemos del tema. Imagino que tiene que ver con la digitalización, con la sensación de estar siempre completamente expuestos en las redes sociales o con la sociedad que se nos ha quedado, tan extraña y desubicada después de la pandemia. No es fácil, imagino, crecer en un mundo en el que ya no vale eso de formarte para conseguir un medio de vida digno. Ahora, lo primero no garantiza lo segundo y eso crea muchas inseguridades y, por qué no, enfermedades, también».. Corredora se mueve por la pantalla con la estrategia de la mejor de las atletas. El trabajo introspectivo y siempre tenso de Alba Sáez es soportado por dos liebres sabias y en forma como Marina Salas y Álex Brendemühl. De forma progresiva, sin perder de vista el objetivo final en la contrarrecta, la película avanza en un crescendo irrespirable hasta un esprint final tan enérgico y brutal como nada condescendiente. No hay catarsis, tampoco decepción; solo la clara consciencia de una pasión que también, admitámoslo, es dolor.
La Lectura // elmundo
‘Corredora’, de Laura García Alonso, se sirve del rey de los deportes para componer un relato hipnótico sobre el abismo de la enfermedad mental Leer
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