Marcos Ordóñez, que murió este septiembre después de varios años con la cabeza perdida, escribió un solo libro. Un libro que va, entre los que están publicados, de La zarzuela (1982), escrito con Manuel Garayoa, hasta Una joven pareja (2021), y que incluye novelas, memorias, reportajes y críticas. Un solo libro, y no, como suele decirse a modo de elogio displicente, el mismo libro. Un libro con el pasado como tema y con argumentos que encajan en la vida de un hombre que nació a mitad del siglo XX en Barcelona y que nunca vivió en otro lugar.. Para tratar de escribir su primer libro, después de ganar un inesperado y sustancioso premio de cuentos del diario Arriba, se encerró un verano en una casita que tenían sus padres en Cubellas, compró unos tapones de cera para los oídos, cegó las ventanas con plásticos negros y mecanografió incansable durante días y noches centenares de folios que aprovechaban angustiosamente todo el ancho y largo disponible, que contenían sus frases de ida y vuelta, generalmente impecables, y que se ofrecían al lector a pecho descubierto, sin el pudor de la ironía o cualquier recurso metaliterario.. El escenario de aquella habitación de sus 17 años era inequívocamente proustiano y siguió siéndolo, en cualquier casa, mientras pudo escribir. Toda su obra, repartida en 26 tomos, fue una caudalosa recherche. A diferencia de Proust, no tuvo interés en comprender los mecanismos del pasado. Ni tuvo su Bergson ni creo que jamás se planteara tenerlo. Hizo bien, porque Bergson se equivocó admirablemente.. Los libros de Ordóñez describen con minuciosidad los incidentes de la vida. Lo hacen, además, incorporando afluentes torrenciales: la música, el cine y el teatro, principalmente, de modo que su obra se oye y se ve más allá de lo que dejan oír y ver las letras impresas. No es un método sin riesgos: a veces aparece el escritor delegando en otros su responsabilidad. Y es, desde luego, aunque fuera concebido en la época analógica, un método idóneo para la escritura digital en la que palabras, imágenes y sonidos tejen una urdimbre inédita.. Hace años hablé con Pere Gimferrer de cómo y cuándo el pasado adquiere textura literaria. La conversación sería a mediados de los años 90 y recuerdo que dijo que los 70 ya estaban adquiriendo el punto meloso. De qué dependía adquirirlo era, por supuesto, algo enteramente subjetivo. Y tampoco ceñido a un calendario estricto: había décadas que se hacían pasado lentamente y otras a considerable velocidad. Es razonable, por ejemplo, que la Transición española estuviera entre las rápidas, por la sucesión de hechos, por su importancia objetiva y por las múltiples veces que era necesario volver la vista hacia ella.. En el caso de Ordóñez se daba la llamativa característica de que cualquier cosa que tocaba se convertía de inmediato en pasado. No creo que fuera capaz de escribir una línea -ni siquiera en aquellos textos más apegados al acontecimiento- que no tuviera una seductora retroiluminación.. Cualquier cosa que tocaba se convertía de inmediato en pasado. No creo que fuera capaz de escribir una línea -ni en los textos más apegados al hecho- que no tuviera una seductora retroiluminación. El pasado fue su poética y su método. Pero también una ética. Lo explica bien el caso del policía Francisco Anguas, al que mató Salvador Puig Antich -según sentencia de la Justicia franquista-, y por cuya muerte el militante anarquista fue condenado al garrote vil. Ordóñez conoció y trató a Anguas: «Anguas era flaco, pequeñito, pelirrojo, con la cara sembrada de pecas. Parecía el hermano menor de los Hollister. Tenía entonces 23 años, aunque aparentaba menos. Le apasionaban las mismas cosas que a mí: el cine y los libros, sobre todo».. Hace 20 años escribió este fragmento en un artículo en El País, coincidiendo con el estreno de Salvador, la película de Manuel Huerga sobre Puig Antich. Ordóñez lo tituló El otro muerto, y con el título bastaba. Anunciaba que quería escribir un libro sobre aquellos dos jóvenes muchachos que se encontraron trágicamente en una esquina. No lo hizo, por desgracia, y de Paquito Anguas y Salvador solo han quedado retales. Pero suficientemente explícitos para ser la representación de esa ética del pasado, perceptible en todos sus libros. Observados desde aquel promontorio humanísimo, suave y piadoso, solo eran, en efecto, dos chicos que querían vivir, y así debía tratarlos la literatura.. Ahora mi remoto amigo Marcos queda fundido en sus libros, y en el último verano de nuestra juventud.
La Lectura // elmundo
Marcos Ordóñez, que murió este septiembre, escribió un solo libro con el pasado como tema y con argumentos que encajan en la vida de un hombre que nació a mitad del siglo XX en Barcelona y nunca se fue Leer
Marcos Ordóñez, que murió este septiembre, escribió un solo libro con el pasado como tema y con argumentos que encajan en la vida de un hombre que nació a mitad del siglo XX en Barcelona y nunca se fue Leer
