«La verdad, no sé si es una suerte o no que el libro se publique ahora, con tanta actualidad y tanta polarización. Me preocupa que todo se centre en la política migratoria y se olviden la historia humana y de la literatura», confiesa sincero Jacobo Bergareche (Londres, 1976). Así que rápidamente pasa a contar la génesis de Tío grande (Libros del Asteroide), su nueva novela, que trenza el duelo por la muerte de su hermano Roque con la historia de Amadou, un joven africano que con 12 años emprendió un viaje de hasta Europa que se prolongaría cuatro, y el encuentro improbable entre ambos, atravesado por la amistad, las fronteras, la memoria, el duelo y la necesidad de encontrar un lugar al que pertenecer. «Creo que esta es mi primera novela en mucho tiempo que no es lo que mi editor llama ‘otra historia de pijos’», bromea, en referencia a sus exitosas Los días perfectos y Las despedidas.. El escritor justamente se hallaba con «otra historia de pijos» entre manos cuando conoció a Amadou, un joven guineano que era chico para todo en el local donde en 2023 el escritor celebraba su torneo anual de mus en memoria de su hermano, asesinado en Angola en 2012. Aquella noche, Bergareche sólo quería negociar con él que no cerrase el local antes de que terminara el torneo, que les permitiera seguir jugando un poco más. «Al principio yo lo único que quería era negociar el cierre del local, que no nos echaran sin acabar de jugar, pero entonces él comenzó a narrarme su historia y aquello se convirtió en un intercambio real entre dos personas abriéndose la una a la otra».. Para convencerle, Bergareche empezó contándole la historia de la muerte de su hermano, una pérdida que ya había intentado abordar en Estaciones de regreso, su primera novela, pero que nunca había sentido verdaderamente cerrada. «Nunca llegué a poder profundizar en ello y el libro se fue por otros derroteros…», recuerda el escritor, que, como reconoce, quería conmover a aquel chico para conseguir algo y terminó escuchando una historia que lo conmovió. «’Hola, tío grande, soy Amadou’, se presentó con una sonrisa de esas que te desarma al instante. Y entonces fue él el que me contó a mí su viaje». La conversación se convirtió en un intercambio de ausencias, mientras uno hablaba de un hermano muerto, el otro hablaba de una madre a la que no volvería a ver en ocho años y de los amigos que perdió por el camino.. La novela nace, por tanto, de una historia de duelo, pero enseguida empieza a desobedecer el plan de su autor. El relato de Roque queda en el origen mientras el centro de gravedad se desplaza hacia Amadou, hacia aquel viaje iniciado cuando apenas era un niño y hacia todo lo que significa llegar a Europa después de haber atravesado media África. Bergareche descubrió algo que no estaba buscando, una épica contemporánea al otro lado de la frontera de su propia experiencia. «Si te fijas en la literatura actual, a los blancos ya no nos pasan cosas. La gente escribe libros sobre su divorcio, sobre pequeños dramas cotidianos, pero la épica, esa tradición tan occidental, está en el otro lado. La Anábasis, la Ilíada, la poesía épica… esas historias les pasan hoy a los negros». Y lo resume con una frase que se convierte en una de las claves secretas del libro: «Las historias de los migrantes contemporáneos son La Odisea de nuestra época».. De esa epifanía a plantearse viajar con Amadou a África y revivir con él aquella travesía sólo hubo un paso. Paso que, a la hora de narrar, requirió poner el foco en la mirada de quien escribe. «A mí me ha cambiado totalmente esta experiencia, sé que suena tópico, pero es la verdad», dice con sencillez. El viaje le obligó, explica a desplazar su literatura de ese territorio de intimidad, deseo, memoria y relaciones familiares que había explorado en sus novelas anteriores y a entrar en otro donde aparecen la migración, la desigualdad, las fronteras, la identidad y, sobre todo, una pregunta que termina siendo universal, qué significa que una persona tenga un lugar en el mundo. «Vivir algo así te obliga a relativizar, a entender que si tú hubieras nacido allí también te hubieras jugado la vida por venir aquí», reflexiona el autor.. Quizá por eso uno de los momentos decisivos de Tío grande sucede cuando Amadou vuelve a Guinea. En Europa es el migrante, el joven africano que atravesó fronteras, el trabajador, el nombre que puede acabar reducido a una categoría. «No ser visto y no tener nombre para nadie es verdaderamente la mayor de las miserias», reflexiona. En Bominí, sin embargo, vuelve a ser otra cosa: el hijo de Binta, el respetado nieto del fundador de la aldea, el muchacho cuyo pasado conocen los demás, alguien que pertenece a una genealogía y a una historia compartida. «Ver ese cambio de la invisibilidad al reconocimiento fue espectacular. Allí Amadou no necesitaba explicar quién es, todos lo sabían. Creo que, en el fondo, todos necesitamos raíces, un lugar donde encajamos y tenemos un pasado que define quiénes somos», asegura.. «Se habla de que un hombre blanco heterosexual no puede contar el relato de una mujer, de un negro, de un gay… pero si un escritor no puede hacer eso, ¿para qué sirve escribir?». No obstante, el escritor logra no convertir a Amadou en un personaje ejemplar de la inmigración, una víctima sin fisuras diseñada para confirmar las convicciones del lector. Hay silencios, contradicciones, cosas que no cuenta y otras que ni siquiera él parece comprender del todo. La dificultad de escribir este libro, apunta Bergareche residió precisamente en conservar esa opacidad. «El problema del apropiacionismo, de contar yo su historia y ser el típico blanco que cuenta la vida de un negro, siempre estuvo ahí. Por eso me interesaba que fuera un libro escrito por los dos, que la mirada y la voz de Amadou tuvieran peso». Bergareche no rehúye la discusión sobre quién puede contar la vida de quién. «Se habla mucho de que un hombre blanco heterosexual no puede contar el relato de una mujer, de un negro, de un gay… pero para eso están la literatura, la voz, la construcción de personajes. Si un escritor no puede hacer eso, ¿para qué sirve escribir?», reivindica.. La pregunta se vuelve todavía más incómoda cuando el escritor reconoce que la literatura no sólo implica mirar al otro sino preguntarse desde dónde se mira. Bergareche llegó incluso a plantearse cuánto egoísmo había en la idea de acompañar a Amadou en el recorrido que había hecho desde Guinea hasta Europa, idea que él mismo somete a juicio dentro del libro: ¿qué derecho tenía a exponerse a unos peligros que no necesitaba correr para conseguir una experiencia literaria y, peor aún, a volver a poner a Amadou ante algunos de los lugares y riesgos de los que había escapado? «Tuve muchas dudas y, tras hacer el viaje, sé que lo puse en riesgo. En Marruecos, por ejemplo, fue impactante ver el trato tan diferente hacia mí, que soy un blanco, un turista; que el que tenían con él, porque allí con los negros son muy crueles», recuerda.. La aventura, comprendió, no tenía el mismo significado para ambos. Pero tampoco la distancia entre ambos es absoluta. Bergareche introduce su propia experiencia como migrante, aunque se apresura a establecer la diferencia: «Es verdad que yo fui un migrante privilegiado, rico, etcétera. Yo me fui a Estados Unidos a hacer dinero, a montar una start up, pero sí notabas ese desprecio al que es de fuera, el racismo, la desconfianza… No digo que sea comparable, pero fue mi punto de partida para entender algunas cosas». La novela no pretende borrar esas diferencias sino encontrar algún territorio común.. Amadou, durmiendo en una hamaca de su casa en la aldea de Bominí (Guinea), durante el viaje narrado en el libro.Jacobo Bergareche. Ese territorio acaba siendo también la amistad. Amadou le llama «tío grande» y Hamada, otro de los jóvenes que aparecen en el libro y cuya historia da para otro libro, «hermano». Bergareche conserva y escucha sus audios por el puro placer de volver a oír esas palabras. Amadou, cuenta, «ha cuidado mucho de mí en este tiempo. A los dos nos gusta escuchar, es una persona profundamente generosa, me arregló la moto, ha vivido en mi casa dos meses este verano y con eso ha ahorrado para comprar un coche y montar un taxi colectivo en su pueblo… La relación hoy es de pura amistad, ha dejado de ser la de un escritor que recoge una historia para convertirse en una relación que continúa fuera del libro».. Quizá también por eso la escritura de Tío grande tiene algo de investigación sentimental. Sobre la mesa del escritorio de su casa, Bergareche despliega los cuadernos que fue llenando durante el proceso: anotaciones de impresiones subjetivas del viaje junto a descripciones de lo que iba viendo, conversaciones y grabaciones. El libro nace de esa mezcla de materiales, de lo vivido y lo recordado, de aquello que quedó registrado y de aquello que la memoria transforma. Su forma es deliberadamente fronteriza: crónica y literatura, viaje y memoria, documento y reconstrucción.. «Me acuerdo de cuando se creó el espacio Schengen en los 90, la maravilla de poder viajar por Europa sin pasaporte ni fronteras. Eso es el futuro». Hay una escena que condensa esa búsqueda mejor que ninguna teoría. En Melilla, Bergareche encuentra en un túnel cubierto de nombres de niños que pasaron por un centro de menores una pintada: «Amadou 2016». Le manda una fotografía a su amigo y recibe una respuesta incrédula: «No te creo, tío grande, has encontrado mi nombre. Eso lo pinté yo». «Eso fue brutal… una experiencia increíble», recuerda. «Después de tantas historias sobre nombres borrados, personas convertidas en cifras y vidas que parecen no dejar huella, Amadou había dejado literalmente su nombre escrito en uno de los lugares de su viaje».. Las fronteras atraviesan el libro en todos los sentidos, desde las geográficas hasta las que separan a ricos y pobres, a quienes tienen un lugar y a quienes lo buscan. Bergareche reconoce una relación visceral con esa idea. «No quiero hacer nada político, de verdad, pero las fronteras son algo que odio, que no comprendo… Quizá es por ser de familia de origen vasco, que fue muy castigada por el nacionalismo, pero creo que la idea de Estado nación es algo caduco», defiende. «Me acuerdo de cuando se creó el espacio Schengen en los 90, la maravilla de poder viajar por Europa sin pasaporte ni fronteras. Eso es el futuro». No obstante, reconoce que la situación migratoria no tiene solución sencilla. «Es complejo, tendría que ser todo regulado, aunque entiendo que es difícil. De lo que estoy convencido es de que la migración no debería tener color político en ninguna parte».. Amadou en la puerta de su casa en la aldea de Bominí (Guinea).. Es inevitable que Tío grande llegue a las librerías españolas después de un verano en el que las imágenes de las fronteras y el debate migratorio han vuelto a ocupar buena parte del espacio público. Y quizá ahí se encuentre precisamente la preocupación que expresaba Bergareche al principio, que las personas concretas desaparezcan detrás de las posiciones políticas. Su propósito no era escribir un ensayo sobre inmigración sino contar a Amadou, escuchar sus recuerdos, descubrir sus contradicciones. «Mi mirada ha cambiado totalmente. El poder de la literatura, la alteridad, contar al otro… yo siempre defenderé que, por mínimo que sea, el cambio está ahí en escuchar o leer, en la empatía, en no fomentar odios ridículos que desaparecen al conocer a las personas».. Y en ese espacio literario y de empatía se encuentra Roque, el hermano muerto cuya historia abrió aquella conversación que fue la espoleta de todo. Bergareche empezó contándosela a un desconocido para conmoverle y, sin saberlo, encontró a alguien dispuesto a escucharla. Ahora reconoce que Tío grande también ha sido el libro que necesitaba para volver a hablar de él. «Por fin he hablado del duelo de mi hermano del modo en que quería, en ese sentido ha sido un libro catártico». Esa es, quizá, la única frontera que la novela demuestra que no existe: «Ese tipo de experiencias, como el duelo, son totalmente comprensibles por cualquiera que las haya vivido, sea cual sea su origen, circunstancia y vida actual». Quizá eso era lo que Bergareche buscaba aquella noche sin saberlo, encontrar a alguien a quien poder contarle la historia de Roque.. Libros del Asteroide. 256 páginas. 20,95 €
La Lectura // elmundo
El escritor publica Tío grande (Libros del Asteroide), una novela que trenza el duelo por su hermano con la historia de un joven migrante africano y el improbable nacimiento de una amistad: «La idea de Estado nación es algo caduco» Leer
El escritor publica Tío grande (Libros del Asteroide), una novela que trenza el duelo por su hermano con la historia de un joven migrante africano y el improbable nacimiento de una amistad: «La idea de Estado nación es algo caduco» Leer
