En la última clase del día, un profesor lee en voz alta a los alumnos de un instituto de la Hungría poscomunista que la aptitud biológica no se mide por la duración de una vida, sino por el número de crías que llegan a adultas. «Okay». István, el protagonista de la sexta obra de ficción de David Szalay (Montreal, 1974), se abstrae con las moscas muertas en las pantallas de los fluorescentes. El narrador seguirá su vida como si fuera un caso destinado a poner a prueba esa tesis, y tardará más de trescientas páginas en decidir si la confirma o la refuta.. Entretanto, István arrastra su cuerpo por Europa y Oriente Próximo. Mucho de lo que hace o deja de hacer (amante adolescente de una vecina que podría ser su madre, protector de un contrabandista en viajes a Croacia, soldado, portero de un club de striptease del Soho, guardaespaldas de lujo, promotor inmobiliario…) parece no responder a un impulso personal, sino a un dejarse llevar sin cuestionamiento: a las ofertas, István a menudo responde «vale», «de acuerdo» y todas las variantes de okayy yeah. Si al principio la vida sexual es lo que da sentido a sus tardes, con los años deja de distinguirse de los muchos cigarrillos que enciende, otra manera de pasar el tiempo sin más. El protagonista es cautivo de un pensamiento estrecho y su lenguaje limitado es el recurso con el que esta novela, ganadora del Booker 2025, explora el vacío que parece cargar.. La carne se despieza en diez capítulos sin título, separados por saltos de varios años, y los goznes de la trama quedan fuera de campo. Lo que decide la vida de István ocurre en los blancos entre capítulos y asoma más tarde, en una frase de otro personaje, o en un indicio doméstico que lo da por descontado. Nada se explica. El narrador acumula detalles que conducen a algo parecido a una interpretación de sí mismo que el propio István nunca acierta a formular, y que a veces le llega de fuera: alguien dice de él que es «el ejemplo de una masculinidad primitiva». La página sigue el mismo régimen de vacíos, con frases que ocupan un párrafo propio, sin énfasis ni ornamento, siempre en presente, con diálogos telegráficos que avanzan a golpe de monosílabo.. La masculinidad de István es indisociable de su clase: un cuerpo joven que el contrabando, el ejército y la seguridad privada adiestran y explotan, pero que el sistema acaba desechando. Hay una escena en la que un hombre, que prepara a István para trabajar como guardaespaldas, le enseña a comer despacio, a no mover las manos al hablar, a no desabrocharse el botón del cuello y a encender un cigarrillo con lentitud, y ahí está resumido el precio de entrada a un mundo que siempre le exigirá una interpretación, la de un hombre que aprende un papel a destiempo para no desentonar entre quienes lo contratan.. La sexualidad, siempre presente, sigue el mismo régimen: casi nunca es solo placer, sino también una moneda de cambio en su ascenso. De principio a fin, las mujeres llevan la iniciativa erótica, y de la mayoría no sabemos qué piensan ni por qué hacen lo que hacen, más allá de lo que hacen con o por István. El personaje recuerda, en cierto modo, al Meursault de Camus, porque a él también lo juzgan por lo que no dice. Y, como en Camus, la cuestión no es si el personaje siente, sino si el lector va a estar dispuesto a concederle una vida interior que él nunca reclama. «Hay algo terrible en el modo en que la normalidad se reafirma», se lee hacia el final, «en el modo en que el verano insiste en acontecer. En el modo en que florecen los castaños y se celebra Wimbledon».. Traducción de Ce Santiago. Feltrinelli. 344 páginas. 21,90 € Ebook: 10,99 €
La Lectura // elmundo
El protagonista de La carne (Feltrinelli), premio Booker 2025, es cautivo de un pensamiento estrecho y su lenguaje limitado es el recurso con el que esta novela explora el vacío que parece cargar Leer
El protagonista de La carne (Feltrinelli), premio Booker 2025, es cautivo de un pensamiento estrecho y su lenguaje limitado es el recurso con el que esta novela explora el vacío que parece cargar Leer
