Algunos comienzos son una declaración de intenciones. He aquí un ejemplo: “No se quitaban el mono de currelas ni para las reuniones ni para las cañas ni para ningún acto público. El mono era en sí mismo la protesta y el motivo”. Es el inicio de Son como glaciares los barcos de acero, la primera novela de Cynthia Menéndez (Vigo, 33 años) que, tras su publicación el año pasado en gallego, en la editorial Galaxia, acaba de ser traducida al castellano en el sello conjunto Los Aciertos&Pepitas. Es una novela con un horizonte erizado de grúas portuarias y de protestas laborales, ya que cuenta la privatización de un astillero en los años noventa. Está inspirada, sobre todo, en la huelga y el encierro que mantuvieron, durante las Navidades de 1997, los trabajadores del astillero vigués Hijos de J. Barreras.
En la novela ‘Son como los glaciares barcos de acero’, Cynthia Menéndez recuerda el bullicioso y riguroso Vigo de los años noventa. El libro ha sido traducido de su versión original en gallego.
Algunos comienzos son una declaración de intenciones. He aquí un ejemplo: “No se quitaban el mono de currelas ni para las reuniones ni para las cañas ni para ningún acto público. El mono era en sí mismo la protesta y el motivo”. Es el inicio de Son como glaciares los barcos de acero, la primera novela de Cynthia Menéndez (Vigo, 33 años) que, tras su publicación el año pasado en gallego, en la editorial Galaxia, acaba de ser traducida al castellano en el sello conjunto Los Aciertos&Pepitas. Es una novela con un horizonte erizado de grúas portuarias y de protestas laborales, ya que cuenta la privatización de un astillero en los años noventa. Está inspirada, sobre todo, en la huelga y el encierro que mantuvieron, durante las Navidades de 1997, los trabajadores del astillero vigués Hijos de J. Barreras.
“Hice el libro para escribir esa imagen, la de esa Nochebuena en la que cenaron las familias con los obreros en el propio astillero. Aunque el astillero que sale es anónimo, podría ser cualquiera de los que se privatizaron. Podría ser de Vigo, de Xixón o de Bilbao”, dice Menéndez. Aunque sea una historia compartida por los astilleros de muchas ciudades españolas, el protagonismo de Vigo es uno de los elementos clave de la novela. “Me gusta que las historias estén situadas geográficamente, que los personajes estén ligados a los lugares. Además, quería hacer literatura obrera porque creo que Vigo está muy desvinculada de su significación como ciudad obrera, que tuvo una gran influencia, también en la música, y sin embargo ahora se sepulta por cosas como el turismo y el querer parecerse a otros lugares”, añade la autora, que también es librera y tiene un taller de creación literaria sobre narrativa de viajes y memoria.
Poética e impresionista, la escritura de Cynthia Menéndez entreteje, de forma fragmentaria, dos historias de pérdida: la de un trabajo y la de un amor. Ambas contadas por la voz en primera persona de Pedro, el hijo de un trabajador de los astilleros y la pareja de Laura. Hay un juego especular en la narración en paralelo de ambas historias, en las que se juntan belleza y derrota. La historia del conflicto laboral está contada desde los recuerdos del Pedro niño, que asistía en casa a las reuniones en las que se organizaban las huelgas, que iba a las manifestaciones y sostenía pancartas, que colocaba en el patio del colegio pegatinas que decían “NON A PRIVATIZACIÓN”, porque la lucha era cosa de todos. “Las manifestaciones, las huelgas, también se mantenían por las mujeres, por las familias. En las protestas participaba todo el mundo. Quería mostrar esa idea de lo colectivo. Hay mucha mitología en la lucha obrera, pero me apetecía ir más allá y mostrar los vínculos familiares que la sostienen”, dice Menéndez.

La investigación para la escritura del libro se hizo con noticias encontradas en la hemeroteca, pero también con entrevistas a los protagonistas reales de la historia. Uno de los testimonios que cimentó la novela, y que aparece en los agradecimientos, es el de Juan José Rodríguez Suárez, presidente del comité del astillero Hijos de J. Barreras en la época que retrata la novela. A él, dice la autora, le preguntaba hasta de qué eran los bocatas que comían. Esos detalles le dan un sabor verdadero a esta ficción, al igual que la aparición de lugares reales, como el bar La Rubia, situado en la avenida de Beiramar, en el barrio vigués del Berbés, al que acudían, y acuden, trabajadores de los astilleros cercanos. “La Rubia es un emblema de la zona de los astilleros. Los bares son lugares importantes porque son sitios de reunión, al igual que las asociaciones de vecinos, que creo que están un poco olvidadas”, dice Cynthia Menéndez.
En su edición gallega, la presentación del libro se hizo precisamente en uno de estos astilleros de la avenida de Beiramar: en el astillero Cardama. “Es maravilloso poder llevar el libro a los lugares que están en él. Vino gente que nunca había entrado en un astillero, incluso hijos o nietos de trabajadores. Estuvieron obreros del astillero Cardama, de Hijos de J. Barreras y de otros, que también hablaron allí, porque se identificaban con lo que se cuenta en el libro”, recuerda la autora.
El debut narrativo de Cynthia Menéndez viene avalado por el premio Antón Losada Diéguez en su edición en gallego y también por haber sido elegido para la primera Residencia Literaria de la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela, dirigida por el escritor Javier Peña. Las residencias literarias son espacios en crecimiento en España y Menéndez considera que son muy valiosos por la posibilidad que dan de dedicar tiempo a la escritura y por ser un lugar de encuentro de autores. A la vez, lamenta que muy pocas ofrezcan ayuda económica para sostener ese tiempo de creación o posibilidades de conciliación familiar.
Para las generaciones más jóvenes, que no conocieron los grandes conflictos laborales del siglo pasado, puede haber un descubrimiento en historias como la que se cuenta en Son como glaciares los barcos de acero. Así lo cree su autora, que también pertenece a ellas. “Hay algo muy emocionante en tener un compañero, en compartir, en ayudar a un compañero cuando tiene un problema. Creo que esa sensación de comunidad, si viene a ti y la vives, es transformadora. Y eso es interesante. Me parece que en generaciones como la mía y las que vienen después hay una desconexión brutal con todo esto. Hay mucha dignidad en luchar aunque se vaya a perder”.
Pedro, el protagonista de la novela, tiene esa misma convicción, y recuerda, años después del conflicto, que eso formaba parte de cómo eran los obreros del astillero: “Siempre estaban todos preparados para el jolgorio y la música y los brindis, pero más pronto que tarde se les metía en los ojos el vidrio opaco de la protesta. Se llama conciencia, decía padre, conciencia de clase, algo que jamás podréis despreciar, nos explicaba, pues no hay nada más importante que ser partícipe de lo que es común”.
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