Hace una semana participé en la presentación del libro titulado La ultraderecha en América Latina, editado por Cristóbal Rovira, Carlos Meléndez, Talita Tanscheit y Lisa Zanotti. Las secciones fueron publicadas inicialmente en inglés por Cambridge University Press y actualmente son publicadas por Planeta. Recursos adicionales
Las altas cifras de 62% para Rechazo en 2022 y 58% para José Antonio Kast en la segunda ronda de 2025 no pueden verse como un simple ajuste interno o una reacción al progreso de las mujeres, los indígenas o las minorías sexuales.
Hace una semana me tocó participar en la presentación del libro La ultraderecha en América Latina, editado por Cristóbal Rovira, Carlos Meléndez, Talita Tanscheit y Lisa Zanotti. Se trata de capítulos publicados originalmente en inglés por Cambridge University Press y que ahora aparecen por la editorial Planeta.
Los autores parten de una pregunta clave: ¿qué está pasando con las nuevas derechas en América Latina? Para responderla, estudian casos que van desde la Argentina de Javier Milei a El Salvador de Nayib Bukele, pasando por Brasil, Chile, Colombia, Uruguay, Perú y México. Como suele pasar en estos casos, hay capítulos mejores que otros; el dedicado a Bukele me pareció especialmente interesante y bien argumentado, porque complejiza a un personaje que suele darse por sentado.
El libro evita la explicación fácil de que la región “se volvió de derecha”. Su primera tesis es que parte importante del fenómeno ocurre dentro de ese mismo sector, con una derecha “convencional” que pierde espacio frente a competidores más duros.
La segunda es que, desde los años noventa, América Latina vivió una ampliación de derechos y una mayor inclusión de grupos históricamente marginados. Ese proceso habría generado también una contrarreacción cultural. Dicho en simple: a más derechos y reconocimiento de los grupos LGTBQ+ y otros, más rabia, descontento y contrarreacción por parte de los sectores tradicionalistas. En ellos, argumentan los autores, se incubó el origen de la ultraderecha europea y latinoamericana.
Ambas hipótesis deben ser tomadas en serio. Pero con cuidado.
Los capítulos sostienen que la ultraderecha adopta posiciones derechistas radicales y que mantiene una relación semileal o desleal con la democracia. Aquí uno comienza a perderse: se usan conceptos distintos que el lector termina leyendo como si fueran lo mismo.
En efecto, a veces queda la impresión de que la palabra “ultraderecha” podría ser intercambiable con “extrema derecha” y con “derecha populista radical”, aunque, en teoría, ninguna de las tres significa lo mismo. ¿Qué es una posición radical? ¿Radical respecto de qué? ¿Y qué significa ser semileal? ¿Criticar a un tribunal? ¿Defender políticas severas de seguridad? ¿Cómo se diferencia un populista radical de derecha de un populista radical de izquierda? A fuerza de estirarla, la categoría corre el riesgo de transformarse en un hombre de paja: una figura cómoda contra la cual es fácil pelear, pero que dice poco sobre las razones de su éxito.
Parte de la confusión radica en que los autores no parecen distinguir con claridad entre el conservadurismo y el iliberalismo. Alguien puede oponerse al aborto, defender una visión tradicional de la familia o ser muy duro en materia de seguridad e inmigración, y seguir siendo un ferviente defensor de la democracia liberal. La pregunta relevante no es solo qué piensa alguien, sino qué está dispuesto a hacer para imponer sus ideas. Si esa frontera se difumina, se mete en el mismo saco a figuras muy distintas. En el caso chileno, además, la larga historia común entre liberales y conservadores –esa suerte de “liberalismo conservador” que ha caracterizado a buena parte de la centroderecha– exige algo más de profundidad histórica cuando se intenta clasificar a sus actores.
Lo anterior se relaciona con otra debilidad: el libro explica mucho mejor la oferta que la demanda. Describe con precisión qué hacen los líderes de “ultraderecha”, pero dice bastante menos sobre por qué tanta gente vota por ellos. Chile es un buen ejemplo. El 62% del Rechazo en 2022 y el 58% de José Antonio Kast en la segunda vuelta de 2025 son cifras demasiado altas para leerlas como un mero reacomodo interno de ese sector, o como una contrarreacción frente al avance de mujeres, indígenas o minorías sexuales.
Por lo demás, gran parte de los nuevos votantes incorporados recientemente al sistema vienen de sectores que también se han sentido marginados, poco representados o mal atendidos por el Estado. Y una parte importante de ellos votó por Kast. Tal vez lo que están expresando no es tanto una reacción contra las minorías como contra la inseguridad, el mal funcionamiento del Estado, la inmigración irregular, el bajo crecimiento o simplemente la izquierda.
Y ya que hablamos de la izquierda, lo cierto es que ella brilla por su ausencia en el libro. Muchas de las prácticas que los autores le reprochan a la derecha —la hostilidad hacia los contrapesos, el desprecio por las restricciones institucionales, la lógica amigo/enemigo— también se encuentran en la izquierda. Basta recordar la voluntad de la Convención Constitucional de rediseñar las instituciones muy por encima de lo que la mayoría estaba dispuesta a aceptar. No se trata de establecer equivalencias con Bolsonaro o Bukele, sino de exigir que la vara sea simétrica. De lo contrario, la izquierda queda eximida de preguntarse qué hizo mal y cuánto contribuyó a la reacción que hoy tanto condena.
Nada de esto implica negar que el fenómeno exista. Hay nuevas derechas, algunas populistas y otras abiertamente iliberales. Pero quizás convenga cambiar la pregunta: más que interrogarse por qué creció la ultraderecha, habría que preguntarse qué ocurrió en nuestras democracias para que tantos ciudadanos comenzaran a demandar orden, autoridad y ruptura con las fuerzas políticas establecidas. Esa pregunta obliga a mirar a la derecha, pero también a la izquierda. Y es ahí donde el libro ve bien una parte del problema, pero no el problema en su totalidad.
EL PAÍS
