Los clásicos son para el verano, podríamos decir, parafraseando la célebre obra de teatro. En ninguna otra estación mejor se comprenderán, cuando se dejan a un lado el trabajo y las rutinas. Se refiere uno a los clásicos griegos y latinos (los «de verdad», diríamos). Hay algo noble en ellos, como en el bronce, incluso cuando les cubre una pátina orinecida o acusan el maltrato de los siglos, y eso es así porque sus obras nacieron muy cerca aún de la poesía.«Un cerdo de la piara de Epicuro»… Así se definió Baroja en Juventud, egolatría. David Hernández de la Fuente, autor de Epicuro, el jardín de la felicidad (Ariel), menciona a unos cuantos epicúreos egregios: Montaigne, Voltaire, Nietzsche, Rusell… Podría añadírseles también Stendhal o Shakespeare, otro epicúreo, de quien Beyle tomó aquello de los happy few, los epicúreos por antonomasia. Y por supuesto, Baroja.El libro de Hernández es espléndido, suficiente para entrar en ese club que fundó Horacio (Epicuri de grege porcum). Si te pidieran el aval de un socio podrías echar mano, sin duda, de Savater, entre nosotros uno de los que mejor ha distinguido entre «la buena vida» y «la vida buena», entre «el vivir bien» y «el bien vivir», o el modo de alcanzar la sabiduría sin renunciar a la felicidad.Sabido esto, pasaríamos a la segunda lección: cómo vivir sin miedo. «En una obra de Filodemo, descubierta entre los rollos de papiro carbonizados de Herculano», nos recuerda Hernández, «se recoge la síntesis que resume la doctrina epicúrea en cuatro líneas sencillas: ‘No temas a los dioses. No te preocupes por la muerte. Lo que es bueno es fácil de conseguir. Lo que es terrible es fácil de soportar’».Adelantándose a las objeciones, Epicuro sintetizó su célebre e implacable razonamiento: «El más terrorífico de los males, la muerte, no es nada para nosotros, puesto que cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces no existimos nosotros».Por sentencias como ésta la fama de Epicuro se extendió pronto a toda la Grecia (fue el filósofo de quien circularon más retratos en mármol). Y frente a la Academia de Platón, el Jardín de Epicuro (el lugar donde admitió a toda clase de discípulos, también esclavos y hetairas) se convirtió en el santuario, avant la lettre, del carpe diem, que él fijó en un corpus de 300 obras.De ellas apenas nos ha llegado un puñado de fragmentos (y no es esta la parte menos apasionante del libro de Hernández: su rastro y supervivencia en palimpsestos, lápidas o papiros), suficientes para que el nombre de su autor pasara a ser uno de los sustantivos universales más felices y deseados: ¿quién no aspira a disfrutar, como epicúreo, los goces serenos de la vida?»Hay algo noble en los clásicos griegos y latinos, incluso cuando les cubre una pátina de orín o acusan el paso de los siglos porque nacieron muy cerca de la poesía»Todo cambió cuando el cristianis
La Lectura // elmundo
El libro en el que David Hernández de la Fuente pone al día cuanto hoy se conoce del filósofo griego no garantiza que encuentres la felicidad, pero no será por no haberte dado las herramientas Leer
El libro en el que David Hernández de la Fuente pone al día cuanto hoy se conoce del filósofo griego no garantiza que encuentres la felicidad, pero no será por no haberte dado las herramientas Leer
