«Hacerse viral en TikTok es como pillar el covid». En su rareza, la analogía tiene una buena dosis de cierto. «Primero todo va bien, luego, de golpe, es una mierda. Todo lo que pensabas que iba bien lo pierdes al segundo: bum, ya no eres viral. ¿Y ahora qué?». La memorabilidad ha muerto. La huella de lo icónico es cada vez menos profunda y lo memorable lo es, sí… hasta que deja de serlo (en aproximadamente tres días). La voz tras esa metáfora es la de Sara Abad, artista primero, creadora de contenido después -aunque a menudo la línea es tan fina que cuesta discernir-. «La segunda vez que lo subí llegó a cinco millones de visualizaciones», cuenta sobre un cover en español de We Pray (Coldplay) que subió a la red social. «Pero la realidad es que en cuestión de días el bum se diluye, todo vuelve a la normalidad». Mientras en TikTok Abad parece bien encaminada rumbo al estrellato, sus números en Spotify se resisten a ese estatus. Va bien -más que bien, para una artista emergente-, pero su We Pray apenas ha alcanzado las 200.000 reproducciones en streaming.. En los últimos cinco años, según revela un análisis de Chartmetric, el tiempo que tarda una canción en alcanzar las 100.000 visualizaciones en TikTok se ha reducido drásticamente. Lo que en 2020 se lograba en una media de 340 días, en 2025 tomaba solo 48. El toque de Midas, ese halo de buena suerte que envuelve a quien sobrevive a las trincheras del algoritmo hipersaturado, amenaza con desvanecerse. Frente a esa lógica de aceleración permanente, hay proyectos que han crecido deliberadamente al margen del circuito viral. Malmö 040, el grupo catalán formado en 2016 y que roza el millón de oyentes mensuales en Spotify, percibe la viralidad como un reto añadido: «Es una dinámica de la que no se puede huir», explican. «Pero hoy ya no basta con una viralización puntual, que es cada vez más difícil de conseguir y mucho más efímera». Desde Ariana Grande y Justin Bieber con Stuck with You en 2020 hasta la cola kilométrica de audios y bailes virales que persigue a Chappell Roan -una de las reinas irrefutables de la fama digital explosiva-, no todo lo que cruza las 100.000 visualizaciones es oro. «Hay mucha gente que prefiere no tener ningún viral, porque esto, mayoritariamente, lo único que hace es otorgar éxito efímero», opina Juanjo Montserrat, creador y coproductor del hit Tacones rojos, junto a Sebastián Yatra.. Para el productor, la fama que empapa la plataforma como atajo al estrellato no es, para nada, cierta. «No es una red social que lo haya revolucionado todo», afirma. Y continúa: «Se trata de una herramienta más entre muchas que ofrece internet para la exposición de artistas». Y, sorpresa: no suele ser la mejor. Está claro: TikTok e Instagram se han erigido en arietes promocionales de la industria musical. Y eso no se lo quita nadie. ¿Qué otra red es capaz de no solo resucitar, sino también hacer que temas como Silver Springs y Dreams de Fleetwood Mac o Lover, You Should’ve Come Over de Jeff Buckley formen parte del imaginario colectivo e incluso del lenguaje de toda una generación? Ahora bien, en las olimpiadas de la viralidad hay categorías. Una de ellas pertenece a aquellos artistas que despuntan, inundan las redes con un tema y luego se desploman tan rápido como llegaron: los históricos one hit wonders.. Ahí se ubica fácilmente Gayle con su tema icónicamente efímero abcdefu, cuya explosión en TikTok en 2020 se tradujo en un éxito global casi inmediato -número uno en la Official Singles Chart del Reino Unido y top 1 del Billboard Global 200-. La británica encontró la dosis exacta para caer en la pesadilla de las estrellas que brillan, pero no lo suficiente. Su ciclo en las listas fue sólido -alrededor de 30 semanas-, pero demostró que la viralidad tiene fecha de caducidad: abcdefu alcanzó un pico instantáneo para luego descender, y hasta ahora Gayle no ha logrado replicar ese impacto con otros lanzamientos.. Mientras que en 2020 una canción tardaba una media de 340 días en hacerse viral en redes, en 2025 la media se aceleró a 48 días. Cinco años no son muchos, pero en el mundo digital es toda una vida. Entonces, en 2020, como ilustra Chartmetric, las cosas eran algo distintas. Por esas fechas, que una publicación con tu tema alcanzase las 100.000 visualizaciones no tenía por qué asegurarte el estrellato, pero sí tendía a arrastrar más streams en Spotify. De media, un post de TikTok en 2020 estaba ligado a 738 reproducciones. En 2025 el panorama ya auguraba algo totalmente distinto: el número se había desplomado a 275. Los datos muestran que en 2020, Savage Love de Jawsh 685 y Jason Derulo alcanzó los 100.000 vídeos en TikTok tras unos 90 días, con unos 1.200 millones de streamsacumulados en Spotify. Y en 2025, Back to Friends de Sombr llegó a esa misma marca de 100.000 vídeos en solo 32 días tras su lanzamiento, pero su suerte no fue la misma. Su tema apenas alcanzó las 180 millones de reproducciones en Spotify.. Batallar en primera línea en el campo de las estrellas tiktokeras le ha dado a Abad la destreza necesaria para saber de qué va el tema exactamente. La cantante popera reconoce en la viralidad un patrón cíclico: «Zara Larsson también fue víctima de eso», reflexiona. «Cuando sacó Lush Life, tuvo un gran problema porque todo el mundo conocía la canción, pero no sabían quién era la cantante».. Ahí está otra vez: la maldición de la memeficaciónde la música. Habrá quien recuerde cuando, en 2025, nueve años después de su lanzamiento, Symphony volvió a acaparar redes y charts. Aunque esta vez, el audio viral venía acompañado de un eslogan: «Nothing beats a Jet2 holiday». Un meme irónicamente terrible, cutre y pegadizo hizo que el estribillo del tema volviese a estar en boca de todos. «Pero es lo que tiene: luego estas canciones flopearon; cayeron, vamos. Y el éxito que tuvieron las canciones en su momento no se mantiene. Larsson sacó un disco, Poster Girl, en 2021, pero no le fue para nada bien», analiza Abad. La viralidad, resulta, está lejos de ser emblemática. En 2025, Midia Research detallaba cómo las redes sociales generan descubrimientos musicales, pero fallan estrepitosamente a la hora de convertirlos en streams sostenidos o en un fandom leal, especialmente entre los jóvenes. Escuchar un fragmento en bucle interminable en cientos de vídeos parece ser suficiente para la mayoría. Los clips de 15 segundos, mantiene el estudio, están desterrando el streaming, en lugar de impulsarlo, como muchos intuían. Un 52% de consumidores reprodujo una canción tras oírla en redes sociales, pero el 48% no lo hizo.. Desde su experiencia como productor consolidado, Montserrat verbaliza cómo, cada vez más, artistas y creadores son conscientes de los grises en el paraíso ficticio de la viralidad: «La realidad es que produce el efecto contrario, porque muchísima gente rechaza tu perfil simplemente porque creen que eres un one hit wonder, o que a lo mejor no merecías el éxito». Ya lo auguraba el ejecutivo discográfico y director global de música de YouTube, Lyron Cohen, cuando en 2022, advirtió que el discurso popular había mutado «de percibir TikTok como plataforma con el potencial de popularizar artistas y como forma de democratización de la industria musical, a una plataforma molesta para los artistas». Y va más allá. El directivo describe el contenido de formato corto como «lo más peligroso que ha sufrido la industria de la música en mucho tiempo». Porque, aunque el 84% de las canciones del Billboard 200 en 2024 tuvieron primero su gran cuota de éxito en TikTok -como detalla un informe de Luminate-, esa fama suele ser efímera.. «TikTok no ha venido a salvar la música. Ahora la música se ha convertido en un contenido más de consumo rápido, y eso la desvirtúa». En el fondo, lo que TikTok revela no es una industria más abierta, sino muchísimo más ansiosa: mucho ruido, poco recorrido y una nueva generación de músicos atrapada entre la viralidad y la desaparición. En ese diagnóstico pesimista, Cohen señala tres fallas estructurales que explican por qué la viralidad no tiene por qué y, de hecho no suele, traducirse en legado. La primera afecta directamente a los artistas, arrojados al abismo del algoritmo y forzados a invertir una cantidad desproporcionada de tiempo, creatividad y energía en plataformas de formato corto que priorizan el impacto inmediato, pero no fomentan una relación profunda con el público. Abad ejemplifica a toda una generación de jóvenes artistas que han aprendido a relacionar sobreexposición y viralidad con la ruta más evidente hacia el éxito. «La verdad es que sí, todo lo intento viralizar», confiesa la artista. Y sigue: «Lo que pasa es que para que algo llegue a petarlo, como me pasó en su momento, es más bien complicado».. El segundo defecto que identifica Cohen apunta a los propios consumidores: una generación acostumbrada al fragmento, al clip y al estribillo reciclado, que escucha sin explorar, consume sin contexto y rara vez se sumerge en la historia o el catálogo completo de un artista. La tercera carencia recae sobre las discográficas, cada vez más incapaces de construir carreras duraderas en un entorno digital que favorece el pico rápido, al subidón de un puñado de días, frente a la consolidación a largo plazo.. «TikTok no ha venido a salvar la música», sentencia el productor de Tacones rojos. «La música se ha convertido en un contenido más. Así como hago un vídeo en redes, ahora saco canciones. Ahora incluso muchísimos influencers están lanzando temas, pero lo hacen como un tipo de contenido de consumo rápido. Eso desvirtúa la música, mi trabajo y todo lo que llevamos décadas intentando proteger». En ese equilibrio precario entre visibilidad y desgaste, Abad ha aprendido a moverse con la naturalidad de quien asume que el sistema funciona por ráfagas. «Es importante la constancia y saber mantener de la mejor forma posible el tráfico que llega. La solución -y también lo más complicado- es conseguir que esa gente se quede, que forme parte de tu comunidad», reflexiona. Desde su posición un tanto más distanciada del ruido digital, los integrantes de Malmö 040 coinciden con Abad. La viralidad, creen, no ha sustituido a la idea de trayectoria, pero sí la ha distorsionado: «Se ha convertido en una puerta de entrada, no en un fin». Puede dar visibilidad inmediata, pero para desgracia de tiktokeros con aspiraciones musicales, no garantiza continuidad. «La carrera no la construye un hit», insisten, «la construye lo que haces después de eso».. Juanjo Montserrat observa el panorama con distancia. «Cualquiera triunfa desde su habitación, dicen». Con pragmatismo y escepticismo, desmiente el mito dorado de la viralidad: «No es cierto. Es como la lotería: a alguien le toca todos los años, pero eso no significa que te vaya a tocar a ti». Malmö opta por describir el espejismo como «inspirador y frustrante a la vez». Inspirador, porque hoy existen herramientas que antes no estaban al alcance de casi nadie; frustrante, porque genera expectativas poco realistas: «Cuando empezamos, tuvimos que invertir todos nuestros ahorros en grabar en un estudio, sin una obsesión por la viralidad. Hoy hay más ansiedad por llegar rápido, por destacar a cualquier precio», cuentan. Así, poco a poco, entre el pico del hit viral y el olvido, toda una nueva ola de artistas aprende que, por poder, la fama puede ser inmediata, pero el legado se cocina a fuego lento.
La Lectura // elmundo
La plataforma se ha forjado la reputación de catapultar músicos al estrellato, pero su viralidad rara vez construye legado o carreras sostenidas en el tiempo Leer
La plataforma se ha forjado la reputación de catapultar músicos al estrellato, pero su viralidad rara vez construye legado o carreras sostenidas en el tiempo Leer
