Recordemos que, en agosto de 2022, Salman Rushdie (Bombay, 1947) iba a tomar la palabra en un acto cuando un hombre saltó al escenario. Entre el autor de Hijos de la medianoche y el micrófono se interpuso un cuchillo que se hundió hasta quince veces en su cuerpo. Llegó a perder el pulso y en el hospital dudaron que pudieran salvarle la vida. Así de cerca estuvo de que la violencia radical dictara su final. Pero no lo hizo.. Y, tras una compleja recuperación, relató aquella experiencia en un ensayo, Cuchillo: «El lenguaje también era un cuchillo. Podía cortar el mundo en dos mitades y revelar su significado, su funcionamiento interno, sus secretos, sus verdades. (…) Podría ser la herramienta que utilizaría para rehacer y recuperar mi mundo».. La incógnita que faltaba por resolver, incluso para él mismo, era si, del mismo modo que el atacante le había cercenado el nervio óptico empujándolo a un mundo monofocal, también le había producido algo similar en el nervio de la ficción.. Traducción de Luis Murillo. Random House. 272 páginas. 21,90 € Ebook: 10,99 €. Puedes comprarlo aquí.. La penúltima hora es la constatación de que su torrente creativo (y humorístico) no se extinguió aquel día. Lo conforman cinco relatos de distinta extensión -el primero y el último escritos antes del atentado, como una manera de unir el antes y el después de la fecha fatídica-, atravesados por la luz crepuscular de ese sentimiento de penúltima hora, de tiempo de descuento, propio de la senectud.. Kafka, Pizarnik, Calvino, Eliot, Carroll, Yeats, Goya, Z. Herbert o E. M. Forster se codean con espectros académicos que buscan una suerte de venganza de sus enemigos burócratas, pianistas e intérpretes de sitar capaces de desatar tempestades al tocar sus instrumentos, ex pilotos de guerra perseguidos por el fuego antiaéreo de la memoria, turistas de safari metamorfoseados en hipopótamos, gurús coleccionistas de Ferraris, octogenarios al sur de la India que descubren que la muerte y la vida son terrazas contiguas, matemáticos ateos que acaban de cocineros en una secta, estrellas de criquet manipulados por sus ricos y abusivos progenitores parsi o estudiantes indias de Cambridge que actúan como médiums de las persecuciones (raciales y de orientación sexual) del imperio. Aquí no encontraremos contención fabuladora.. Me aventuro a decir que, más allá de las constantes reconocibles de la obra anterior de Rushdie, hay algo de aviso a navegantes sobre el estado de la vida pública y política actuales, en el desprecio de la argumentación, los valores humanos y la verdad. «Estamos enfrascados en una guerra mundial de relatos en conflicto, una guerra entre versiones incompatibles de la realidad, y es preciso aprender a librar dicha guerra», dijo poco antes de su atentado en un acto organizado por el PEN América en respuesta a la guerra de agresión rusa. Habló de las «falsas narrativas» del Kremlin, del trumpismo y del sectarismo religioso y autoritarismo político indio. «Las fuerzas no se baten solamente en el campo de batalla. Las historias en las que vivimos también son territorios en disputa».. Lo vemos en la amistad contenciosa entre Senior y Junior en «En el sur», dos octogenarios con un extraordinario parecido físico que no dejan pasar un día sin discutir por cualquier tema, pero aun así se reconocen y se necesitan en su condición de sombras de un mundo que los ignora.. O el pueblo de «El viejo de la piazza», cuyos habitantes se enfrascan en discusiones constantes y ruidosas tras una era de totalitarismo lingüístico («la época del ‘sí'» en la que el gobierno ilegalizó el desacuerdo), tras la cual se impone un nuevo moralismo de juicios binarios que repugna a Nuestra Lengua (personificada en una mujer arrinconada en la piazza), quien valora la ambigüedad, la sutileza y la poesía: la desaparición del lenguaje matizado, el cambio de una dictadura a un populismo simplista, provoca el colapso civilizatorio.. Luego, en «La intérprete de Kahani», el relato fantástico de una niña prodigio con un don para la música, señala la fragilidad del poder acumulado mediante la corrupción y los engaños de los falsos predicadores, así como la degradación de una sociedad que pone el espectáculo y el beneficio corporativo por encima del sufrimiento humano: la muerte del hijo de la intérprete no suspende los fastos organizados para celebrar su nacimiento.. Y hace lo propio también en «Oklahoma», en el que articula una ficción metaliteraria sobre los peligros de preferir fantasías reconfortantes a una realidad desagradable (otra vez con Kafka de fondo y su novela inacabada América). En este caso, Rushdie hace una sátira feroz del populismo autoritario describiendo una vejación de las instituciones que nos resulta familiar: la ley se cumple al capricho del monarca, bufones que ríen todas sus ocurrencias y aplauden sus mentiras.. «Últimamente el estar confuso sobre lo verdadero y lo falso se ha convertido en condición humana. Al menos en este país», dice uno de los personajes. En el viaje final hacia la localidad de O. se pasa por un bache a partir del cual el naturalismo termina y comienza la fantasía pura o la alucinación. Rushdie advierte que cruzar esa línea no lleva a la libertad, sino a un pueblo fantasma, a una tienda de golosinas vacía y a un encuentro imposible con uno mismo.. El relato central, «Finado», muestra el aplomo con el que Rushdie mezcla materiales, experiencias personales y tonos, sin olvidar los ecos del imperio y la defensa de la libertad. Y lo hace con un humor inspirado en Gregor Samsa, cambiando la casa familiar por una institución académica de seis siglos de antigüedad: «Cuando despertó en la habitación que ocupaba en el College, el miembro honorario S. M. Arthur estaba muerto, pero al principio eso no pareció cambiar nada».. Rushdie, que escribió en Cuchillo sobre la «enorme soledad» de «cuando notas en la cara el aliento de la Muerte», aquí desarrolla una experiencia de ultratumba dando voz al espectro de S. M. Arthur, una mente escindida del cuerpo que vaga por el «limbo neblinoso» del College, interrogándose sobre la vida después de la muerte y las respuestas que han dado la religión, la filosofía y la ciencia.. Solo una joven y apocada india, estudiante de Historia, tiene el don de verlo. Un vínculo que parece forjado, además de ser ambos «ciudadanos del país de la mente», por el interés en el pasado, la soledad y los crímenes enterrados del imperio, tanto en las colonias como en la isla. Será a través de esta relación que descubramos por qué este miembro honorario fue un autor de un solo libro exitoso a los veinticinco, al que le siguieron décadas de mudez. Si sabemos que Rushdie se inspiró para este personaje en Alan Turing, sentiremos cómo un relato que arranca con un derroche de comicidad deriva en una sentida defensa de la libertad personal y creativa.. «El arte es algo esencial al género humano», leemos en Cuchillo, «y no demanda ninguna protección especial salvo el derecho a existir». Con La penúltima hora, Rushdie recompone «esa cosa jubilosa que acaece en el acto de leer», la «intimidad entre desconocidos» que conecta las vidas interiores del autor y del lector, amenazada por los extremismos, la ortodoxia y la intolerancia.
La Lectura // elmundo
En los cinco relatos de su nuevo libro el escritor angloindio confirma que el atentado sufrido en 2022 no extinguió su torrente creativo y humorístico, y desde la ficción avisa al lector del actual desprecio a los valores humanos y la verdad Leer
En los cinco relatos de su nuevo libro el escritor angloindio confirma que el atentado sufrido en 2022 no extinguió su torrente creativo y humorístico, y desde la ficción avisa al lector del actual desprecio a los valores humanos y la verdad Leer
