Años antes de ganar el Pritzker, el arquitecto Francis Kéré estaba de visita en su Gando natal cuando vio que aparecía un cocodrilo y se iba derecho hacia él. Los alumnos de la Technische Universität de Berlin que le acompañaban en aquel viaje a Burkina Faso entraron en pánico, pero él mantuvo la calma. Impasible, comenzó a explicarles que desde que el calentamiento global había secado el río, estos reptiles se acercan a poner sus huevos en el mismo rincón donde las parturientas del pueblo entierran la placenta de sus bebés, de manera que, en Gando, personas y cocodrilos son parientes.. Seguir leyendo
Años antes de ganar el Pritzker, el arquitecto Francis Kéré estaba de visita en su Gando natal cuando vio que aparecía un cocodrilo y se iba derecho hacia él. Los alumnos de la Technische Universität de Berlin que le acompañaban en aquel viaje a Burkina Faso entraron en pánico, pero él mantuvo la calma. Impasible, comenzó a explicarles que desde que el calentamiento global había secado el río, estos reptiles se acercan a poner sus huevos en el mismo rincón donde las parturientas del pueblo entierran la placenta de sus bebés, de manera que, en Gando, personas y cocodrilos son parientes. Seguir leyendo
Años antes de ganar el Pritzker, el arquitecto Francis Kéré estaba de visita en su Gando natal cuando vio que aparecía un cocodrilo y se iba derecho hacia él. Los alumnos de la Technische Universität de Berlin que le acompañaban en aquel viaje a Burkina Faso entraron en pánico, pero él mantuvo la calma. Impasible, comenzó a explicarles que desde que el calentamiento global había secado el río, estos reptiles se acercan a poner sus huevos en el mismo rincón donde las parturientas del pueblo entierran la placenta de sus bebés, de manera que, en Gando, personas y cocodrilos son parientes.. La anécdota la cuenta el propio Kéré en el libro Building Stories (Taschen, 2026) y refleja muy bien la filosofía de un hombre que nunca ha entendido su oficio como una mera cuestión de levantar edificios sobre un paisaje, sino de celebrar la armonía entre pueblo y naturaleza y de reconocer esos hilos que los mantiene unidos. “Siempre empiezo a trabajar buscando qué tienen que revelarme el terreno y los materiales”, afirma durante una videollamada desde su estudio en Berlín. “Confío en lo que el lugar ya sabe y luego intento ponerlo al servicio de la gente mediante la arquitectura”.. Fue este punto de vista el que transformó su aldea. Corría 1998 y a sus paisanos les impresionó verle regresar de Alemania para construir una escuela, pero esa admiración se enfrió en cuanto supieron que, en vez del moderno edificio de hormigón que ellos se habían figurado, él prefería hacer uno de arcilla: precisamente, el material que hoy todos asociamos a Gando y a Kéré. “Para ellos, el barro era sinónimo de pobreza; esperaban que el arquitecto que venía de Europa les trajera vidrio y hormigón”, dice Kéré, que tuvo que convencerles de que usar ese material no solo garantizaba aulas más frescas, sino que permitía que el propio pueblo participara en la construcción y aprendiera una técnica aplicable a futuros proyectos. Tras mucho esfuerzo, logró que todos se animaran a participar. “Un día que ya habíamos terminado, se me acercó un hombre. Venía guiado por un niño y quería decirme que su casa tenía la vista más bonita de la escuela. ¡Era ciego! Pero en el pueblo hablaban tanto del edificio y estaban tan contentos de haber ayudado a construirlo que él lo había llegado a sentir a través del orgullo local”.. “En Occidente todo es más fácil y organizado, pero hay un exceso de reglas y tecnología que nos está alejando cada vez más de la arquitectura. La única manera que tiene aquí la gente de sentir como suyo un edificio es decorando sus pisos, y eso solo los afortunados que pueden permitirse comprarse uno”. Desde entonces, dice, procura que cada proyecto permita que la gente se reconozca en él y lo sienta como propio, una intención que también refleja de manera muy visual en Building Stories. En lugar de los espacios vacíos y estáticos que suelen mostrar este tipo de libros de arquitectura, sus edificios aparecen retratados llenos de personas y en plena construcción, como en una foto en la que varios hombres de Gando posan subidos al prototipo de una bóveda para testar su resistencia con su peso y convencerse de que sí, aguanta. Es una de las cosas que dice echar de menos en Europa: poder involucrar en sus proyectos a toda la comunidad. “En Burkina Faso y otros países africanos, la gente se pregunta: ‘¿Pero cómo va a resistir la lluvia un muro de arcilla?’, y cuando por fin llueve y ven que resiste, su entusiasmo y gratitud son inmensos; de hecho, necesitan ese entusiasmo para ponerse a trabajar”, continua Kéré. “En Occidente todo es más fácil y organizado, pero hay un exceso de reglas y tecnología que nos está alejando cada vez más de la arquitectura. La única manera que tiene aquí la gente de sentir como suyo un edificio es decorando sus pisos, y eso solo los afortunados que pueden permitirse comprarse uno”.. En su caso, parte del entusiasmo que sigue impulsando su carrera lo debe a una mezcla de orgullo y sorpresa por lo lejos que ha llegado aquel chaval que un día dejó Burkina Faso para irse a estudiar carpintería a Berlín con una beca, acabó matriculándose en Arquitectura y ganó el Pritzker por una obra que hoy se extiende desde África a China o incluso Las Vegas. En estos momentos, ultima su primer proyecto en Brasil, donde cuenta que la comunidad de ascendencia africana le ha recibido como a un héroe. Se trata de la Biblioteca dos Saberes, un centro cultural en Río que ha concebido como un puente entre África y Brasil (su diseño se inspira tanto en los enormes árboles bajo los que se reúne la gente en Gando como en otros de Río) y que responde a un encargo del ayuntamiento carioca que se espera que abra la arquitectura a más profesionales negros. A él le ha ofrecido también la oportunidad de situar su arquitectura junto a la de uno de sus ídolos, Oscar Niemeyer, autor del Sambódromo que se levanta al lado… y maestro absoluto de ese material que Kéré rechazó usar en Gando. “Mira, te lo confieso: soy un oportunista de los materiales”, ríe a la pregunta de si con ese vecino no le tentó cambiar de principios y proyectar una oda al hormigón como las del brasileño. “Dependiendo del tamaño del edificio y de dónde esté, usar arcilla en una ciudad como Río puede ser difícil, pero yo todo ese potencial del hormigón para dar forma al espacio lo he usado de manera más equilibrada, sin exagerar. Y, ademas, yo nunca podría llegar al nivel de Niemeyer”.. De Brasil, también asegura que le está dando tanto “alimento” que ya planea otro libro, aunque aún le cuesta asimilar escenas como la del pasado febrero, cuando le invitaron a abrir el desfile del Carnaval. “¡Imagínate! A mí, que empecé haciendo una escuela en mi pueblo”. O la visita que le hizo Conceição Evaristo, una de las mejores escritoras de Río. “Me dijo: ‘Hermano, hijo mío, es como si el cielo te hubiera enviado para que crearas un lugar para todos nosotros y celebrarnos’. Pero es que si te lo sigo contando, me voy a poner a llorar”. Y por cómo lo dice, las suyas no serían lágrimas de cocodrilo.
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