En el relato de Cynthia Ozick «Envidia, o el yiddish en América» (Cuentos reunidos, Lumen, 2024), un viejo poeta, Edelshtein, contempla con rabia y desazón el éxito de Ostrover, un escritor al que se tiene por «moderno» porque «se había liberado de la prisión del yiddish». Ozick lo imaginó como un trasunto apenas disimulado de Isaac Bashevis Singer (1903-1991), y puso en boca de sus rivales todo el resentimiento que la comunidad literaria yiddish sentía hacia aquel autor que, a su entender, se había vendido al mercado. Edelshtein es un personaje rayano en lo patético y, a su manera, conmovedor: dice querer salvar el yiddish, mientras que Ostrover quiere «salvarse solo a sí mismo». El propio relato, sin embargo, deja entrever que esa distinción tal vez sea demasiado tajante. ¿Quién era, pues, Singer, el hombre tras la máscara de «abuelo entrañable» que Occidente abrazó sin cuestionar? Viejas verdades, nuevos clichés -la recopilación de sus ensayos y conferencias al cuidado de David Stromberg, editor de gran parte de su material inédito- es en cierto modo la respuesta que Singer nunca dio en público, ni a los Edelshtein ni a nadie.. Para la mayoría de sus lectores, Singer es el heredero de una tradición de cuentistas, conocido sobre todo por sus historias de demonios, de shtetls polacos, de la Varsovia judía de la preguerra y de los pactos con lo sobrenatural. Esa nota dominante -que le valió el Nobel de 1978- convivía con sus historias neoyorquinas de emigrantes y desarraigados, pero siguió siendo la imagen que más le convino cultivar: la de un narrador de otra época, trasplantado desde un mundo extinto. Y lo que apenas se ha traducido -aunque en extensión no le va a la zaga a su ficción- es el Singer ensayista, el hombre que, en privado, llevaba décadas reflexionando por escrito sobre las mismas preguntas que planteaban sus relatos.. De hecho, la lengua de partida es el primer misterio que esta edición ayuda a resolver: Singer escribía sus conferencias y artículos en yiddish (la lengua del exilio y la vulnerabilidad, «de quienes tienen miedo, no de quienes lo inspiran»), sabiendo ya, mientras los escribía, que su forma última sería la versión inglesa. Así pues, el yiddish era la lengua de trabajo, un puente hacia la definitiva. Y no delegaba del todo esa traducción: dictaba en voz alta mientras un colaborador mecanografiaba, y luego corregía, cortaba y reescribía los borradores, incluso varias veces, hasta llegar a lo que él mismo llamó sus «segundos originales»: textos que, lejos de ser traducciones, son obras reescritas por la misma mano que las concibió. De ahí que algunos ensayos ocupen la mitad que sus versiones en yiddish, aparecidas por entregas en prensa y revistas. Esta apertura al inglés se leyó en algunos círculos como una traición, por simplificar el original al gusto de lectores no judíos. Lo que los detractores no vieron es que en esa apuesta por la traducción había una postura ideológica: negarse a dejar que el yiddish -lengua ya condenada a la marginalidad- se encerrara en sí mismo hasta morir de pureza.. Esta antología demuestra que, tras la polémica, había un pensador igual de laborioso que el narrador. Desde 1939, Singer publicó en el Forverts de Nueva York una cantidad ingente de textos -crítica, sátiras, diálogos, artículos filosóficos- firmados con seudónimos (Yitskhok Varshavski o D. Segal) que le permitían aparecer varias veces en el mismo número. Pero esa faceta quedó eclipsada por la del narrador clásico con «un toque diabólico». El éxito comercial y el abandono de su perfil intelectual fueron de la mano, por lo que nunca vio publicado en vida un volumen con su ensayística. El libro llega así como una suerte de reivindicación tardía. Stromberg lo organiza en tres bloques -«Las artes literarias», «El yiddish y la vida judía» y «Textos y filosofía personales»-, que deben leerse como ángulos de un mismo pensamiento orgánico que Singer fue reformulando durante seis décadas sin llegar a fijarlo jamás en un corpus cerrado.. Antes de llegar a la teología que aguarda al final, hay que detenerse en «Periodismo y literatura», el ensayo más vivaz del primer bloque: Singer, que escribió sus mejores novelas entregando un capítulo semanal al Forverts entre el bullicio de la redacción, defiende que el periodismo, lejos de corromper la literatura, la purifica. Un buen artículo no tolera la palabra de más ni las interpretaciones superfluas, y una buena novela tampoco: como el artículo periodístico, «toda buena obra literaria debe contener un elemento de información. (…) algún tipo de revelación, un enfoque nuevo, una atmósfera diferente, un estilo distinto». Cerca de esa idea se encuentra el ensayo que da título al libro: el arte moderno, aterrorizado por el cliché, huye de las viejas verdades -sabidurías eternas, en realidad- para caer en nuevos clichés, como el «joven iracundo» que confunde la rabia artística con la revolucionaria, o la pérdida de fe, convertida en la única fe posible de una época sin Dios ni diablo.. Isaac Bashevis SingerChuck Fishman. El segundo bloque, dedicado al yiddish y la vida judía, tiene un tono distinto, más beligerante y, a ratos, francamente divertido. Ahí está la mejor pieza satírica del libro, «Los Diez Mandamientos y la crítica moderna»: Singer imagina cómo recibiría la prensa contemporánea el decálogo de Moisés si se publicara hoy como un opúsculo -el esteta que lo tacha de naíf, el crítico proletario que lo denuncia como reaccionario, el tabloide que especula sobre los amoríos del profeta-, una manera muy eficaz de mostrar hasta qué punto el ruido ideológico puede ahogar una verdad simple. En el mismo bloque reivindica la cábala como un sistema filosófico en toda regla, capaz de explicar el mal y la libertad con la misma solvencia que cualquier metafísica occidental, y defiende que el teatro yiddish no ha muerto: ronda, como un dibuk (el alma en pena de un fallecido), la escena y el cine que lo sucedieron.. Traducción de Mar Vidal. Edición de David Stromberg. Acantilado. 256 páginas. 22 €. Del último bloque, el más íntimo, se sale con la sensación de haber compartido mesa con Singer. Ahí está su «religión de protesta» contra un Dios sabio pero sin misericordia, su vegetarianismo entendido como huelga y el recuerdo de una infancia partida entre el padre rabino y el hermano racionalista. Ahí aparece también la imagen más memorable del volumen: Dios como un escritor que tira sus borradores a la papelera. El Diluvio o los años en el desierto, más que castigos, serían manuscritos fallidos que el Autor fue desechando mientras escribía una obra que nunca acaba de estar completa. El universo es un borrador en revisión permanente, y el sufrimiento humano, el precio de ese proceso creativo en el que, gracias al libre albedrío, somos a la vez el escritor, el libro y el personaje de nuestra propia historia.. Edelshtein sigue gritando su rencor contra Ostrover en la nieve de Nueva York. Ahora sabemos algo que él ignoraba: detrás de aquel oportunista al que despreciaba había alguien que discutía, borrador tras borrador, con su propio Dios. Singer, al final, no es tan distinto de esos mundos imperfectos que el Creador prueba, destruye y vuelve a ensayar.
La Lectura // elmundo
‘Viejas verdades, nuevos clichés’ reúne los ensayos inéditos en los que el Premio Nobel se revela como un intelectual que durante seis décadas reflexionó a fondo sobre el periodismo, la lengua yiddish, la fe y la creación literaria Leer
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