«Cuando escribes una primera novela no sabes siquiera si alguien va a publicarla. La segunda la escribí pensando que era una historia un poco loca. Una guardiana de cementerio… ¿Quién iba a querer leer eso? Y, de repente, ¡bum!». Valérie Perrin (Remiremont, 1967) acompaña la exclamación con una sonrisa entre divertida e incrédula, como si todavía le costara aceptar lo ocurrido. Quizá porque pocas trayectorias recientes en la literatura europea han sido tan fulgurantes como la suya. Llegó a las librerías en 2015 después de una larga carrera vinculada al cine, la fotografía y el trabajo como guionista junto a Claude Lelouch, y una década y cuatro novelas después suma más de ocho millones y medio de ejemplares vendidos en todo el mundo.. Traducida a 40 idiomas, convertida en un fenómeno editorial en países tan distintos como Italia, Brasil o España, además, claro, del suyo, la escritora francesa ha construido un universo reconocible que encuentra lectores con una facilidad poco común. Ahora, mientras Tatá, publicada por Duomo el pasado agosto continúa arrasando entre los lectores españoles, llega traducida Cambiar el agua de las flores, la novela que la convirtió en 2018 en una autora internacional y que conserva intacta la capacidad de emocionar.. No deja de resultar paradójico que el libro que cambió su vida transcurra casi íntegramente en un cementerio. Violette Toussaint es la guardiana de un pequeño camposanto de Borgoña que recibe a las familias, cuida las flores, escucha confidencias, prepara café para quienes llegan a visitar a sus muertos y observa cómo el dolor va transformándose lentamente en recuerdo. La aparición de un comisario de policía que intenta cumplir la última voluntad de su madre desencadena una investigación que irá revelando las heridas ocultas de todos los personajes y, sobre todo, de la propia Violette. Pero bajo esa intriga sentimental Perrin levanta una novela sobre la memoria, la pérdida y la posibilidad de seguir viviendo después de la tragedia.. Curiosamente, ella nunca la define como una novela sobre la muerte. «No trata sobre el duelo, sino sobre vivir. Vivir mientras puedes andar, sentir, querer, compartir. Eso fue lo que más me enseñó escribir este libro. Mucha gente cree que habla de la tristeza, pero cuando termina de leerlo lo que quiere es llamar a las personas que quiere, hacer las paces con alguien, irse de vacaciones con sus hijos, aprovechar cada instante. Porque nunca sabes lo que puede pasar. La vida es algo tan efímero… Basta con que un día recibas una llamada diciendo que alguien ha muerto para, de repente, comprenderlo todo».. Habla deprisa, enlazando unas imágenes con otras y repite varias veces el verbo «vivir», como si quisiera subrayarlo frente a cualquier otra interpretación posible de la novela. Quizá ahí resida una de las claves de toda su literatura, sus libros están atravesados por la muerte, las ausencias, los secretos familiares o la violencia, pero rara vez permanecen instalados en ellos. Más bien utilizan esas heridas para preguntarse de qué manera seguimos adelante cuando la vida parece haberse roto.. Por eso Violette nunca termina convertida en una heroína trágica. Es un personaje profundamente herido, pero incapaz de instalarse en el resentimiento. Su fortaleza nace de otro lugar mucho menos frecuente en la narrativa contemporánea: la bondad. «La gente necesita sentirse bien dentro de un libro. Eso no significa que no podamos hablar del dolor, de la muerte o de la violencia, al contrario, pero hacen falta también el amor, la amistad, la esperanza o la solidaridad», defiende. Y también es clave el humor. «Igual que en nuestras vidas, si no nos reímos de algo cada día todo es muy triste. Sin humor, la vida es imposible».. Personajes fuera del foco. Ese equilibrio entre la gravedad y la viveza, entre lo duro y lo bello de la vida, recorre Cambiar el agua de las flores de principio a fin. En el cementerio hay entierros y despedidas, pero también conversaciones absurdas e hilarantes entre sepultureros, pequeños rituales cotidianos, un párroco que ayuda a inmigrantes desesperados, ironías del destino y momentos de una calidez inesperada. Perrin parece desconfiar de las novelas que convierten el sufrimiento en un estado permanente e incluso cuando aborda las experiencias más devastadoras, siempre deja abierta una rendija por la que entra la luz.. Y tampoco cree en los personajes completamente perversos. Basta preguntarle por Philippe Toussaint, el marido de Violette, uno de los hombres más difíciles de la novela, para que su respuesta termine convirtiéndose en una declaración de principios. «Me interesan mucho los personajes oscuros porque nadie es completamente blanco o negro. Philippe no resulta precisamente agradable cuando aparece, pero, a medida que conoces todo lo que vivió antes, empiezas a entenderlo. No digo justificarlo, sino comprender de dónde viene», matiza. «Un bebé no nace siendo malo. Después llega la vida con sus tragedias, su odio, sus conflictos… todo lo que recibimos. Por eso intento entender siempre a las personas antes de juzgarlas. Hay personas que nunca tendrán un buen fondo, claro que existen, pero creo sinceramente que son una minoría. En esencia, el ser humano no es malo».. Esa mirada compasiva atraviesa toda la obra de la escritora y explica por qué sus novelas están pobladas por guardesas de cementerio, ancianos, cuidadores, vecinos o profesoras de pueblo… personajes que rara vez ocupan el centro del relato literario y que, bajo su mirada, adquieren una densidad inesperada. Mientras buena parte de la ficción contemporánea mira hacia los espacios del poder o del conflicto, ella prefiere detenerse allí donde aparentemente no ocurre nada, porque es precisamente en esos márgenes donde, sostiene sin decirlo explícitamente, suele encontrarse lo esencial. «A mí me encanta la gente discreta, que habla poco, que duda, porque eso muestra muchas cosas de su personalidad. Ahí es donde yo encuentro mi inspiración. No entiendo esa jerarquía entre vidas importantes y vidas secundarias, creo que cualquier existencia merece ser contada si alguien sabe mirarla con suficiente atención».. «No existen unas vidas más importantes que otras, Cualquier existencia merece ser contada si alguien sabe mirarla con suficiente atención». Siguiendo esta idea, no es casual que casi todas sus novelas nazcan en la Borgoña donde ella misma creció. Esa Francia rural, alejada de París y de los grandes escenarios de la cultura, constituye mucho más que un decorado, es el lugar donde todavía sobreviven ciertas formas de convivencia, donde el tiempo parece discurrir de otra manera y donde las historias familiares permanecen pegadas al paisaje. «Me gusta mucho la vida en provincias, la campiña, los pueblos donde todo el mundo se conoce, donde están el tío, la tía, el abuelo… Hay muchos jóvenes que crecen en esos lugares y de repente llegan a una gran ciudad y descubren una forma de violencia completamente distinta. A mí me interesa esa vida cotidiana, esa comunidad, las relaciones que se establecen entre las personas».. Quizá por esa mirada a un mundo más pausado y comunitario el pasado ocupa siempre un lugar tan importante en sus libros. En Tatá esa mirada se remonta incluso a la Segunda Guerra Mundial y a la Shoá, y en Cambiar el agua de las flores, aunque el contexto histórico sea diferente, el mecanismo es parecido. Comprender el presente exige volver una y otra vez sobre aquello que ocurrió mucho antes. «Me gusta mucho hablar de nuestra historia, de lo que pasó antes de nosotros. En esta novela el pasado sirve para entender de dónde nace la violencia, qué le ocurrió al marido de Violette antes de conocerla o por qué un inspector de policía llega desde Marsella a un cementerio perdido sin comprender por qué su madre quiere ser enterrada allí. Siempre hay algo en el pasado que explica a las personas».. Esa confianza en la condición humana resulta llamativa en un momento en que buena parte de la ficción contemporánea parece sentirse más cómoda explorando el cinismo o la oscuridad. Perrin, en cambio, reivindica sin complejos la bondad, la empatía o la ternura, palabras que durante mucho tiempo parecieron sospechosas dentro de cierta tradición literaria. Quizá por eso sus novelas producen un efecto tan singular: no niegan el sufrimiento, pero tampoco aceptan que éste tenga la última palabra.. Sin embargo, hay una paradoja que atraviesa toda la trayectoria de Perrin. Mientras sus novelas encontraban millones de lectores fuera de Francia, el reconocimiento de una parte de la crítica llegó con mucha más lentitud. Su primera novela, Los olvidados del domingo, fue defendida por libreros, blogueros y un puñado de periodistas, pero el verdadero fenómeno internacional de Cambiar el agua de las flores no bastó para disipar ciertos prejuicios. «Empezaron a invitarme a los grandes programas literarios con la tercera novela», recuerda con una mezcla de ironía y resignación. «Hasta entonces parecía que yo sólo escribía historias bonitas, ligeras. Han hecho falta diez años para que mucha gente dijera: ‘Bueno, quizá Valérie Perrin sí hace literatura’. En cuanto hablas de bondad o cuando escribes sobre sentimientos positivos, parece que haces literatura ligera, menor, cuesta que te tomen en serio».. «Los lectores ya no sienten que mi Violette sea un personaje de ficción. es una amiga, una hermana, alguien que les salvó la vida». No hay amargura en sus palabras, aunque sí una cierta perplejidad, pues le cuesta entender que una novela capaz de llegar a 60 países y traducirse a 40 idiomas pueda seguir despertando recelos en determinados círculos culturales franceses. «Hay una gran diferencia entre la intelligentsia y los lectores», dice encogiéndose ligeramente de hombros. «Mi público siempre ha estado ahí, los libreros estuvieron ahí desde el principio y los lectores también y eso es lo verdaderamente importante», recalca.. Lo que más la emociona no son las cifras, sino comprobar hasta qué punto Violette, Colette o Adrien, Étienne y Nina, el trío de amigos protagonistas de Tres, han dejado de pertenecerle. «Los lectores ya no sienten que sean personajes de ficción. Me dicen que Violette es como una hermana, una amiga, alguien que les salvó la vida. En Gueugnon, mi pueblo en Borgoña, hay personas que recorren los lugares de Tatá como si Colette hubiera existido realmente, y es hermoso cómo de alguna manera dejan de ser mis personajes y pasan a formar parte de la vida de otras personas».. Ese vínculo tiene, sin embargo, una consecuencia inesperada, confiesa. Cada nuevo libro resulta más difícil de escribir que el anterior. La mujer que empezó sin saber si alguna editorial aceptaría su manuscrito se enfrenta ahora a millones de lectores que esperan la siguiente historia. «La primera novela la escribes sin presión. La segunda pensé que era una locura. Después llegó el éxito y, cuando empecé la tercera, me preguntaba continuamente qué podía hacer después de Cambiar el agua de las flores. Mi hija leyó las primeras páginas y me dijo: ‘Olvida a Violette y tírate a la piscina’. Con Tatá tuve todavía más miedo. Y ahora, con la quinta, que estoy escribiendo, aún más. El estrés aumenta con cada libro, pero también es una tensión buena, significa que todavía me importa», dice bromista.. Quizá esa mezcla de vértigo y confianza tenga que ver con el cine, el oficio en el que aprendió a contar historias antes de convertirse en novelista. Todavía hoy, afirma, siente que escribe con una cámara dentro de la cabeza. «Las tres primeras novelas las veía como películas. Escuchaba las voces de los personajes, imaginaba cómo caminaban, cómo hablaban. Todo eso viene del cine, se lo debo todo a aquellos años en los rodajes. Creo que fue allí donde aprendí a dar cuerpo y alma a esos personajes».. Unos personajes, insiste de nuevo, que reivindican cada uno a su modo la vida y la intensidad con la que aprovechamos el tiempo que nos corresponde. «La felicidad existe, claro, pero no como una gran conquista. Es la suma de pequeños instantes: ir a nadar, caminar por la naturaleza, acariciar a un animal, recibir la llamada de alguien a quien quieres, leer un buen libro o ver una gran película, compartir una botella de vino con unos amigos, mirar cómo sale el sol o cómo llueve… Todo eso, la suma de estos instantes maravillosos, es la felicidad», resume con sencillez.. Después de cuatro novelas y ocho millones y medio de lectores, quizá esa siga siendo la mayor singularidad de Valérie Perrin, que en un tiempo que parece haber convertido el cinismo en sinónimo de profundidad, ella continúa defendiendo, libro tras libro, que la literatura todavía puede servir para recordarnos algo mucho más sencillo y mucho más difícil, que vivir, simplemente vivir, sigue siendo el acontecimiento más extraordinario de todos.
La Lectura // elmundo
Auténtico fenómeno de ventas, la francesa Valérie Perrin repasa sus diez años en el mundo literario y reivindica los libros que conectan con el lector: «Sin humor, la vida es imposible» Leer
Auténtico fenómeno de ventas, la francesa Valérie Perrin repasa sus diez años en el mundo literario y reivindica los libros que conectan con el lector: «Sin humor, la vida es imposible» Leer
