Casi 500 años después de su publicación, La vida de Lazarillo de Tormes vuelve a tomar cuerpo y voz desde un prisma tan actual como inesperado: transformada en ópera contemporánea por el compositor David del Puerto. El Teatro Real de Madrid acoge, del 31 de enero al 8 de febrero, la versión musical y escénica deLazarillo, concebida para un público joven y familiar. Pero eso sí, siempre fiel al pulso crítico y social del clásico picaresco. «La vigencia del Lazarillo es absoluta; los problemas sociales que describe siguen siendo los nuestros», afirma Del Puerto. En su mirada, el niño pobre y sometido que se aferra a la supervivencia a través de la astucia es también un símbolo de nuestro presente. «Los problemas sociales que describe son los mismos que nos podemos encontrar hoy día. Ese Lazarillo pobre y sometido que se arrastra por el mundo como puede a las órdenes de otros, pues lo podemos trasladar a nuestra sociedad a muchos niveles», explica.. «Más que eliminar episodios, se trata de condensar escenas, de ajustar el desarrollo literario y musical para hacerlo más directo, más cercano al público juvenil». Nacida como una ópera de cámara de 90 minutos, la adaptación para el Real se ha reducido a unos 50, sin renunciar a la esencia musical ni al núcleo del libreto. «Más que eliminar episodios, se trata de condensar escenas, de ajustar el desarrollo literario y musical para hacerlo más directo, más cercano al público juvenil», explica el director.. «A veces paradójicamente la ópera pinta escenarios muy pobres y desgraciados, pero en realidad el espectáculo es muy elitista». La violencia que acompaña al protagonista se ha suavizado, pero no su carga simbólica: la precariedad, el abuso y la ironía siguen latiendo en cada compás. La propuesta combina música en vivo y tecnología audiovisual en un espacio inmersivo que teje un diálogo entre la tradición y el lenguaje escénico contemporáneo. Del Puerto defiende esta cercanía: «Queremos que la ópera llegue al público; que no sea el público quien deba viajar hacia ella».. Al final, la meta sigue siendo la de siempre: llegar al espectador, atraer al público joven. Para eso es necesario algún que otro ajuste. «La ópera clásica de gran orquesta, coro, muchos solistas y montaje súper caro es maravillosa, pero hoy día no es sociológicamente lo que tenga más sentido», dice. Y sigue: «A veces paradójicamente la ópera pinta escenarios muy pobres y desgraciados, pero en realidad el espectáculo es muy elitista». En esa misma línea, el compositor apuesta por los formatos camerísticos: cuerpos pequeños, pero capaces de desplegar la misma intensidad teatral y sonora que una gran ópera.. El libreto de Martín Llade condensa con habilidad el espíritu del original anónimo. «Todos los ingredientes de la novela están ahí, pero reducidos con precisión; más que una dificultad, ha sido un aliciente», dice el director. La complicidad con la soprano Ruth González -que encarna a Lázaro- ha sido decisiva: su diálogo creativo permitió ajustar música, texto y escena hasta lograr una coherencia profunda.. «Me interesa que el público ría, se identifique y se sorprenda ante el paralelismo con nuestra realidad. Sobre todo, que salga con una emoción, con algo que le remueva». Fiel al humor ácido y al trasfondo moral del Lazarillo, la ópera busca también sacudir al espectador. «Me interesa que el público ría, se identifique y se sorprenda ante el paralelismo con nuestra realidad. Sobre todo, que salga con una emoción, con algo que le remueva», confiesa Del Puerto. Así, el pícaro universal regresa a escena para recordarnos que la ópera, lejos de ser un arte anclado en el pasado, puede mirar de frente al presente y hablar, con música e ironía, de la fragilidad y la lucidez de seguir resistiendo.
La Lectura // elmundo
‘Lazarillo’ aterriza en el Teatro Real en una adaptación pensada para todos los públicos: «La ópera tiene que viajar al público, no al revés» Leer
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