En su ensayo El hombre y lo divino, María Zambrano nos recuerda que solo desde muy recientemente “el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses”, hasta el punto de extender esa actitud y proyectar la nueva mirada incluso hasta los tiempos en que lo divino formaba también parte de la vida humana, engendrando “vivencias” cuyo eco encontramos en las artes y en la poesía, y cuya réplica —“tal vez”, aventura con prudencia— inspiró el pensamiento filosófico y la especulación científica. “Solo los arriesgados novelistas o los ambiguos pensadores se han adentrado, imaginándola desde su particular perspectiva, en aquella vida vivida bajo la luz y la sombra de dioses ya idos”, añade Zambrano. Seguir leyendo
En su ensayo El hombre y lo divino, María Zambrano nos recuerda que solo desde muy recientemente “el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses”, hasta el punto de extender esa actitud y proyectar la nueva mirada incluso hasta los tiempos en que lo divino formaba también parte de la vida humana, engendrando “vivencias” cuyo eco encontramos en las artes y en la poesía, y cuya réplica —“tal vez”, aventura con prudencia— inspiró el pensamiento filosófico y la especulación científica. “Solo los arriesgados novelistas o los ambiguos pensadores se han adentrado, imaginándola desde su particular perspectiva, en aquella vida vivida bajo la luz y la sombra de dioses ya idos”, añade Zambrano. Seguir leyendo
crítica literariaCríticaGénero de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materiaEl escritor vallisoletano explora cómo las narrativas antiguas, contadas desde la perspectiva de las mujeres y los personajes secundarios, revelan emociones y secretos ocultosEl audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.Gustavo Martín Garzo, retratado en Madrid en 2021.En su ensayo El hombre y lo divino, María Zambrano nos recuerda que solo desde muy recientemente “el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses”, hasta el punto de extender esa actitud y proyectar la nueva mirada incluso hasta los tiempos en que lo divino formaba también parte de la vida humana, engendrando “vivencias” cuyo eco encontramos en las artes y en la poesía, y cuya réplica —“tal vez”, aventura con prudencia— inspiró el pensamiento filosófico y la especulación científica. “Solo los arriesgados novelistas o los ambiguos pensadores se han adentrado, imaginándola desde su particular perspectiva, en aquella vida vivida bajo la luz y la sombra de dioses ya idos”, añade Zambrano.Gustavo Martín Garzo es, sin duda, uno de ellos, pues —además de los cuentos de hadas y las leyendas maravillosas— gran parte de su obra narrativa surca el amplio caudal de la tradición bíblica y la mitología griega, que el autor vallisoletano reescribe y actualiza, convencido de que las fábulas eternas nos enseñan a “mirar el mundo con los ojos del asombro y a descubrir en las cosas nuevos sentidos”.Un paraíso de escombros rescata algunos mitos helénicos fundacionales y destacados episodios del ciclo homérico, no para volver a contarlos sino para recrearlos y expandirlos, trayendo a un primer plano las figuras femeninas cuyo perfil quedó ensombrecido por el poder y la dimensión colosal de los dioses o por las hazañas y aventuras de los héroes épicos. Aquí casi siempre son ellas las narradoras, tanto de las historias ajenas —Nausicaa cuenta la de Orfeo; Penélope y Briseida, la de Odiseo— como de las propias —Teófanes, “aquella ante quien Dios se aparece” relata su deseo de transformarse en oveja—.En ocasiones, son otros personajes secundarios quienes nos deslumbran al desvelar detalles y pormenores desconocidos de las fábulas —un hermano pequeño contará los amores de Leda y el cisne; Dédalo, los de Pasífae y el minotauro; Selene, los de su hermana Eurídice y Orfeo—, en microrrelatos de la sencilla vida cotidiana o, sobre todo, a partir de revelaciones oníricas y agudas incursiones en la interioridad para alumbrar emociones, sentimientos o conciencia. Una de las más asombrosas narraciones de Un paraíso de escombros es, a mi parecer, aquella en que el eidolon —el doble fantasmal, “la melliza oscura”— d
