De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá. Seguir leyendo
De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá. Seguir leyendo
De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá. Pienso en esa definición creciente, en esa forma de fe fantástica, cuando llegan a mis manos los últimos tomos de Atelier of Witch Hat, de Kamome Shirahama, un manga que comenzó a editarse hace ya una década en Japón y algo más tarde en España, pero que se ha hecho especialmente popular en todo el mundo tras el estreno de un anime basado en sus páginas.Atelier of Witch Hat es la historia de Coco, una niña de origen humilde, aprendiz de artesana, que quiere ser maga en un mundo en el que la magia está, en apariencia, reservada sólo a unos cuantos. Nada más provocar un hechizo que casi le hace perder a su madre, un profesor de magia ve en ella no ya a una elegida, pero sí a esa figura genuina y sincera que podría liberar de sus reglas conservadoras y elitistas a la sociedad de quienes tienen permitida la brujería. A partir de esta manida premisa, Shirahama va construyendo un universo cada vez más original y propio, basado en pequeñas tramas de intimidad y esfuerzo personal, y no tanto en grandes revueltas o ansias por salvar el mundo de un terrible destructor. Dicen que la nueva fantasía está perdiendo el interés por los antagonistas excesivos y maléficos, por los enemigos innombrables y por las resoluciones siempre violentas, belicistas. Kamome Shirahama, que en entrevistas reconoce haber sido una devoradora deLas crónicas de NarniaoEl señor de los anillos, pone el foco sin embargo en un dibujo tierno, detallista y tan cálido como la personalidad de las magas a las que nos va presentando, cuyos traumas y miedos personales suelen causar tanto o más pavor que las babas de un demonio. Hay magia, sí, pero podría no haberla —y esa es la clave de esta y otras ficciones fantasiosas del momento— pues su existencia no está al servicio de la trama, sino que es un elemento más de su particular universo lento, reflexivo, hondo en su exploración de la nostalgia, del amor, de la justicia o de la fe. Así, en Atelier of Witch Hat, como había pasado también en la dulce y sofisticada Frieren, en la filosófica To Your Eternity, o mucho antes
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