Puede verse en Madrid estos días uno de los cuadros más tremebundos que se hayan pintado jamás, El año del hambre en Madrid, de José Aparicio. Los cromos estampados en las latas de carne de membrillo de Puente Genil son mejores.En torno a esa pintura se ha publicado un pequeño libro, El cuadro del hambre, «que abre Una obra, una historia, la nueva línea expositiva y editorial en el Museo del Prado», en palabras de su director, Miguel Falomir. En apenas una página Falomir lo explica mejor de lo que nadie pudiera hacerlo: contar cómo ese «enorme lienzo, enfático y teatral, pintado en 1818 y hoy olvidado, figuraba entre las más preciadas posesiones del Museo, codeándose con las realizaciones de los grandes maestros del pasado y aun aventajándolas en el favor del público. De ningún cuadro del Prado se escribió más en las décadas posteriores a su apertura en 1819, y acaso pueda singularizarse en él el nacimiento de la crítica artística moderna en España».Esto último parece dicho con ironía, en vista de la poca fortuna que tuvo esa pintura, pasados los primeros furores. Al fin y al cabo, lo expresado por Falomir no deja de ser la corroboración de aquello que Ramón Gaya (una de cuyas obras puede verse en El Prado del siglo XXI, también en el Museo) resumió mejor que nadie: «Los críticos entienden de lo que no comprenden».El cuadro del hambre reúne los trabajos de cinco especialistas (María Bolaños, Bénédicte Savoy, Daniel Crespo Delgado, Carlos G. Navarro y Celia Guilarte) y las dos restauradoras del cuadro (Lucía Martínez y Laura Alba). Si estas son muy solventes profesionales, no son menos serios los otros cinco (quiero decir que están adscritos a la rama de la Historia, no de la Crítica).La lectura del libro es apasionante. Emplazan la pintura en su circunstancia, desde luego (la hambruna devastadora que vivió Madrid entre 1811 y 1812, bajo la dominación francesa), pero es también un pequeño tratado sobre los gustos, las buenas intenciones y «los aplausos del pueblo». En realidad, habría que hablar de los aplausos del público. No confundir pueblo con público fue algo en lo que insistieron nuestros institucionistas, y en especial Juan Ramón Jiménez. Así como el pueblo es «analfabeto» (no le hace falta «entender», tal y como subrayó Bergamín), el público es «entendido», o sea «enterao», y cree saber de todo, principalmente de aquello que incomprende.En cuando a las buenas intenciones… De ellas está empedrado el camino que conduce al infierno. No hay más que ver el Guernica o el también tremebundísimo Masacre en Corea, tan parecidos al cuadro de Aparicio, que, como este, Picasso pintó sin haber conocido los hechos que representan ni por rumores (uno se encontraba en Roma; el otro estaba en París), al contrario que Goya, cuyos cuadros sobre el levantamiento y los fusilamientos del 2 y del 3 de mayo de 1808 son pictóricamente lo opuesto.Al margen de que Aparicio fuese absolutista
La Lectura // elmundo
De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. No hay más que ver ‘Guernica’, tan parecido al cuadro de Aparicio, que, como este, Picasso pintó sin haber conocido los hechos ni por rumores Leer
De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. No hay más que ver ‘Guernica’, tan parecido al cuadro de Aparicio, que, como este, Picasso pintó sin haber conocido los hechos ni por rumores Leer
