La carta es un lugar donde reparar desencuentros, así como devolver el significado a las palabras. Tal vez por eso, La oscura historia de mi madre, de Ana Rodríguez Fischer (Vegadeo, 69 años), me ha reconfortado tanto. Así que lo diré sin rodeos primero, aunque no me privaré de explayarme después: qué gozo. Lo comento, sobre todo, por quien me lee en este periódico y no siempre termina de determinar si algo que he leído me ha gustado o no. Disculpen, a mí es que me gusta divertirme con la historia de la literatura y enredarme en sus chismes.. Seguir leyendo
La carta es un lugar donde reparar desencuentros, así como devolver el significado a las palabras. Tal vez por eso, La oscura historia de mi madre, de Ana Rodríguez Fischer (Vegadeo, 69 años), me ha reconfortado tanto. Así que lo diré sin rodeos primero, aunque no me privaré de explayarme después: qué gozo. Lo comento, sobre todo, por quien me lee en este periódico y no siempre termina de determinar si algo que he leído me ha gustado o no. Disculpen, a mí es que me gusta divertirme con la historia de la literatura y enredarme en sus chismes. Seguir leyendo
La carta es un lugar donde reparar desencuentros, así como devolver el significado a las palabras. Tal vez por eso, La oscura historia de mi madre, de Ana Rodríguez Fischer (Vegadeo, 69 años), me ha reconfortado tanto. Así que lo diré sin rodeos primero, aunque no me privaré de explayarme después: qué gozo. Lo comento, sobre todo, por quien me lee en este periódico y no siempre termina de determinar si algo que he leído me ha gustado o no. Disculpen, a mí es que me gusta divertirme con la historia de la literatura y enredarme en sus chismes.. Aquí el lector encontrará ocho cartas ficticias, repletas de mamitis, en las que los poetas Friedrich Hölderlin, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Marina Tsvietáieva, el artista plástico Vincent Van Gogh o las escritoras Virginia Woolf, Irène Nemirovsky o Marguerite Duras se comunican con sus madres, en una charla que trasciende sus vidas para elevarse y señalar su verdad artística. Eso que les hizo de motor y azuzó sus espíritus a la hora de crear. ¿Qué es lo que quise decir, madre? Parece confesar con unanimidad el coro de voces. ¿Algo similar a esto tal vez?, se aventura Fischer. Desde ese lugar, la autora se adentra en cada texto, resuelta a atender su deseo de explorar un espacio llamado madre o una revelación, como le sucede a Marguerite Duras: “Se empieza a escribir y después se sigue y ya está”.. Más información. La franqueza que nutre la redacción de estas epístolas no es otra que la de quien destina su tiempo a recrear conversaciones que pudieron existir. La autora ha encontrado una forma de repensar el tiempo a través de hacer literatura con la biografía de estos personajes singulares. Lo más relevante son las reflexiones metaliterarias, esto es, un palabro que utilizamos para referirnos a los libros dentro de los libros, a los textos en los textos, a los autores o autoras dentro de sí, y a la inversa. Aquí ese juego de estilo se ejecuta con dulzura y estímulo intelectual. Es otra vía de contarnos la vida de alguien al imaginar cómo habló a su madre, así de sencillo. Igualmente, permite situar a la madre ya no tanto como problema, sino como desenlace a los de distintos desaguisados experienciales, concretamente ocho.. En ninguna de las misivas el lector se encontrará con una figura materna redentora. Más bien, con lo que una se topa es con el espejo: todo procede de la infancia. Así lo cuenta, de hecho, la propia Marina Tsvietáieva: “Mas a los niños no hay que obligarlos a comprender: hay que hechizarlos. Y mientras más enigmáticas sean las palabras del hechizo, más profundamente arraigarán en ellos (…) Si con mayor frecuencia las madres dijeran cosas incomprensibles a sus hijos, estos, al crecer, no solo comprenderían más, sino que también actuarían con mayor seguridad».. En este libro, la catedrática y crítica literaria asturiana ofrece la esencia de esas figuras de la cultura que quizá de otro modo desconoceríamos, y lo hace con pedagogía y viveza. La misiva vehicula lo inacabado, el secreto, pero también un diálogo fruto de un estremecimiento. Por ejemplo, en el caso de Irène Nemirovsky, madre es “carecer de ternura y amor”, pese a que, como ella misma dice, aquello fortaleció su “alma herida”. O en el de Marguerite Duras, donde madre es “ausencia de amor, una sombra por todas partes, sobre el mar y sobre la tierra. En los ojos, un velo espeso, la venda de una herida”. De nuevo, la herida.. ¿Nos habríamos imaginado en algún momento cómo cada uno de esos ocho perfiles se habría dirigido… a su madre? Fantasear, quién sabe, con una carta a un amigo, a un admirador, a otro tipo de interlocutor, claro. Pero el hecho de que quien recibe lo que se dice sea la madre de cada uno de ellos entronca de un modo cómplice con un grupo de creadoras como Nuria Amat o la misma Esther Tusquets, que decidieron jugar con la carta como género literario. Pienso en Todos somos Kafka, de la primera,o la Correspondencia privada, de la segunda. En cualquier caso, esto de ahora es una escritura libérrima de cierto canon que celebro.. A lo largo de todas ellas —bien diferenciadas, no tanto por el tono, sino por su trayectoria biográfica, pues no somos otra cosa que nuestras peripecias—, quien lee percibe cómo la subjetividad de cada cual emerge con una elegancia quizá irónica, pero siempre cabal y piadosa. Me resulta especialmente divertido leerle a Rimbaud la clave de bóveda de todo ser humano hoy: “El dinero es lo único que se necesita para vivir. Así que lo tiré todo por la borda: ¡También mi vida!“, a Tsvietáieva que ”los libros son la perdición», y no me achico si digo que la carta de Woolf es la mejor del volumen: “Hace ya muchos años prometí no simular jamás que no valen la pena las cosas que una no tiene”.. De todos modos, no podemos tomarnos tan en serio. De ahí el estilo del libro, el atrevimiento y la riqueza: gracias a la literatura, una puede hablar con quien quiera. Mejor, gracias a la literatura, una puede hacer hablar a alguien con quien le venga en gana.. Ana Rodríguez Fischer. Siruela, 2026. 320 páginas. 21,95 euros. Búsquelo en su librería
EL PAÍS
