Sonia Shah, una estudiante india consumida por su introspección, llora al teléfono a las puertas de un crudo invierno, a finales de los noventa, en Vermont. Es una llamada de larga distancia con su familia en Allahabad, los abuelos y la tía, preocupados porque «se siente sola», aunque ya lleva tres años en el noreste de Estados Unidos. Su tristeza no es una abstracción poética, sino una sensación física: la ansiedad le roba el aire para respirar. Y cuando busca un asidero en la lejana India, el abuelo le da un consejo de una inocencia descorazonadora: «Haz saltos de tijera para levantar el ánimo y luego abre los libros». En este diálogo inicial que plantea Kiran Desai (Nueva Delhi, 1971) se introduce el error de traducción primordial que impregna la relación entre distintas generaciones asiáticas, las que siguen viviendo en el marco cultural original y las que se han convertido en ciudadanos globales.. Trad. de Aurora Echevarría. Salamandra. 736 páginas. 26 € Ebook: 12,99 €. Para los primeros, incapaces de imaginar el desgaste personal que conlleva expatriarse, los segundos son unos afortunados. Pero aquellos lo ven al revés: «Puede que conociesen el aletargamiento de las tardes muertas de Allahabad, como una marea que se retira y tal vez nunca regrese, que era una forma de soledad», explica la narradora, «pero nunca habían dormido solos en una casa, ni habían comido solos, ni habían vivido en un lugar donde no los conocieran». No comprenden, en suma, que en EEUU, la soledad no es un estado de ánimo que se cura haciendo ejercicio, sino un requisito del sistema: el peaje para la prosperidad es llevar una «vida egoísta». Esa incomprensión mutua, para un sentimiento aparentemente tan simple como la soledad, recorre esta novela de 700 páginas, el destilado de un manuscrito de 5.000.. La epopeya de Sonia, que estudia literatura y escritura creativa, es encontrar una voz propia, pero ni siquiera acierta a saber cómo escribir sobre la India sin que parezca que lo hace en inglés para el gusto occidental, algo que vive como una traición. Su vulnerabilidad la convierte en presa de un artista mayor y narcisista, Ilan, a quien conoce en Vermont y seguirá a Nueva York, para extender su visado, gracias a él, trabajando en una galería de arte. El refinamiento intelectual de él actúa como cebo. Es una relación muy desigual en la que el hombre («un laberinto sin salida con un monstruo dentro al acecho») secuestra la mente y el cuerpo de Sonia para su propio disfrute e inspiración artística.. Bajo su tutela, ella deja de ser un sujeto que escribe (le prohíbe escribir «tonterías orientalistas» sobre monzones, pavos reales y matrimonios concertados, que es lo que irónicamente hace Desai en esta novela) para convertirse en objeto pasivo de la mirada masculina, que ni siquiera logra revertir el ímpetu creativo que le provoca la lectura de Anna Karénina («un estremecimiento sublime, casi insoportable, le recorría de pies a cabeza mientras leía», sensación que no volverá hasta más adelante, ya en India, con Nabokov). La apropiación por parte de Ilan de un amuleto del abuelo alemán de Sonia -un demonio protector, símbolo de su anclaje espiritual, que ella le presta- es el sello de desposesión que Sonia arrastrará por Delhi, Goa y Venecia. Este proceso de borrado personal es una herida que supurará durante años.. Mientras Sonia se disuelve en el pincel de Ilan, Sunny Bhatia, periodista indio de Associated Press en Nueva York, cuyo primer contacto con EEUU fueron las novelas de Salinger y Vonnegut, vive otra suerte de soledad, como la de alejarse de otros indios, para ser mejor aceptado, o sentirse invisible por su raza. En su caso, sobre todo, la familia es como una fuerza gravitacional marcada por la vampirización emocional de la madre, una viuda de la alta sociedad india, a quien Sunny oculta su pareja «nórdica del Medio Oeste» de padres republicanos ultraconservadores (la visita a Kansas para conocer a los padres de ella es una sección hilarante de humor negrísimo). Cree inocentemente que le resulta más fácil amar a los suyos con un océano de por medio.. El atentado contra las Torres Gemelas, tras lo cual se siente bajo el escrutinio social y policial (pierde la invisibilidad, como indio, de la noche a la mañana, le arrebata la poca intimidad que había logrado construir. Al final, para Sunny, todo se reduce a la representación de un papel: para la familia, para el país de acogida, para la novia americana. Tras haber rechazado en el pasado la propuesta de matrimonio que sus abuelos intentaron imponerles a distancia, será finalmente un azaroso encuentro nocturno en el expreso de Delhi a Allahabad lo que una a Sonia y Sunny. Juntos balbucearán una historia de amor enmarañada que debe lidiar con el hecho de que la soledad en Asia es la pena de no ser comprendido dentro de la multitud, mientras que en EEUU es la sospecha de que toda interacción es pura performance.. La verdadera sanación, se sugiere, no es la huida de la soledad, sino aprender a vivirla sin las máscaras que la emigración obliga a ponerse. Sonia y Sunny terminan por reconocer que sus historias son lo único que les pertenece, aunque el mundo intente difuminarlas o borrarlas. Lo que queda es la dignidad de haber intentado ser, al menos una vez, los autores de su propia soledad. He aquí una novela-océano para dar cabida a dos culturas contradictorias, sus luces y sus terribles sombras, y lo que habita en su intersección.
La Lectura // elmundo
Tras dos décadas sin publicar, la ganadora del Booker construye una novela-océano sobre emigración y la soledad que explora las luces y las terribles sombras de dos culturas contradictorias, y todo lo que habita en su intersección Leer
Tras dos décadas sin publicar, la ganadora del Booker construye una novela-océano sobre emigración y la soledad que explora las luces y las terribles sombras de dos culturas contradictorias, y todo lo que habita en su intersección Leer
