Karin Hindsbo (Gentofte, Dinamarca, 52 años) recibe en su pequeño despacho de la Tate Modern, dentro de la famosa central eléctrica de ladrillo situada a orillas del Támesis que, hace algo más de 25 años, se convirtió en uno de los grandes museos de arte del mundo. Sobria y seria, se sienta ante una hoja llena de apuntes y responde midiendo cada palabra. Solo se sale del guion al recordar su pasado grunge, a propósito de una exposición sobre los noventa que el museo inaugurará en otoño. Seguir leyendo
La responsable del museo londinense ha impulsado la presencia de mujeres y artistas no occidentales en sus salas, a riesgo de molestar en estos tiempos polarizados. “No podemos dejar que el miedo nos domine”, asegura
Karin Hindsbo (Gentofte, Dinamarca, 52 años) recibe en su pequeño despacho de la Tate Modern, dentro de la famosa central eléctrica de ladrillo situada a orillas del Támesis que, hace algo más de 25 años, se convirtió en uno de los grandes museos de arte del mundo. Sobria y seria, se sienta ante una hoja llena de apuntes y responde midiendo cada palabra. Solo se sale del guion al recordar su pasado grunge, a propósito de una exposición sobre los noventa que el museo inaugurará en otoño. En marzo, esta danesa asumió la dirección de todo el grupo Tate, mientras se resuelve un concurso público para el que Hindsbo es una de las favoritas, tras haber dirigido la sede de la institución para el arte moderno y contemporáneo desde 2023. Al frente de la institución, esta historiadora del arte, hija de la periferia residencial de Copenhague, ha impulsado la presencia de mujeres y de tradiciones no occidentales. Este verano, coinciden en sus salas tres grandes muestras dedicadas a Frida Kahlo, Ana Mendieta y Tracey Emin. Pregunta. En los últimos tiempos, los museos se han abierto a artistas marginados por el canon. Sobre todo, mujeres. Ahora que ese gesto ya se ha normalizado, ¿cuál cree que debe ser el siguiente paso?Respuesta. Es un proceso que no termina: siempre habrá artistas ignorados. La Tate lleva un cuarto de siglo ampliando el canon y mostrando que la modernidad no fue un invento europeo, sino un proceso en el que participaron artistas de todo el mundo a lo largo del siglo XX. Seguiremos desafiando las ideas preconcebidas. Me interesan los artistas que mezclan disciplinas, que alternan la tecnología con la performance o la poesía, y también las tradiciones indígenas. Habrá más cosas en esta línea.P. La Tate Modern acaba de cumplir 25 años. ¿Cómo ve el museo en el futuro?R. Es fundamental mantener el arte en el centro, pero también hay que prestar atención al artista y su proceso de creación. Eso puede propiciar un diálogo más directo con los visitantes. Es importante volver al elemento humano en el arte. P. Durante mucho tiempo, la historia del arte ha considerado que la vida privada del artista era una anécdota que no merecía atención. ¿A usted sí le importan la biografía o la intimidad de un creador?R. Sí, porque esa dimensión personal es lo que hace que el arte nos resulte cercano. Las obras suelen surgir de un espacio profundamente íntimo. En el centro de todo, siempre hay un ser humano que está creando. Es importante entender de dónde surgen sus motivaciones.“En toda Europa, el apoyo privado se ha vuelto necesario. Las subvenciones públicas ya no son suficientes para cubrir los costes”P. En esta sociedad polarizada, ¿un museo debe buscar un terreno común o crear conflicto?R. No es posible lograr un consenso absoluto, ni creo que sea que nuestra función conseguirlo. Cuando se busca ese consenso a toda costa, se corre el riesgo de caer en la parálisis institucional. No debemos convertirnos
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