Hay un momento en Física de la tristeza (editado en España por Impedimenta) en el que Gueorgui Gospodínov explica que lo malo de los laberintos no es la incertidumbre de encontrar su salida sino la tensión a la que obligan. A cada paso hay que tomar una decisión agotadora. Otra cata reveladora de la novela que nos trae aquí: Gospodínov explica que un día de 1981 llegó a Bulgaria una extraña noticia sobre una enfermedad nueva llamada sida. En ese mismo momento fue clausurada la revolución sexual de los 60 que, en realidad, nunca había empezado en Bulgaria. «No nos lo tomamos mal», explica el escritor. Y va una tercera imagen: en el punto más conmovedor del libro, narra el momento en el que su bisabuela abandona a su abuelo en un molino cuando el mundo se quebraba porque la I Guerra Mundial había empezado. El niño llora pero no grita porque el miedo es demasiado pesado. Y, a la vez, el niño no grita pero llora y eso significa que está vivo.
Y con esas tres imágenes, con la novela filosófica, el humor negro al estilo república popular y el testimonio del dolor más nítido se puede empezar a explicar Física de la tristeza, la novela que sigue al gran shock de El jardinero y la muerte (Impedimenta, 2025), que fue quizá el libro más bello del curso pasado.
«¿La palabra belleza? No me gustan mucho las palabras abstractas. Por lo menos, no me gustan los sustantivos abstractos», dice Gospodínov. «En vez de decir: ‘Mira, qué bonito’, yo diría: ‘¿Qué te parecen esas sombras en la pared?’. O sea, que me importa la belleza pero la busco en lo concreto. Es que yo vengo de un mundo hiperideologizado al que le encantaba la abstracción. Ahora, a los estudiantes a los que les doy clase les pido que describan el mundo a través de sus sentidos. Un ejercicio que les pongo siempre consiste en tomar una abstracción del tipo la tristeza, ya que parece que soy un experto en el tema tristeza», bromea. «Les pregunto: ¿a qué sabe la tristeza en la lengua? Ellos se quedan bloqueados al principio. Luego se relajan y empiezan a responder: sabe a pan duro y seco. A manzana de invierno… Entonces, cambio la pregunta. ¿Cuál es el sonido de la tristeza? ¿Y el tacto, y el olor? Cuando la abstracción pasa a través del cuerpo, se convierte en algo real».
-Si yo pienso en un sabor para la tristeza, se me ocurre el té.
-¿Frío o caliente?
-Caliente, creo.
-¿Con o sin galletita?
Aunque diga que su tema es la tristeza, Gospodínov es un bromista y eso se nota al pensar en Física de la tristeza con un poco de distancia. Su narrador sufre una forma extrema de empatía por la que siente el dolor de los demás, el dolor de los semejantes y el de los muertos, el de los animales y el de los seres mitológicos. Cada pena es una pieza en el collage de la novela. «Yo somos», escribe Gospodínov, como si fuese una nueva versión del «contengo multitudes» de Walt Whitman. Pero su mirada no es exactamente angustiosa. Física de la tristeza también es guasona y está llena de sabores, de olores, de sensaciones y de colores.
De sonidos, también. «El búlgaro es una lengua eslava que tiene una particularidad: ponemos los artículos al final de los sustantivos como un sufijo: por eso suena siempre a ta, ta, ta, hay algo muy rítmico en el búlgaro. Y tenemos un sonido, algo así como gdu, que no está en otros idiomas. Es importante: tristeza se dice en búlgaro tüga, de modo que incluye ese gdu, que es el sonido que hacemos al tragar algo que tenemos atascado en la garganta. Para mí, tiene todo el sentido conceptual. Una de las características de la tristeza es que no se puede explicar. La tristeza se traga.Gdu».
¿Hay un sonido propio de Física de la tristeza? Gospodínov ha sido, antes que narrador, poeta. «Eso intento conseguir, una melodía. Para mí no hay gran diferencia entre escribir poesía y escribir prosa. Si logro esa densidad emocional de la poesía y la llevo a la prosa, y eso debe de ser el éxito, supongo. Mis novelas se escriben frase por frase y cada frase tiene que tener su intensidad, su belleza y un sonido que sea parte de la cadencia de los libros. Por eso, mis libros son difíciles de traducir». Y añade una comparación: «Diría que Física de la Tristeza suena un poco a Strawberry Fields Forever. Y otro poco a Chopin y a Arvo Pärt».
Lo de Strawberry Fields Forever está bien elegido porque la canción de The Beatles expresa esa misma idea de realidad rota que está en la novela del búlgaro. En cambio, el nombre de Arvo Pärt pilla un poco por sorpresa. Física de la tristeza está llena de espacios claustrofóbicos, de túneles, de galerías, de sótanos y de trasteros que se enredan en una especie de laberinto sin salida. «Cuando era niño, vivía con mis padres en un semisótano alquilado. Mis padres eran jóvenes, siempre iban cortos de dinero, así que ese era el piso que pudieron conseguir. De día me quedaba solo en aquel sitio cuando se iban a trabajar. Era oscuro y daba bastante miedo. Me pasaba el día entero encogido en un mismo sitio, en el alféizar de la única ventanita que teníamos, viendo el tránsito de medias personas. Sólo medias porque la ventana no llegaba más alto. Esa imagen es un recuerdo real, personal y muy presente que ha llegado hasta esta novela», recuerda el escritor.
«Mucho más tarde pensé en el Minotauro. ¿Cómo sería estar en un laberinto antiguo si fuera un minotauro niño? ¿Era aquel piso mi laberinto? Había un castigo habitual en mi generación en Bulgaria: si un niño se portaba mal, se le encerraba en un armario del sótano, a oscuras, durante una hora. La gente que ha vivido eso entiende bien la imagen del minotauro en esta novela». El Minotauro es una de las criaturas en cuyo dolor se adentra el narrador de Física de la tristeza. No sólo eso: su laberinto es la imagen que mejor explica el mapa de la novela. «La mitología no estaba en nuestra educación. Yo la descubrí después, de adulto y si fue importante es porque a través de la mitología recuperé mis recuerdos de la infancia. Le puede pasar a cualquiera porque la mitología está en la infancia de la humanidad. Al leer los mitos siempre somos niños ante un cuento», dice con sencillez el escritor.
Vamos con la infancia. ¿Fue la de Gospodínov especialmente solitaria? «En defensa de mi infancia y de mis padres le diré que esa época es, hasta el día de hoy, el manantial del que viene todo lo que escribo. Fue una infancia feliz y no puedo quejarme de la suerte que tuve. Pero si me adentro un poco en el recuerdo empiezo a ver las grietas, las piezas rotas. Los niños búlgaros de mi edad vivíamos mucho tiempo con nuestros abuelos porque los padres trabajaban. Los abuelos estaban en el pueblo y los niños nos íbamos con ellos. Los padres venían a vernos desde la ciudad el sábado y el domingo se marchaban, de modo que los hijos vivíamos en un trauma que se repetía cada semana: el abandono de todos los domingos. Es el recuerdo que tengo más nítido, el momento en el que se marchaban mis padres los domingos por la tarde», explica. «Piense que los niños son como los animales, no tienen sentido del tiempo. Cada abandono es un abandono para siempre. Por eso, el tema del niño abandonado está en el centro de mis libros. El minotauro, mi abuelo en el molino, nuestra sensación de orfandad… Es siempre la misma historia que vuelve, el dolor del abandono es el tema que siempre aparece detrás».
«Los hijos vivíamos en un trauma que se repetía cada semana: el abandono de todos los domingos»
Yo somos. Contengo multitudes. ¿Acaso hay otra manera de vivir la soledad y el abandono propia de los sistemas socialistas como el de Bulgaria en la niñez de Gospodínov? «Los sistemas colectivistas produjeron grandes soledades individuales. No debería haber ocurrido así pero ocurrió. La ideología socialista idealizaba a los niños. Los niños construirán la utopía, se decía todo el tiempo. En realidad, nadie prestaba atención a los niños. Pero bueno, supongo que la soledad es algo universal, que la soledad de un búlgaro es parecida a la que está en la obra de Lorca y de Whitman. No podemos explicarlo todo con el socialismo. Gracias a Dios, sobrevivimos. Fuimos más duraderos. Y yo creo que lo universal y lo personal pueden ser compatibles. Las historias personales son universales. No las diferencio, son lo mismo para mí».
-¿Estuvieron esos niños búlgaros expuestos a la misma cultura europea que sus iguales en España o Francia?
-Creo que sí. Quizá todo nos llegara un poco más tarde pero llegó. Con España nos reconocíamos mucho por la experiencia totalitaria traumática compartida. El cine de Pedro Almodóvar fue muy importante para mi generación, solo que 10 años después. Encontramos en sus películas una guía para salir de una sociedad cerrada y censuradora. Yo veía aquellas películas y pensaba que en el arte se pueden mostrar todo tipo de cosas: el erotismo, la sátira… Me acuerdo de que los libros de Borges se publicaron en búlgaro cuando cayó el Muro, ese año. Un poco tarde, ¿no? Yo lo leía y pensaba: ¿se puede escribir de esa manera? Era como de otro mundo», rememora.
«Antes, ya leíamos mucha literatura francesa. Bulgaria había sido siempre un país muy francófilo y el Partido Comunista Francés era muy prestigioso. Me encantaba Apollinaire. Pero la sociología y la filosofía francesas no nos llegaban. Nada. Foucault llegó después de 1989 y nos volvimos todos fans», dice sonriendo. «Hoy estamos en la UE, en Schengen y en la zona euro. Tenemos la apariencia de normalidad que puede tener un país, pero nuestra vivencia es que muchos pasos van hacia atrás».
La Lectura // elmundo
El escritor búlgaro, conocido por el provocativo ensayo «El jardinero y la muerte», ha publicado ahora «Física de la tristeza», una novela española que es su obra más audaz, personal y desgarradora hasta la fecha. Simultáneamente, es la lectura más cercana y cautivadora.
El escritor búlgaro, conocido por el provocativo ensayo «El jardinero y la muerte», ha publicado ahora «Física de la tristeza», una novela española que es su obra más audaz, personal y desgarradora hasta la fecha. Simultáneamente, es la lectura más cercana y cautivadora.

