La peste que asola Estados Unidos en la última novela de Gonçalo M. Tavares (Luanda, Angola, 1970) tiene una peculiaridad: respeta escrupulosamente las fronteras. No cruza a Canadá ni a México, no se propaga por el resto del mundo. Se queda dentro del mapa de la potencia que la sufre, como si también los virus hubieran aprendido a obedecer las leyes de la geografía política. Después llegan las explicaciones, los culpables y las medidas sanitarias. Primero se señala a las ratas, después, a los mosquitos y a los afrodescendientes, hasta que la ciencia descubre que la enfermedad procede de los pobres. Se levantan entonces guetos para aislarlos, con la mejor voluntad y las mejores intenciones, y la separación física termina convirtiéndose en genética: ricos y pobres siguen pareciéndose, pero ya no pueden tener descendencia común. Son dos especies humanas distintas.. Así empieza su última novela, O Fim dos Estados Unidos da América(que Seix Barral, su editorial en España, publicará en los próximos meses), una epopeya de unas novecientas páginas que Tavares escribió antes de la pandemia y que ahora, ante el regreso de la polarización, el nacionalismo y la violencia política, parece haber imaginado una distancia demasiado corta entre la sátira y el diagnóstico. El escritor portugués, que este domingo recibirá el Premio Formentor de las Letras, lleva más de dos décadas construyendo una obra que se resiste a las divisiones convencionales entre novela, poesía, ensayo y filosofía. En sus libros, el pensamiento puede caer de pronto en el absurdo, una figura de la mitología griega iluminar una catástrofe contemporánea y una frase reunir palabras procedentes de la biblioteca y de la calle. No se trata tanto de explicar el mundo como de inventar una forma capaz de mostrarnos sus contradicciones.. Bendecido desde sus inicios por el gran José Saramago, que cuando en 2005 ganó el premio homónimo al Nobel por su monumental Jerusalén afirmó: «Tavares no tiene derecho a escribir tan bien con apenas 35 años, dan ganas de pegarle», el portugués no se considera un profeta ni atribuye a los escritores una clarividencia especial. «Vemos lo que todo el mundo ve», dice. La diferencia, quizá, esté en la posibilidad de construir imágenes que nos obliguen a mirar de nuevo. En su novela, mientras el presidente se prepara para declarar una segunda guerra civil, el protagonista, Bloom, cree haber fracasado en su intento de salvar el país. El narrador, sin embargo, hace un último movimiento: acerca el foco hasta el vientre de Rosa, una mujer mexicana y pobre de la que Bloom se ha enamorado. Allí se mueve un feto. La historia no termina con una solución política, sino con una pequeña anomalía capaz de quebrar la división entre las dos especies. Una fábula disparatada, cómica y trágica, que deja una pregunta abierta sobre la desigualdad, la convivencia y la posibilidad de imaginar otra salida.. Justamente esta novela recupera la epopeya, un género que parece de otra época. ¿Qué puede contar hoy este género que no pueda contar la novela convencional?. Para mí, volver a la epopeya es una rebelión contra una decisión académica, administrativa, de la literatura: dividir los textos en ensayo, poesía o novela como si fueran categorías para colocar en las estanterías de las bibliotecas, sin tener en cuenta el lenguaje. La epopeya supone regresar a la importancia de la canción, del sonido y del ritmo, intentando que todo eso esté al servicio de una narración. Me interesan mucho la historia y los personajes, pero en este libro quería escribir también con un ritmo muy particular. Durante dos o tres meses escribí como en un trance, medio zombi, las palabras se aproximaban por el sonido y por el contenido, como si estuvieran tocando el mismo tambor o el mismo piano. Aquí he descubierto que las palabras podían encontrarse por su propia voluntad, como animales sedientos que hallan agua en el texto.. La peste de su libro acaba convirtiendo la desigualdad en una diferencia entre especies. ¿En qué momento una sociedad que necesita fabricar enemigos para justificar sus privilegios termina deshumanizando al otro?. Mi libro es una distopía muy pequeñita, porque la realidad ya está a un paso de eso. Si en Occidente la esperanza de vida supera los 80 años, mientras que en países pobres apenas llega a los 40, ya es como si viviéramos en planetas distintos. Somos la misma especie, pero la lógica de nuestras vidas cambia por completo. En la novela, la peste sirve para organizar esa separación. Primero se busca un culpable, después otro, hasta que se descubre que son los pobres quienes transmiten la enfermedad. Y empieza la barbarie. La sátira está en eso, en que una sociedad puede justificar una barbaridad mediante un razonamiento aparentemente racional, incluso humanitario. La novela imagina también una segunda guerra civil, con personajes de extrema derecha y de extrema izquierda, Ted Trash y Left Wing, que están satirizados como los demás. No es una guerra de pobres contra ricos, porque eso no sería una guerra, sino una masacre. Es una guerra en la que una parte de la clase media baja intenta defender a los pobres frente a los muy ricos que quieren eliminarlos. Con el tiempo, la separación física se vuelve genética y ricos y pobres ya no pueden tener hijos entre ellos. El final del imperio tiene una dimensión política, pero también humana, ya no es posible mantener unido un país cuando sus habitantes han dejado de reconocerse como parte de una misma especie.. «Estamos abandonando el pensamiento y saliendo a la calle con los ojos llenos de conclusiones. vivimos demasiado fascinados por nuestra imagen y nuestra voz». En medio de esa descomposición, Bloom busca a Rosa. Su historia de amor introduce una escala íntima en el gran drama social. ¿Puede el amor oponer alguna resistencia a las grandes fuerzas que determinan nuestras vidas?. Me gusta pensar que sí. Recuerdo un texto de Ramón Gómez de la Serna sobre dos locomotoras que circulan en direcciones opuestas y se detienen en una estación. En una viaja un hombre, en la otra una mujer. Intercambian una mirada tan fuerte que, cuando los trenes vuelven a ponerse en marcha, lo hacen en la misma dirección. Es una imagen muy bonita: pensar que el amor puede cambiar la dirección de la tecnología, de los trenes, del supuesto progreso. Bloom es una especie de Edipo. Intenta salvar Estados Unidos de la peste, busca diagnósticos y posibles curas, pero también intenta encontrar a Rosa, una mujer muy pobre, mexicana, de la que se ha enamorado. La referencia a Edipo no es casual: él sale de Tebas para salvar la ciudad de la peste. Bloom recorre América buscando una solución y, al final, cuando el presidente está a punto de declarar la guerra civil y él se siente un fracasado, el narrador hace un zoom sobre el vientre de Rosa. Hay un feto. Su amor ha roto la división genética entre pobres y ricos. Es una historia que no pretende ser realista. Tiene algo de Tati, de cómic, de fantasía. Quería hacer una especie de fábula humana. Bloom no salva el país en el sentido político, pero algo ha sucedido que desmiente la separación absoluta. En un libro apocalíptico, el amor introduce una posibilidad de continuidad, de esperanza.. La novela mezcla registros cultos y populares, lenguaje erudito y expresiones de la calle, sin aceptar una jerarquía entre las palabras. ¿Hasta qué punto esa libertad verbal es también una posición política?. Es absolutamente así. Cuando tenía 20 años, en Portugal existía un diccionario de portugués, digamos, culto, y otro de calão, de la lengua marginal, de las palabras de los barrios, de los pobres, de quienes no estaban cultivados. El diccionario más grande recogía las palabras buenas, aprobadas por la élite y la burguesía; el otro, mucho más pequeño, contenía las palabras que no entraban en el primero. Felizmente, esa división, que era también una lucha de clases, ha desaparecido, y en esta novela me interesaba que, dentro de una misma frase, aparecieran palabras del mundo más cuidado y palabras del mundo marginal. La división entre géneros y entre lenguas buenas y malas son decisiones administrativas. Para mí, el lenguaje tiene que ser libre, y la literatura debe poder utilizar todo lo que contiene.. En su obra, la filosofía, la ciencia, la historia y la mitología entran en la ficción sin convertirse en un escaparate de referencias. ¿Cómo consigue que una idea deje de ser una idea y se transforme en una imagen o en un personaje?. Para mí siempre ha sido natural mezclar las cosas. Leo cientos de libros a la vez: ciencia, ensayo, poesía, cuentos. Puedo estar leyendo diez páginas de un ensayo, después tres poemas y luego un relato. Me gusta mucho una idea de Roland Barthes sobre el texto, esa posibilidad de que un texto pueda contenerlo todo: sonidos, pensamiento, narración. Después de escribir, intento preguntarme qué animal es. ¿Es una jirafa, un cocodrilo, un león? No hay una jerarquía zoológica. Si quiero rapidez, prefiero un tigre; si quiero lentitud, una tortuga. Pero no tiene sentido decir que un tigre es mejor animal que una tortuga. Cada texto tiene sus características y puede alimentarse de ciencia, de arte, de todo lo que encuentre. También me interesa que la lógica pueda perder de repente su gravedad y caer en el absurdo. Una misma página puede pasar de una reflexión muy racional a una situación absurda, de un primer plano a un gran plano general. La libertad está en poder cambiar de velocidad y de escala. Lo que no me interesa es que las referencias aparezcan como un adorno, como una manera de demostrar que uno ha leído mucho. Tienen que convertirse en parte del organismo del texto.. Gonçalo M. Tavares, junto a José Saramago en 2005, cuando recibió el premio homónimo al Nobel portugués.Fundación José Saramago. «Los escritores no somos videntes, vemos lo que todo el mundo ve. Pero sí podemos explicar la realidad en metáforas, ideas mucho más potentes que las simples opiniones». En la novela aparece también Tiresias, el famoso adivino ciego de la mitología griega. ¿Qué pueden ver hoy un escritor o la literatura que no alcanzan a discernir la política, la economía o el periodismo?. No me gusta convertir a los escritores en videntes o profetas, pues creo que vemos lo que todo el mundo ve. Tal vez la diferencia es que los artistas tenemos la capacidad de construir imágenes y de poner la imaginación en movimiento, y las imágenes, las metáforas, tienen más potencia que una opinión o una reflexión. Pienso, por ejemplo, en Wittgenstein. Habla de cuestiones filosóficas muy complejas, sobre qué es una cosa o cuál es su identidad, y después da un ejemplo: una manzana roja sigue siendo roja en la oscuridad total. Esa frase podría ser de Clarice Lispector o de un poeta español. O pensemos en la teoría del caos. Yo no soy físico y no comprendo toda su complejidad, pero si alguien me habla de una mariposa que bate las alas y provoca un tornado al otro lado del mundo, eso se convierte en una fábula que cualquiera puede entender. El poder de la escritura y del arte consiste en crear imágenes y metáforas que nos permitan comprender mejor el mundo y las ideas. No se trata tanto de ver mejor como de mostrar mejor lo que todos tenemos delante.. Habla de libertad y de complejidad del lenguaje y saliendo en su libro un presidente estadounidense uno piensa en Trump… ¿Qué relación hay entre el empobrecimiento de la palabra y el deterioro de la democracia?. Ciertamente, la palabra está en crisis, y la gran raíz del problema está en la educación. En una democracia, las clases de lenguaje deberían ser como las clases de kárate en un país violento. Necesitamos aprender a defendernos, pero en este caso de la violencia de las palabras: saber percibir la ambigüedad, el subtexto, la ironía. En Portugal, la enseñanza de la lengua es demasiado utilitaria, demasiado comunicacional. Pero la primera función de la lengua no es entendernos; es pensar, imaginar, crear mundos. Y la única manera de utilizar todo su potencial es a través de la literatura. Un periódico tiene sus objetivos, la ciencia tiene los suyos, la filosofía busca la verdad; la literatura puede utilizar todas las posibilidades del lenguaje. El dominio de la lengua influye en los amigos que tenemos, en las personas con las que nos relacionamos, en la vida privada y en nuestra capacidad de intervenir en el espacio público. Si no tienes recursos para comprender el lenguaje, pueden engañarte y robarte a través de él. Hoy hay millones de personas que están siendo convencidas con argumentos propios de niños de cuatro años. Trump, y otros como él, pueden decir que un inmigrante ha cometido un delito y concluir que los inmigrantes son delincuentes. Es una generalización elemental, sin embargo, millones de personas aceptan el argumento. No basta con rechazar sus ideas, hay que entender por qué convencen. Las emociones cuentan mucho. Los demócratas tienen que hacer autocrítica. A veces sus discursos parecen artificiales, como si estuvieran vigilando cada palabra, como si no dijeran realmente todo lo que piensan. En cambio, alguien con ideas bárbaras puede resultar espontáneo y conquistar a la gente. La democracia necesita buenos argumentos, pero también que se expresen con naturalidad, sin esa burocracia del lenguaje que resulta insoportable.. «Millones de personas se convencen hoy con argumentos políticos de niños de cuatro años. No basta con rechazar ideas, hay que saber por qué convencen». En este sentido, ha hablado otras veces de la importancia de escuchar al adversario. En un mundo de algoritmos que nos devuelven nuestras propias opiniones, ¿cómo se conserva la posibilidad de pensar contra uno mismo?. No tengo redes sociales, pero percibo perfectamente que el algoritmo nos acerca a aquello que ya nos resulta próximo, nos busca espejos, y si estamos siempre mirándonos a nosotros mismos es difícil ver a los demás. Para mí, pensar significa escuchar al que piensa de manera distinta. Una forma de fortalecer nuestra posición intelectual es escuchar a las mejores cabezas que no piensan como nosotros. No a los que gritan, repiten eslóganes o tienen exabruptos, sino a quienes realmente piensan. Todo el mundo conoce mi posición política de izquierdas, pero puedo citar 20 o 30 autores extraordinarios que están al otro lado de la barricada. Heidegger, Jünger, Céline… Hay cosas que no acepto y posiciones políticas que me repugnan, pero eso no me impide reconocer la potencia de su pensamiento. Elogiar a un pensador no significa elogiar su posición ética o política. El problema es que estamos abandonando el pensamiento y saliendo a la calle con los ojos llenos de conclusiones. La conclusión es el resultado final de una ecuación; si no has pensado, no sabes cómo has llegado hasta ella. Me gusta pensar en Narciso y Eco como figuras contemporáneas. Estamos demasiado fascinados por nuestra imagen y nuestra voz. Decimos algo, escuchamos el final de nuestra propia frase repetido por otros y creemos que alguien nos da la razón, pero sólo estamos oyendo nuestra propia voz.. En sus libros, la razón no siempre conduce al bien, a menudo, el mal más devastador nace de sistemas perfectamente organizados. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que la inteligencia puede estar al servicio de la barbarie?. Siempre hemos pensado que la mayor grandeza del ser humano era su inteligencia. Pero esa misma característica que nos distingue de los animales es la que nos permite hacer el bien y el mal a una escala extraordinaria. Podemos organizar sistemas de ayuda después de un terremoto, coordinar a personas de muchos países y producir una bondad que ningún animal puede organizar de esa manera. Pero la misma inteligencia puede crear los campos de exterminio, una industria del mal, una fábrica de muertos. Esa organización, esa eficacia, esa racionalidad aplicada a la muerte es lo que resulta perverso. Debemos dejar de creer que la verdad, la belleza y la bondad estén necesariamente unidas. Puede haber una persona bella que sea mala, una persona fea que sea éticamente correcta, alguien que diga la verdad y haga daño. Hay combinaciones infinitas entre esas tres variables. Tenía un amigo cuya madre padecía Alzhéimer. Ella estaba convencida de que su marido, muerto diez años antes, seguía vivo. Cada vez que su hijo le decía la verdad, que el padre había muerto, la hacía sufrir. Yo le preguntaba: ¿qué es lo importante, la verdad o la alegría? Para mí, en esa situación, la alegría. Es un ejemplo extremo, pero muestra que el instinto de verdad y el instinto de bondad pueden entrar en conflicto, no siempre basta con tener razón.. Hace unos meses escribió en estas páginas sobre las desigualdades y la empatía de Europa. ¿Qué queda de nuestro continente como proyecto político y moral?. Europa sigue siendo admirable en varios aspectos. Me gusta que no tenga pena de muerte, que el poder del Estado para ejercer la violencia tenga un límite. También creo que es más equilibrada que Estados Unidos en la distribución de la riqueza. Hay una frase que es verdadera, pero absolutamente inaceptable: Estados Unidos es considerado el país más rico del mundo y tiene 40 millones de pobres. Si un país es el más rico del mundo, ¿cómo puede tener 40 millones de pobres? Es una paradoja que nace de una definición económica puramente teórica, basada en el Producto Interior Bruto. Finlandia, Noruega o Suecia son países más ricos que Estados Unidos porque tienen mejores sistemas de asistencia. La idea del mérito absoluto también me parece peligrosa: el rico merece ser rico y el pobre merece ser pobre. Pero no empezamos todos desde el mismo lugar. Mi padre fue un alumno extraordinario, pero procedía de una familia muy pobre. Cuando tenía diez años, en 1952, mi abuelo quería ponerlo a trabajar y fueron sus profesores quienes convencieron a mi abuelo de que debía seguir estudiando. Yo crecí en una casa con una biblioteca de dos pisos y empecé a escribir rodeado de libros. Eso no es mérito mío. ¿Qué mérito tengo yo en haber nacido en Portugal, o tú en España, en lugar de haber nacido en Etiopía? La suerte, las circunstancias, las oportunidades que aparecen o desaparecen deciden mucho más de lo que nos gusta admitir. Tenemos leyes que respetan a las minorías y limitan el poder, y eso importa, pero la pobreza sigue ahí, y me parece inaceptable. La pobreza dinamita la democracia porque excluye a los ciudadanos de la participación pública y debe asumirse como el mayor fracaso de Europa.. «La pobreza dinamita la democracia porque excluye a los ciudadanos de la participación pública y debe asumirse como el mayor fracaso de Europa». Esa pobreza tiene ahora un rostro muy concreto en las protestas por la educación y la vivienda, que están movilizando sobre todo a los jóvenes en Francia, España, Portugal y otros países europeos. ¿Cómo ve esas reivindicaciones?. Me parece que estamos en un periodo muy difícil para los jóvenes. Se está perdiendo el ritmo del progreso. Teníamos la idea de que las generaciones vivirían siempre mejor que las anteriores, pero ahora hay jóvenes que tienen peores condiciones que sus padres y eso supone una ruptura de una expectativa fundamental. En Portugal, los precios de la vivienda en Lisboa se han vuelto una locura. Una habitación puede costar 500 o 600 euros, cuando el salario mínimo ronda los 900. No sé cómo vive la gente. Las protestas pacíficas son una manera de decir que algo tiene que cambiar, me parecen legítimas y el poder político tiene que escucharlas. ¿Cómo se concilia la libertad económica de comprar una casa en otro país con el derecho de las personas a vivir en su propia ciudad? No es fácil. La libertad de circulación de bienes y personas es algo positivo y democrático, pero, cuando hay diferencias tan grandes entre los niveles de vida, puede producir efectos muy peligrosos. La libertad no puede ser un valor absoluto, las comunidades necesitan reglas que limiten ciertas libertades individuales. Los Estados tendrán que decidir si alguien puede comprar una casa para habitarla o alquilarla, pero no acumular viviendas vacías sin límite. De lo contrario, tendremos ciudades fantasma y gente viviendo en la calle.. Defiende una literatura que no se deja arrastrar por la actualidad. ¿Qué debe hacer un escritor para no convertirse en comentarista de los acontecimientos y, al mismo tiempo, no escribir de espaldas a ellos?. La literatura no tiene por qué estar alejada del día. Diario de la peste, que escribí entre marzo y junio de 2020, acompañaba las noticias y hablaba de lo que estaba sucediendo, pero intentaba construir algo literario. Estoy muy orgulloso de ese libro. El escritor tiene que mirar hacia atrás, hacia la historia de la literatura y los clásicos, y también hacia el futuro, para intentar hacer algo nuevo. Pero tiene que tener los pies en el día a día, en la calle. La literatura no puede limitarse a repetir lo que ya sabemos ni a reaccionar inmediatamente a cada noticia. Tiene que encontrar una forma. En ocasiones, para entender el presente, hay que relacionarlo con otros tiempos; en otras, hay que imaginar algo que todavía no existe. Lo importante es que no pierda contacto con el mundo. La literatura no va a detener por sí sola la violencia ni a convencer a los grandes dirigentes, que muchas veces ni siquiera leen libros, pero puede actuar como una resistencia, como un espacio en el que una persona aprende a pensar, a imaginar y a comprender a los demás.. Tras crear durante décadas una obra tan reconocible, ¿cómo se protege de la tentación de repetirte, y de las expectativas del mercado?. Yo intento hacer aquello que todavía no sé hacer, lo que aún no he hecho. Tengo series, como El barrio, El Reino o Mitologías, que son puntos de un mismo camino, pero también tengo muchos caminos. A veces me preguntan por qué no escribo otro libro como Jerusalén, y respondo que ya lo he escrito, no quiero volver a escribirlo. Intentar hacer algo diferente me produce placer y alegría, eso es esencial. Las editoriales que trabajan conmigo ya me conocen, escribo lo que quiero, cuando quiero. No soy un vendedor, soy un escritor. Si tengo diez lectores, perfecto, si tengo 100 o 1.000, perfecto; pero no voy a cambiar nada. Mi grado de exigencia continúa siendo el mismo, cada vez más fuerte.. Habla de la escritura como una necesidad física y existencial. En un mundo que convierte cada vez más cosas en datos, espectáculo y algoritmos, ¿qué sigue preservando la literatura?. Sigo sintiendo un placer brutal al leer, al estar en silencio, con un lápiz, subrayando. Me produce un placer físico increíble, la escritura también responde a una necesidad fisiológica. Me acuerdo de una frase de Visconti: «Para mí, hacer una película es vivir». Pues para mí, escribir es vivir, es impensable no escribir. No quiero exagerar, pero no poder hacerlo sería una tragedia para mi vida. La inteligencia artificial me parece una invención del diablo en el terreno del arte, aunque no hablo de sus usos útiles en la salud o en otros campos. Para mí, escribir no es una técnica ni una actividad que se limite al mundo de la literatura. Es algo existencial. Escribir es una forma de resistir a la pérdida del sentido de la vida. La literatura no va a detener por sí sola la violencia ni a convencer a los grandes dirigentes, que muchas veces ni siquiera leen libros, pero puede actuar como una resistencia, como un espacio en el que una persona aprende a pensar, a imaginar y a comprender a los demás. No tiene el poder de un ejército o un gobierno, es algo más pequeño, pero también más persistente, una manera de no aceptar que el mundo tenga que ser tan estúpido, tan poco empático, como a veces parece.
La Lectura // elmundo
El escritor portugués, el más importante de su país, defiende la ética en la literatura y reivindica la igualdad social como clave contemporánea: »La pobreza es lo que más dinamita la democracia» Leer
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