En el rostro de Francesca Thyssen-Bornemisza (Lausana, 68 años) se percibe satisfacción y cierto alivio. Han pasado dos días desde que el Museo Thyssen de Madrid anunciara que tendrá una segunda sede en el Palacio de Hielo, en 2032, a pocas calles de donde se encuentra el museo en el centro de Madrid, y donde se albergarán las 365 obras que la coleccionista ha donado y prestado a la institución. “Una para cada día del año”, dice, con una sonrisa, la fundadora de la colección TBA21 (sustentada en arte del siglo XXI) e hija del barón. Hace más de cuatro años que había anunciado su intención de que su legado acabara en el museo madrileño donde se reúne el de su padre y el de Carmen Cervera. Objetivo cumplido: más de 8.000 metros cuadrados para exponer sus obras y organizar otro tipo de actividades, todo financiado por el Estado.. Seguir leyendo
El Estado financiará un nuevo edificio que albergará las 365 obras que la hija del barón ha donado y prestado. “Estoy jubilada”, dice para dejar protagonismo a su fundación TBA21 y a la pinacoteca en la gestión de este centro en Madrid
En el rostro de Francesca Thyssen-Bornemisza (Lausana, 68 años) se percibe satisfacción y cierto alivio. Han pasado dos días desde que el Museo Thyssen de Madrid anunciara que tendrá una segunda sede en el Palacio de Hielo, en 2032, a pocas calles de donde se encuentra el museo en el centro de Madrid, y donde se albergarán las 365 obras que la coleccionista ha donado y prestado a la institución. “Una para cada día del año”, dice, con una sonrisa, la fundadora de la colección TBA21 (sustentada en arte del siglo XXI) e hija del barón. Hace más de cuatro años que había anunciado su intención de que su legado acabara en el museo madrileño donde se reúne el de su padre y el de Carmen Cervera. Objetivo cumplido: más de 8.000 metros cuadrados para exponer sus obras y organizar otro tipo de actividades, todo financiado por el Estado.. Más información. Francesca Thyssen cuenta que hacía ya algún tiempo se había fijado en ese edificio monumental que veía desde su casa en Madrid. La coleccionista y su equipo empezaron a indagar y descubrieron que el Palacio de Hielo y Automóvil, primera sede del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) en 1939, que llevaba cerrado desde 2007, era propiedad del Ministerio de Hacienda y estaba gestionado por Patrimonio Nacional. Con la ayuda del museo, relata, comenzó “un proceso largo y duro” en el que han participado nombres tan importantes del arte español como María de Corral, exdirectora del Museo Reina Sofía, miembro del patronato del Thyssen. “Llevaba ya un tiempo diciéndome que tenía que traer ya mi colección a España”, confiesa Francesca Thyssen. A su lado también tenía a Guillermo Solana, director artístico del museo, que siempre había tenido el deseo, en sus propias palabras, de que volvieran “los artistas vivos”, los mismos que participaron de la fundación de la pinacoteca.. La única manera de conseguir que creadores contemporáneos llenaran unas salas ya saturadas —el Thyssen recibió más de un millón de visitantes en 2025, según datos del Ministerio de Cultura— era en nuevos espacios. Pero para eso, había otro requisito: si finalmente Hacienda y Cultura se ponían de acuerdo para donar el edificio, restaurarlo y adecuar el espacio, Francesca Thyssen tendría que donar parte de su colección al museo porque, según sus estatutos, no pueden comprar nuevas obras. Solo pueden entrar en los fondos de esta institución piezas de las colecciones familiares. Francesca Thyssen tenía previsto desde hace años esta fórmula que ahora se ha concretado por dos vías: la donación ―sin contraprestación económica, ni retorno privado de ningún tipo― de 186 obras, valoradas en casi 16 millones de euros, que pasarán a la colección Thyssen-Bornemisza; y el préstamo a largo plazo y sin contraprestación económica de 179 piezas, valoradas en 10 millones.. “Los espacios culturales son importantísimos porque son un lugar donde visiones encontradas pueden tener un diálogo», dice Francesca Thyssen, que posa para EL PAÍS el 18 de septiembre. MOEH ATITAR. “Mi compromiso al donarlas era darles un propósito real y que pudieran estar en un espacio permanente y temporal, en movimiento, en constante evolución”, apunta. Sobre el futuro del resto de su fundación, que sustenta desde 2002, no aclara si continuará cediendo piezas al museo: solo insiste en que TBA21 y los organismos que forman parte de la misma, como la Academia, son autónomos.. —¿Y usted qué papel tendrá en esta nueva sede?. —Tengo 67 años, estoy jubilada; escribo libros y estoy estudiando el siglo XIII en Asia.. De esta manera trata de zanjar la cuestión y, además, añade: “Quiero hacer una corrección: no soy yo, somos nosotros”. En esa primera persona del plural incluye la respuesta cuando se le pregunta si la futura sede llevará su nombre. “Este no va a ser el museo TBA21, ni el museo de Francesca, ni nada parecido”, afirma, “ya he pasado por ese periodo en el que mi identidad estaba tan pegada al trabajo”. Al mismo tiempo reconoce que para los madrileños el Thyssen ha estado siempre relacionado con su padre y Cervera, su última mujer. “Esta vinculación le hizo muy difícil al museo encontrar su identidad. Por eso nuestro enfoque en TBA21 es más institucional, este es un trabajo colectivo”, opina.. Hasta ahora, en el Thyssen se han desplegado las colecciones del barón y de Carmen Cervera —que se resolvió por fin en 2022 con un alquiler de 15 años a cambio de 97,5 millones de euros—, en los espacios principales. En 2019, Francesca Thyssen llegó a un acuerdo con el museo para exponer dos veces al año piezas de TBA21. Aquel pacto, que tenía un plazo de cuatro años, se ha prorrogado desde entonces. Las obras de esta colección han tenido un lugar fijo en el museo, en una de las plantas inferiores, pero con el paso de los años empezaron a conversar con las piezas de su padre. Borja Thyssen, hijo de Cervera, adoptado por el barón, y Blanca Cuesta, su mujer, también programan varias veces al año sus propias muestras.. Paz social familiar. En el nuevo museo se reordenará esta aglomeración, en otra escenificación de la paz social que reina en esta familia desde hace, por lo menos, seis años, cuando los titulares en la prensa del corazón, de la que esta familia es habitual, cambiaron la palabra guerra por la de convivencia. Borja y Francesca se llaman hermanos en público. El hijo de Cervera se refiere a la coleccionista con el apelativo “Chesca”. “Hace poco celebramos los 100 años de mi padre”, recuerda una mujer que se inventó una forma nueva de ejercer el mecenazgo artístico muy alejado del de su progenitor, del que siempre buscó su reconocimiento y que supo, tras su muerte, que siempre había tenido. “Tita ha sido muy generosa en todo este proceso. No ha sido fácil aceptar que algo que ella hizo realidad quizá se duplique en tamaño. La veo también como una extensión de mi padre; me importan ella y su bienestar, y debemos reconocer también las cosas increíbles que aportó al museo a lo largo de los años”, añade Francesca Thyssen a este capítulo familiar.. Posando delante de un retrato de su padre, el barón Von Thyssen-Bornemisza, realizado por Lucian Freud. MOEH ATITAR. El museo, los ministerios y Francesca Thyssen se preparan para un largo proceso administrativo en el que el Estado, recuerda constantemente la coleccionista, se encargará de elegir por concurso público a las empresas que idearán un espacio que, espera, se aleje del concepto tradicional de pinacoteca para convertirse en “un museo del siglo XXI”. “Lo que quiere la gente es tener un acceso abierto, acogedor y práctico, que pueda ser un refugio climático, incluyente con la visión de los jóvenes, porque pretendemos que sea para las próximas generaciones”, plantea, en la línea con la que decidió fundar TBA21 hace más de dos décadas con una gran apuesta por la conservación de los océanos, la inclusión de artistas indígenas y del trabajo de las mujeres.. “Los espacios culturales son importantísimos porque son un lugar donde visiones encontradas pueden tener un diálogo. Ya sé que puede parecer muy ingenuo, pero estamos aquí para hacer preguntas y que la gente encuentre sus respuestas en un lugar seguro”. Francesca Thyssen añade otro interrogante: “Tal vez la pregunta que debamos hacernos estos años, hasta que abra la nueva sede, es si el arte sobrevivirá a las próximas dos generaciones o será algo totalmente distinto”.
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