Cuando Peter Handke (Griffen, 1942) dio su discurso del Nobel, no pudo evitar referirse a su madre, Maria Siutz, tan presente en su obra, así como a los «sucesos inauditos» que ella le contaba en la niñez. Uno, decisivo, ocurrió a finales del verano de 1943. Gregor Siutz, el mayor de sus hermanos, volvía de permiso desde el frente de Crimea cuando, al bajar del autobús, se cruzó con el encargado de llevar las malas noticias de la guerra a la comarca. Este se dirigía a su casa y se ahorró el viaje, pues se lo comunico a él: Hans, el hermano menor, destinado en el frente septentrional ruso, había muerto.. La familia recibió con cantos y júbilo al primogénito, que, incapaz de ser mensajero del dolor, calló lo que sabía. Quien era el más hogareño en tiempos de paz evitó su casa y vagó por las aldeas vecinas de Carintia, llorando desconsolado ante conocidos y desconocidos. Semanas después, también él cayó en combate. «Su llanto no cesó», decía la madre de Handke. Handke no conoció a aquel tío, su padrino, pero de niño oía leer sus cartas del frente, que sonaban a literatura (fragmentos de ellas aparecen en Siempre tormenta), y a los 20 años escribió a su madre este sueño que tuvo: él era su tío y vivía en sí mismo todo lo que a él le pasó. Se volvió una ausencia presente, casi un hermano mayor (el primero de la familia que escribió «de verdad»), y su nombre recorre sus libros desde su novela inaugural, Los avispones.. Traducción de Carlos Fortea. Alianza. 160 páginas. 17,95 € Ebook: 13,99 €. En el discurso, Handke dijo que este recuerdo aún no se había convertido en literatura, que lo haría si el destino se lo concedía, e imaginó un título, La segunda repetición, un guiño a su novela de 1986, la travesía en solitario de Filip Kobal hacia Eslovenia tras el rastro de un hermano desaparecido, otro Gregor. La balada del último cliente es, finalmente, esa transposición narrativa: el tío materno aparece como Gregor Werfer, que vuelve desde otro continente a su región natal para pasar una semana con los suyos y que llega sabiendo (lo ha leído en el móvil) que el benjamín, alistado en la Legión Extranjera, ha muerto en los trópicos, y se lo guarda para sí. Para esa semana ha interrumpido una de sus «expediciones unipersonales», de las que vive desde que tiene memoria, en condición de «cronista».. En la cena, solo cuenta de él, desplazando en el tiempo una confidencia verdadera, que ha conocido por primera vez el amor. Luego esquiva la compañía de los suyos: deambula por las calles, se extravía en el bosque, duerme en el cráter de una bomba de la última guerra o en el cuarto trasero de una vieja fonda, y aspira cada noche a ser el último cliente. Este Gregor, ex ayudante en un departamento de Geología, observa el mundo como Valentin Sorger, el también geólogo de Lento regreso: descifra con minucia cada superficie y cada relieve, de la naturaleza o de la ciudad. Detrás está Paul Cézanne, el pintor que retrató decenas de veces una misma montaña. Handke siguió sus huellas en La doctrina del Sainte-Victoire y aprendió de él a volver con paciencia una y otra vez al mismo lugar, a buscar la forma justa en lo más sencillo, una manzana o una roca, y a leer el paisaje como si fuera escritura.. ¿Es Gregor un Ulises centroeuropeo? El epígrafe, del canto XX de la Odisea, es la pregunta del héroe por un refugio. Al bajar del autobús, Gregor desea que alguien lo reconozca, del modo que sea, aunque fuera para desenmascararlo. Nadie lo hace. Solo se le acerca un perro vagabundo, que lo sigue y, cuando él le sostiene la mirada, aúlla y se aleja. Como Argos en Ítaca, es el único que parece reconocerlo. Pero el regreso está invertido: quien llega mendigando una mirada pasa la semana rehuyendo la de su familia, porque ser reconocido por ella le obligaría a decir la verdad. El libro lee a Homero como un arte del aplazamiento. «A veces, cuando Ulises está solo, empieza a narrar, ¿y a quién narra? A su propio corazón», anota Gregor. El título dice balada, y el libro es un canto en prosa. Tras dos partes en tercera persona que se deslizan hacia la primera, la última estalla en anotaciones propias de un cuaderno siempre a mano, donde memoria y observación microscópica se funden. Antes, frente a un huerto que plantó un antepasado, Gregor se ha preguntado si con él no se acabarán los primogénitos llamados como él: sin pareja desde hace tiempo y sin hijos,sabe que la estirpe termina en él. Quizá quepa ver ahí al propio Handke, uno de los últimos grandes escritores en alemán de su generación, marcados por la posguerra.. La balada del último cliente se lee como una última variación handkiana sobre sus motivos recurrentes: el hermano ausente, el regreso lento, el paisaje como escritura, la anotación y la épica de lo mínimo reaparecen con otra cara, pero reconocibles. La morosidad, los incisos y la ausencia de una intriga convencional no son rasgos nuevos en él, véanse La ladrona de fruta o Mi año en la bahía de nadie. Aquí no estorban, porque el relato tarda en decir lo que Gregor tarda en decir, y quien acepta ese ritmo descubre en el aplazamiento una forma particular del duelo. Y lo hace con una cadencia que simula el andar, con sus subordinadas, pausas y rodeos, con el camino ocupando el lugar de la trama. Esa lentitud va a contracorriente de la prisa de la Ciudad Nueva, y es en los extravíos deliberados de Gregor donde alcanza sus momentos de revelación. Con este libro, Handke ha cumplido lo que anunció en Estocolmo. En él, están presentes el hermano inventado y el tío real, aquel soldado que lloraba de pueblo en pueblo, y su llanto, ese que según la madre no cesó nunca, resuena en estas páginas
La Lectura // elmundo
El escritor cumple el anuncio que hizo en su discurso del Nobel y mezcla en La balada del último cliente (Alianza) sus temas recurrentes -el hermano ausente, el regreso lento, el paisaje como escritora y la épica de lo mínimo- con la Odisea homérica Leer
El escritor cumple el anuncio que hizo en su discurso del Nobel y mezcla en La balada del último cliente (Alianza) sus temas recurrentes -el hermano ausente, el regreso lento, el paisaje como escritora y la épica de lo mínimo- con la Odisea homérica Leer
