Un joven hereda la casa de su abuela en Santiago, lo que despierta los celos y envidias de sus tías que esperaban ser las merecedoras de dicho legado. Mientras tanto, él intenta hacerse un espacio en una ciudad y un entorno no muy acogedores, sobre todo por ser él un muchacho excesivamente protegido y con sobrepeso que no se esfuerza en tener amigos ni en cultivar sus relaciones familiares. Estructurada en breves capítulos, Regalón, la primera novela de Cristian Hualacan (1995), está atravesada por una estética minimalista que construye un mundo donde se sugiere más de lo que se explicita; donde las omisiones y los sobreentendidos son lo que llevan la voz cantante de las relaciones humanas, y donde no hay una épica de la superación, sino apenas de la supervivencia ante un mundo que, más que hostil, es indiferente ante todos y cada uno de los que componen el escenario donde se desarrolla la acción. Seguir leyendo
Estructurada en breves capítulos, ‘Regalón’, la primera novela de Cristian Hualacan, está atravesada por una estética minimalista que construye un mundo donde se sugiere más de lo que se explicita
Un joven hereda la casa de su abuela en Santiago, lo que despierta los celos y envidias de sus tías que esperaban ser las merecedoras de dicho legado. Mientras tanto, él intenta hacerse un espacio en una ciudad y un entorno no muy acogedores, sobre todo por ser él un muchacho excesivamente protegido y con sobrepeso que no se esfuerza en tener amigos ni en cultivar sus relaciones familiares. Estructurada en breves capítulos, Regalón, la primera novela de Cristian Hualacan (1995), está atravesada por una estética minimalista que construye un mundo donde se sugiere más de lo que se explicita; donde las omisiones y los sobreentendidos son lo que llevan la voz cantante de las relaciones humanas, y donde no hay una épica de la superación, sino apenas de la supervivencia ante un mundo que, más que hostil, es indiferente ante todos y cada uno de los que componen el escenario donde se desarrolla la acción. El mundo del narrador y su abuela —a la que llama “yaya”, “misma palabra que usábamos para decir herida cuando chicos”— oscila entre un Santiago de los márgenes y la Araucanía de las orillas del lago Budi y de Puerto Saavedra. Aquí están sus tías y sus primos, quienes mantienen un estilo de vida pausado, intercalando una socialización tranquila propia de las zonas rurales con los partidos de fútbol con los primos. No así la vida de la capital, donde las costumbres están más determinadas por la televisión y una vida crecientemente moderna. En Santiago su abuela juntaba cachureos, los rastros descompuestos de ese pasado que, según ella, algún día servirían para algo. La vida de ambos está siempre amenazada por la precariedad, ya sea por las lluvias que se filtran en la casa o por la enfermedad que acecha a la vuelta de la esquina. Un elemento determinante en Regalón es la orfandad del narrador, quien se quedó viviendo con su abuela luego de la muerte de su madre. La abuela hace todo lo posible por educar a ese nieto regalón, pero está lejos de tener todas las herramientas para hacerlo adecuadamente. Sí, le reprocha su descuido con los estudios, pero en otras dimensiones es poco lo que puede entregar: “No estaba permitido responder ni preguntar cosas relacionadas con los sentimientos: por eso no sé qué sentir ahora”. O, en otra ocasión: “los dos tenemos problemas para mirar a los ojos, pero ella esquiva más”. Las horas frente al televisor son sus momentos de encuentro, donde más que palabras abundan los gestos con los cuales se cuidan y acompañan. Las explicaciones de la abuela ante la pérdida de su madre, sin embargo, no han sido suficientes: “En el campo hice más preguntas, y solo escuché a las gallinas, al viento y a los perros. Primero el viento tibio, luego las hojas y después un temporal como respuesta”. Eso no es todo; en el presente del relato también su abuela ha fallecido, por lo que el narrador se ve obligado a valérselas por sí mismo. La presencia de las mujeres es, en su fa
