La noche del cóctel de la editorial del millón de euros me marché a casa a la francesa, justo cuando también se despedía de varios aduladores en la puerta esa presidenta que tiene carita de Lillian Gish pero es todo menos actriz de cine mudo. Me dolía la cabeza del eco de la galería de cristal, donde zumbaba un enjambre de insectos satánicos. Dejé atrás a esas mujeres flaquísimas que encaramadas en tacones como zancos parecían bicho palos y a esos señores de pelo blanco e impecables trajes de lana fría con pinta de comer cada día de la semana en restaurantes con reservado (“hoy fuera de carta tenemos vieira con crema de apio nabo o cigalas acompañadas de cachelos gallegos y ropa vieja”). Todos se peleaban por saludar a un regidor muy bajito de rostro gazmoño y zapatos castellanos relucientes al que se había arrimado el muchacho trepa de la melena llena de grasa. Otro de similares características pero menos exitoso se movía por todo el espacio como lo hacíamos los demás: en busca de algo indeterminado (o de algo tan concreto que no se puede contar). Cuando salí al Paseo del Prado a coger el metro, una prófuga de la misma fiesta subida en estiletos llamaba a un coche junto a la parada de Banco de España, con tal ansia que se diría que acababa de atracarlo, pero la cara no se le inmutaba gracias al botox. Yo me metí en el metro y salí al otro lado de la M30. El silencio era analgésico. El aire del barrio obrero olía a tortilla francesa, suavizante y adelfas: la España que madruga se acuesta prontísimo y vive entre flores preciosas pero venenosas. De reojo me colé en la intimidad de los bajos. En uno de ellos una chica con un pijama acrílico lleno de bolas reñía a su hijo por no haberse ido aún a la cama. En otro, una señora daba puntadas a una labor que solo ella misma apreciará. En el otro, un hombre sin camiseta se inclinaba con su cuchara sobre un plato hondo mientras la luz de la tele le iluminaba la cara. Daba las noticias una mantis clavada a la del taxi.. Seguir leyendo
La noche del cóctel de la editorial del millón de euros me marché a casa a la francesa, justo cuando también se despedía de varios aduladores en la puerta esa presidenta que tiene carita de Lillian Gish pero es todo menos actriz de cine mudo. Me dolía la cabeza del eco de la galería de cristal, donde zumbaba un enjambre de insectos satánicos. Dejé atrás a esas mujeres flaquísimas que encaramadas en tacones como zancos parecían bicho palos y a esos señores de pelo blanco e impecables trajes de lana fría con pinta de comer cada día de la semana en restaurantes con reservado (“hoy fuera de carta tenemos vieira con crema de apio nabo o cigalas acompañadas de cachelos gallegos y ropa vieja”). Todos se peleaban por saludar a un regidor muy bajito de rostro gazmoño y zapatos castellanos relucientes al que se había arrimado el muchacho trepa de la melena llena de grasa. Otro de similares características pero menos exitoso se movía por todo el espacio como lo hacíamos los demás: en busca de algo indeterminado (o de algo tan concreto que no se puede contar). Cuando salí al Paseo del Prado a coger el metro, una prófuga de la misma fiesta subida en estiletos llamaba a un coche junto a la parada de Banco de España, con tal ansia que se diría que acababa de atracarlo, pero la cara no se le inmutaba gracias al botox. Yo me metí en el metro y salí al otro lado de la M30. El silencio era analgésico. El aire del barrio obrero olía a tortilla francesa, suavizante y adelfas: la España que madruga se acuesta prontísimo y vive entre flores preciosas pero venenosas. De reojo me colé en la intimidad de los bajos. En uno de ellos una chica con un pijama acrílico lleno de bolas reñía a su hijo por no haberse ido aún a la cama. En otro, una señora daba puntadas a una labor que solo ella misma apreciará. En el otro, un hombre sin camiseta se inclinaba con su cuchara sobre un plato hondo mientras la luz de la tele le iluminaba la cara. Daba las noticias una mantis clavada a la del taxi. Seguir leyendo
La noche del cóctel de la editorial del millón de euros me marché a casa a la francesa, justo cuando también se despedía de varios aduladores en la puerta esa presidenta que tiene carita de Lillian Gish pero es todo menos actriz de cine mudo. Me dolía la cabeza del eco de la galería de cristal, donde zumbaba un enjambre de insectos satánicos. Dejé atrás a esas mujeres flaquísimas que encaramadas en tacones como zancos parecían bicho palos y a esos señores de pelo blanco e impecables trajes de lana fría con pinta de comer cada día de la semana en restaurantes con reservado (“hoy fuera de carta tenemos vieira con crema de apio nabo o cigalas acompañadas de cachelos gallegos y ropa vieja”). Todos se peleaban por saludar a un regidor muy bajito de rostro gazmoño y zapatos castellanos relucientes al que se había arrimado el muchacho trepa de la melena llena de grasa. Otro de similares características pero menos exitoso se movía por todo el espacio como lo hacíamos los demás: en busca de algo indeterminado (o de algo tan concreto que no se puede contar). Cuando salí al Paseo del Prado a coger el metro, una prófuga de la misma fiesta subida en estiletos llamaba a un coche junto a la parada de Banco de España, con tal ansia que se diría que acababa de atracarlo, pero la cara no se le inmutaba gracias al botox. Yo me metí en el metro y salí al otro lado de la M30. El silencio era analgésico. El aire del barrio obrero olía a tortilla francesa, suavizante y adelfas: la España que madruga se acuesta prontísimo y vive entre flores preciosas pero venenosas. De reojo me colé en la intimidad de los bajos. En uno de ellos una chica con un pijama acrílico lleno de bolas reñía a su hijo por no haberse ido aún a la cama. En otro, una señora daba puntadas a una labor que solo ella misma apreciará. En el otro, un hombre sin camiseta se inclinaba con su cuchara sobre un plato hondo mientras la luz de la tele le iluminaba la cara. Daba las noticias una mantis clavada a la del taxi.. Seguir leyendo
