A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. “¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?”, protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. “A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho”, remacha Merino. “Y yo, pues no quiero ser un matón”.. Seguir leyendo
A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. “¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?”, protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. “A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho”, remacha Merino. “Y yo, pues no quiero ser un matón”. Seguir leyendo
A Israel Merino (Toledo, 2000), en el pueblo donde se crio le llaman el matón. No porque se haya llevado a nadie por delante o lo haya amagado: es una herencia familiar. De un bisabuelo materno, que una vez se ventiló de un puñetazo a un toro que se había escapado. O eso cuenta la leyenda. “¿Y por qué tengo que cargar yo con el mote de matón, si no tengo media hostia?”, protesta el escritor al teléfono. Es lo que tienen los sitios pequeños, que a veces las identidades se comprimen en un apodo y que, para colmo, el mérito ni siquiera es propio sino que viene de serie, como una mancha mongólica. También, que los traumas, como los sobrenombres, se van enquistando y se extienden entre las generaciones. “A mí se me juzga por lo que mis antepasados han hecho”, remacha Merino. “Y yo, pues no quiero ser un matón”.. Seguir leyendo
