Todas mis amigas tienen el mismo sofá del Ikea /se llama FRIHETEN cuesta 649 euros /menos el modelo gris claro que cuesta /549 euros/ese es el que tienen mis amigas. Es la primera estrofa del poema FRIHETEN (libertad, en sueco) de Mayte Gómez Molina, que triunfa con su novela La boca llena de trigo (Anagrama) pero que se dio a conocer con sus poemarios sobre la precariedad juvenil, como Circuito cerrado de vigilancia (Ed. Cielo Santo, 2024). Y su FRIHETEN sobre la supuesta libertad de vivir en la ciudad que has nacido (que se lo digan a barceloneses, madrileños, malagueños…) sirve de prólogo de Ladrillo, una instalación del artista y arquitecto Xavier Lozano, alias Heeey, que acaba de estrenar en La Capella de Barcelona.«Vivir en la ciudad se ha convertido en una especie de carrera de resistencia en la que quedarse ya no depende únicamente de nuestro deseo o arraigo», suspira Lozano. Primero fue el céntrico Eixample, después el Born y Gràcia, ahora casi toda Barcelona se ha gentrificado. Y Lozano ha encontrado en el ladrillo, «el más simple y barato de los materiales», el objeto más acertado para reflexionar sobre la especulación, añadiendo un algoritmo generativo para completar la metáfora de la problemática de la vivienda.«Una serie de fuerzas económicas reorganizan continuamente el espacio de la ciudad, determinando quién puede seguir habitándolo. Cada vez son más abstractas y difíciles de localizar: como un algortimo», compara. En la entrada de su instalación una pared blanca con (a priori) caprichosos tochos blancos, rojos, azules y verdes recibe al visitante: podría ser una escultura pop de píxeles pero resulta ser la materialización de las estadísticas del Ayuntamiento desde los Juegos Olímpicos («fue el punto de inflexión», incide Lozano) sobre la preocupación por la vivienda, su encarecimiento y la relación del poder adquisitivo.En el suelo hay 36 ladrillos perfectamente colocados en una sinfonía cromática arcoiris, un orden que apenas dura unos segundos. Esta vez, en el típico cartel de museo de NO TOCAR se ha tachado el no. Para que esta instalación funcione el público no solo debe tocar, sino agacharse y moverse por la sala, contar y descubrir dónde está el este y el oeste: todo para trasladar los ladrillos siguiendo unas instrucciones muy precisas. Se aprieta un botón en la pared y aparece en una pantalla un mensaje: Forma una serpiente con 11 ladrillos, Mueve el ladrillo #20 a 30 centímetros al oeste (¡pero si ahí no cabe!), Pon el ladrillo #16 al lado de la pared, etcétera. Los tochos están numerados y el público dispone de un metro para ayudarse a colocarlos.El artista sabe sobradamente que sus instrucciones no se van a seguir: habrá errores, cada uno hará lo que pueda (o lo que quiera). «Soy consciente del componente de caos. Es lo mismo que sucede en la ciudad:unos poderes económicos nos van desplazando de forma forzosa y aparentemente azarosa», señala. La escultura va
La Lectura // elmundo
El artista y arquitecto Xavier Lozano estrena una divertida instalación de arte generativo con tochos para denunciar la gentrificación de Barcelona Leer
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