Por aquel entonces, otoño de 1995, el mítico 162 de la calle Trocadero solía estar cerrado, pero no era inexpugnable (como casi todo allí). Una de las ventanas de la planta baja permanecía abierta durante el día, y eso hizo Antón Arrufat, lanzar un grito a través de la reja preguntando si había alguien dentro. Así fue como la gobernanta, que conocía del barrio a Arrufat (vivía a una o dos cuadras), nos franqueó la entrada a la casa de Lezama Lima. Ha sido una de las visitas más tristes que nadie haya hecho jamás a una casa museo de ninguna parte.. Aquella Habana, la del «periodo especial» que sucedió a la caída de la Unión Soviética («especial», por especialmente emputecida), vivía expectante. Por primera vez se hablaba del final del régimen. Cuba pasó de ser, sin embargo, la pasiva de Rusia a la dominatrix de la Venezuela de Chávez y supongo que aquella casa museo, de existir aún, será una mixtificación. Ya entonces había desaparecido literal y metafóricamente: los cuadros valiosos de sus amigos pintores los habían robado, su biblioteca había sido saqueada salvajemente y los jóvenes que no se habían largado al exilio le habían dado la espalda. En parte porque los dos únicos supervivientes de la revista Orígenes que quedaban en La Habana, Cintio Vitier y Fina García Marruz, seguían emperrados en hacer de Lezama lo que habían hecho con Martí: un mártir por la Revolución como el otro había sido un mártir de la Independencia. Un despropósito: Lezama, que había acogido ilusionado la Revolución como la mayoría de escritores, intelectuales y artistas, fue de los primeros en sufrir la vesania del régimen que se ensañó especialmente con los homosexuales como él, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Severo Sarduy, Arrufat y tantos.. Todo esto está contado admirablemente en José Lezama Lima: una biografía, de Ernesto Hernández Busto, editada por Pre-Textos. Lleva treinta años escribiéndola. Demasiado modestos en mi opinión el autor y los editores: no es «una biografía», será durante años «la biografía» de Lezama, apasionante y única.. De los tres tomos en que la han dividido, acaba de publicarse el primero, los años de formación. Va de 1910, año en que nació Lezama, a 1939, cuando deja a un lado a «su único maestro reconocido», JRJ (lo había tratado mientras los Jiménez permanecieron en la isla). Aunque su autor pida disculpas por demorarse en describirnos la Habana prelezamesca, resulta necesario para entender esa prodigiosa ciudad. Lo que se nos cuenta en los otros dos tomos (dedicado uno a la Edad de Oro de la Habana, el Paradiso, de 1939 a 1958, año en que Castro se impone, y otro al Inferno comunista, hasta 1975, año de la muerte de Lezama), es aún más apasionante (los he leído en pdf).. Desde las primeras páginas se ve claramente la clase de biografía que es esta. Desde luego, a favor de Lezama (cierta moda moderna es escribirlas contra el biografiado), pero sin hurtarnos ninguna de las sombras de su autor (educadamente ecuánime) ni el tramado increíble y escogido de unos personajes tanto o más novelescos que el propio Lezama (su hermana Eloísa, por ejemplo, una de los dos millones a los que Castro mandó al exilio).. A ella, que lo adoraba, le dijo en una carta: «En mi vida no hay anécdotas; perdona que solo te hable de cosas intelectuales». No es verdad: La Habana, hoy solo una ciudad muerta a la que el ciclón adecuado puede barrer del mapa, hubo un tiempo en que trató culturalmente de tú a tú a Méjico, Chile o Buenos Aires…Y vitalmente, ninguna la superaba. Hasta que llegaron los comunistas, claro.. «¿Lo que más admiro de un escritor? Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezcan que van a destruirlo. Que destruya el lenguaje y que cree el lenguaje. Que durante el día no tenga pasado y que por la noche sea milenario. Que le guste la granada que nunca ha probado y que le guste la guayaba que prueba todos los días. Que se acerque a las cosas por apetito y que se aleje por repugnancia», dijo en una entrevista este poeta, novelista y crítico tan fascinante como hermético y contradictorio, tan epicúreo como desdichado, tan vitalista como trágico, tan cosmopolita como provinciano, algo que tratará uno de dilucidar, a partir de esta gran biografía, la semana que viene (Continuará).
La Lectura // elmundo
Aquella visita al hogar de Lezama Lima, al mítico 162 de la calle Trocadero, con La Habana en pleno «periodo especial», fue de las más tristes que nadie haya hecho jamás a una casa museo de ninguna parte Leer
Aquella visita al hogar de Lezama Lima, al mítico 162 de la calle Trocadero, con La Habana en pleno «periodo especial», fue de las más tristes que nadie haya hecho jamás a una casa museo de ninguna parte Leer
