No era suficiente con tener cada ojo de un color distinto.También era dueño de una mirada inteligente y arrebatadora, como si un extraterrestre hubiera memorizado la historia de la humanidad en dos microsegundos y hubiera elegido calzarse unas plataformas, un mono apretado y mullet, para lucirlos después con la elegancia clásica de un lord. Hablo de David Bowie, ser celestial adorado por sus fans y no tan fans desde mucho antes de su fallecimiento en 2016. Yo pertenezco al segundo grupo: más allá de algunas de sus canciones que siempre me han acompañado, me interesa Bowie por la manera particular en que se conectaba con su tiempo y con el futuro. Por eso me sorprendió el dato que leí en un texto publicado en una web del NHS (servicio nacional de salud británico), titulado «Dientes e identidad nacional».. Tristemente, Bowie fue un hombre común en al menos una cosa, que puede parecer irrelevante pero para los ingleses es trascendental. Al parecer, una de sus transformaciones no tuvo vuelta atrás. Hablo de la sonrisa juvenil del apuesto David Jones de los 60, o la traviesa y vampírica del Bowie de los 70, esos dientes gloriosamente imperfectos que identificaban al hombre que cayó a la tierra como un chico inglés de la periferia. Sus dientes empezaron a cambiar a principios de los años 80, a raíz de su matrimonio con la supermodelo Iman, hasta que emergió lo que podríamos denominar sonrisa americana completa. Es difícil determinar si el cambio se debió a la presión estética y social o a una nueva reinvención, sin embargo, para el NHS está claro que se trata de un acto antipatriótico más bien decepcionante, una traición a la identidad nacional que defiende la belleza pragmática de los dientes ingleses torcidos y macilentos, herencia de décadas de malas condiciones higiénicas y de alimentación: «Podría decirse que esto contradice la idea de que uno de los grandes logros de Bowie fue anunciar un mundo en el que se pudiera aceptar la diferencia». Glups.. Poco después de leer sobre los Bowie me topé con un vídeo de Bad Bunny donde aparece con Residente respondiendo mensajes de los fans. Alguien les pregunta cada cuánto van al dentista y Benito lanza una inesperada diatriba contra su sonrisa profident. «Es el peor error que puede cometer un ser humano. Por más feos que tengas los dientes, por más jodidos, no te hagas los dientes, yo me arrepiento todos los días de mi vida». Como es sabido, para ponerse carillas hay que limar el esmalte original, es decir, antes de convertirse en príncipe hollywoodiense hay que convertirse en una especie de Gollum de dientes pequeños y puntiagudos (se recomienda googlear).. «La propaganda estuvo siempre ahí, pero ahora nos enfrentamos a algo más parecido a la anulación por inundación». Después no hay vuelta atrás. Si un día se cae una carilla y no hay dinero, uno pasa a formar parte de una especie entre el humano y el reptil. El puertorriqueño hace otra apreciación interesante: «Entras en el género urbano y parece como que no eres artista hasta que te haces los dientes». «Es verdad», responde Residente, «todo el mundo tiene una sonrisa bien cabrona, así como de Chayanne».. No es esta una cuestión menor. La sonrisa perfecta lleva imponiéndose como deseable desde hace décadas, el mismísimo Bowie cayó. Más que una cuestión estética, este es un caso de homogeneización cultural. Porque una sonrisa desordenada es peligrosa, desafiante: nos dice que su dueño está cómodo con su imagen, que se las apaña bien con lo que le concedió la naturaleza. Las redes actúan como una lente de aumento de la presión estética y la publicidad de sus servicios, por eso la mutilación del esmalte es una epidemia que alcanza ya a los veinteañeros. Pero está surgiendo, me parece oír, una tímida reacción a todo esto, quizá venga del espacio sideral -¿eres tú, David, también te arrepientes?-; una desobediencia que se extiende a los pinchazos para rejuvenecer el rostro mediante el borrado de las líneas de expresión.. «De una forma laxamente paradójica, el anonimato es una característica de la ausencia: es la ausencia de características. Un rostro joven es anónimo; está vacío de expresiones y de rasgos que lo identifican y nombran. A medida que envejece, adquiere las huellas que lo distinguen de los demás. Una cara que se va arrugando es cada vez menos anónima», escribe Valeria Luiselli en Papeles falsos. Quien dice dientes, sonrisas particulares, dice rostros identificables, y también podemos hablar de mentes que se parecen cada vez más, de cómo vamos asimilándonos móvil mediante.. La propaganda estuvo siempre ahí, pero ahora nos enfrentamos a algo más parecido a la anulación por inundación: no quieren convencernos de nada, solo mantener nuestras mentes distraídas para que no pensemos cuál era esa cosa que nos apetecía hacer, quién era esa persona que deseábamos ver; para que no nos dé por pensar algo tan absurdo como que fuera de los dispositivos están los demás y estamos también nosotros. Quizá Brodsky escribiera sobre móviles cuando escribió esto sobre los espejos de hotel: «Por naturaleza inanimados, los espejos de los cuartos de hotel son aún más opacos a fuerza de haber visto a tantos. Lo que te devuelven no es tu identidad, sino tu anonimato».
La Lectura // elmundo
Una sonrisa desordenada es peligrosa, desafiante: dice que su sueño está cómodo con su imagen, que se las apaña con lo que le dio la naturaleza Leer
Una sonrisa desordenada es peligrosa, desafiante: dice que su sueño está cómodo con su imagen, que se las apaña con lo que le dio la naturaleza Leer
