El año es 1960. El lugar, el Empress Hotel de Londres, un tugurio o casa de huéspedes de escalofriante reputación situado junto al cementerio de Brompton, en pleno Earl’s Court. Las crónicas de la época y los allegados de William S. Burroughs, su más ilustre huésped, lo describen como una especie de búnker asfixiante. Burroughs, el más controvertido y críptico, el más salvaje y siniestramente libre de los escritores beat, se había instalado allí con la intención de completar una nueva novela. La palabra completar quizá parezca poco adecuada, pero en su caso tiene todo el sentido, porque el único objeto que destacaba en la habitación de Burroughs era su máquina de escribir portátil, siempre destapada sobre la mesa, donde pasaba horas recortando y reorganizando textos, completando su manuscrito. Era su famosa técnica cut-up, un collage narrativo más cercano al trance que a la narración.. Seguir leyendo
El año es 1960. El lugar, el Empress Hotel de Londres, un tugurio o casa de huéspedes de escalofriante reputación situado junto al cementerio de Brompton, en pleno Earl’s Court. Las crónicas de la época y los allegados de William S. Burroughs, su más ilustre huésped, lo describen como una especie de búnker asfixiante. Burroughs, el más controvertido y críptico, el más salvaje y siniestramente libre de los escritores beat, se había instalado allí con la intención de completar una nueva novela. La palabra completar quizá parezca poco adecuada, pero en su caso tiene todo el sentido, porque el único objeto que destacaba en la habitación de Burroughs era su máquina de escribir portátil, siempre destapada sobre la mesa, donde pasaba horas recortando y reorganizando textos, completando su manuscrito. Era su famosa técnica cut-up, un collage narrativo más cercano al trance que a la narración. Seguir leyendo
El año es 1960. El lugar, el Empress Hotel de Londres, un tugurio o casa de huéspedes de escalofriante reputación situado junto al cementerio de Brompton, en pleno Earl’s Court. Las crónicas de la época y los allegados de William S. Burroughs, su más ilustre huésped, lo describen como una especie de búnker asfixiante. Burroughs, el más controvertido y críptico, el más salvaje y siniestramente libre de los escritores beat, se había instalado allí con la intención de completar una nueva novela. La palabra completar quizá parezca poco adecuada, pero en su caso tiene todo el sentido, porque el único objeto que destacaba en la habitación de Burroughs era su máquina de escribir portátil, siempre destapada sobre la mesa, donde pasaba horas recortando y reorganizando textos, completando su manuscrito. Era su famosa técnica cut-up, un collage narrativo más cercano al trance que a la narración.. En aquella habitación empezó a escribir La trilogía Nova, integrada por las novelas La máquina blanda, El ticket que explotó y Expreso Nova, reunidas por primera vez en español en un volumen que acaba de lanzar Anagrama. En su excelente introducción, Oliver Harris la describe como “un lugar imposible que muta ante tus propios ojos”. Ante la lectura de casi cualquiera de sus alucinadas frases —cosas como “Me restregó Moscú adentro con un movimiento de sacacorchos de piedras calizas” o “Zero comido por cangrejos”—, Harris se pregunta: “¿Es esto ciencia ficción o poesía de vanguardia? ¿Literatura de drogas o pornografía homosexual? ¿Sátira política?”. Y concluye: “Todas y ninguna, porque ninguna etiqueta le sirve”.. También dice Harris que no importa “cuán seguido leas el texto, siempre parecerá nuevo”. Joan Didion aseguró que imaginar que puedes dejar La máquina blanda para contestar el teléfono y saber por dónde ibas unos minutos más tarde “es una auténtica osadía”. Y, a la vez, cada frase es como una nueva apertura en una sinfonía macabramente orgiástica y, en algún sentido, de una profundidad abismal. La literatura de William S. Burroughs, el enfant terrible más terrible de todos, es aún un artefacto sin descendencia, algo tan poderosamente extraño que asusta, y tal vez lo haga porque el que habla es el inconsciente del propio autor. Expandido y atravesado por todo tipo de posibilidades, en constante alteración —Burroughs consumía todo tipo de drogas, era una suerte de tótem para el yonqui convencido de que podía vivirse en ese otro mundo, sintomática es en ese sentido la visita que le hace Kurt Cobain poco antes de morir—, el inconsciente de Burroughs arde en un sin sentido que, por alguna extraña razón, impacta.. William Burroughs.jerome prebois (Sygma via Getty Images). Nacido en 1914 en Saint Louis, Misuri, Estados Unidos, en una familia acomodada —su abuelo había inventado la calculadora, eran tremendamente ricos—, podría decirse que William Seward Burroughs creció entre todo tipo de algodones. Estudió en Harvard, y trató de alistarse en el ejército cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial —siempre le fascinaron las armas y lo vio como una oportunidad de usarlas— pero no lo consideraron apto. Por entonces convivía con su primera mujer, Ilse von Klapper, con quien se había casado a los 23, aunque era declaradamente homosexual. Tal vez recuerden Queer, la novela —que Burroughs escribió entre 1951 y 1952 pero no se publicó hasta 1985—, pero también la reciente adaptación de Luca Guadagnino con Daniel Craig en el papel de William Lee, esto es, el propio Burroughs, y su desenfreno existencial. De hecho, fue el éxito de la película lo que motivó el rescate de la obra perdida del escritor, que, si nunca ocupó una posición central, menos puede hacerlo en este siglo XXI.. ¿Por qué? En un momento en el que es prácticamente imposible separar al autor de la obra, basta una pequeña incursión en la biografía del escritor —opacada en muchos sentidos, porque, aunque en sus novelas habla sin complejos de sus relaciones con niños, en Tánger, en las calles de Nueva York, en todo tipo de antros de otros rincones del mundo, tiende a omitirse cuando se repasa su vida; sí, se habla de los viajes, de las temporadas en Europa, y en México, en Tánger, y de drogas, pero se omiten los menores— para entender por qué impacta lo que escribe. Nunca escondió Burroughs —por cierto, el último escritor beat en morir, de un paro cardíaco, a los 83 años, en 1997— que su “vocación” literaria nació de verdad cuando su segunda mujer, Joan Vollmer, murió. ¿Cmo murió? La mató él de un disparo. Supuestamente estaban jugando a Guillermo Tell. La manzana era una copa de ginebra. Burroughs apuntó a la copa, sobre la cabeza de Vollmer, y acertó en plena frente. Corría el año 1951. Tenía 37 años. Ella, 28.. Ocurrió en México. Fue a la cárcel. Su familia pagó la fianza. Él se escapó a Europa. Jamás pagó por esa muerte. Se consideró un accidente. Ese fue el crimen que perpetró, pero fue cómplice de otro, junto a Jack Kerouac, cuando su buen amigo Lucien Carr —que hacía de agente de ambos en sus lejanos inicios, esos mismos años, los años 50—, mató a un tipo mayor que se había obsesionado con él. Juntos se deshicieron del cádaver y del cuchillo. Kerouac y él lo cuentan en Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, novela escrita a cuatro manos que podría tenerse por una confesión en toda regla. Es divertido pensar que en 1970, el mismo Burroughs que se había deshecho del cadáver de un tipo y que había matado a su mujer de un disparo, escribiese una carta abierta contra Truman Capote maldiciéndole por haber deseado la ejecución de Perry Smith y Richard Hickock para que su novela —su non fiction novel, en realidad— A sangre fría tuviera el final que debía tener. Había usado su talento, según Burroughs, para el mal.. La maldición se cumplió. Capote se ahogó en alcohol y culpabilidad, paralizado ante la cima alcanzada, y no consiguió completar nunca nada más. Eso era lo que había deseado Burroughs para él. El fin. Pero retrocedamos en el tiempo y situémonos de nuevo en 1960. Entre ese año y 1964, lejos del éxito de El almuerzo desnudo, en un antro londinense, el Empress, y luego, en el Hotel Beat en París, y en Tánger, William S. Burroughs completó la trilogía Nova y, tal vez, la respuesta a ese qué hacemos con él en el siglo XXI sea no tratar de ignorar su vida, sino incluirla, como se hizo en su momento —piensen que los escritores beat no eran santo de devoción de la prensa en aquel entonces, lo fueron después—, en su obra. Una obra en la que, si algo no puede reprochársele, es que está por completo destrozada por ella. No es solo su conciencia rota aquello que da forma al cut-up, o el collage de frases, sino también el peso de una culpa cósmica, el peso de, prácticamente, todo el universo. Leánlo, juzguenlo, atraviesen algún tipo de infierno.
EL PAÍS
