En sus primeras páginas, Atomizado Berlín se presenta como el relato de una familia judía y pija (“cheta”, si hay que decirlo con propiedad) de Buenos Aires que, tras la crisis social y financiera de 2001, se muda al conglomerado urbano de Nordelta, una suerte de pequeña ciudad a medida de sus habitantes ricos, separado del exterior por fuertes medidas de seguridad, y construida sobre humedales. Nordelta no solo existe, sino que es una referencia muy evocadora para los lectores de Argentina: lujo, clasismo, disparate urbanista. No así para quien lee a Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996) desde España, por lo que tal vez se le escapará parte de la intención que destila la nota inicial de esta novela, escrita por uno de sus personajes en 2063, cuando alude a una “catástrofe climática” que todavía no ha tenido lugar, pero sería tan verosímil como bíblica. En todo caso, esa primera nota ya insinúa varias características de la novela que ha escrito Kornberg, con su inteligente y sintético estilo, un tono de obituario generacional predictivo y la ambiciosa voluntad de erigirse en parábola de la historia que nos augura el momento presente. Seguir leyendo
En sus primeras páginas, Atomizado Berlín se presenta como el relato de una familia judía y pija (“cheta”, si hay que decirlo con propiedad) de Buenos Aires que, tras la crisis social y financiera de 2001, se muda al conglomerado urbano de Nordelta, una suerte de pequeña ciudad a medida de sus habitantes ricos, separado del exterior por fuertes medidas de seguridad, y construida sobre humedales. Nordelta no solo existe, sino que es una referencia muy evocadora para los lectores de Argentina: lujo, clasismo, disparate urbanista. No así para quien lee a Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996) desde España, por lo que tal vez se le escapará parte de la intención que destila la nota inicial de esta novela, escrita por uno de sus personajes en 2063, cuando alude a una “catástrofe climática” que todavía no ha tenido lugar, pero sería tan verosímil como bíblica. En todo caso, esa primera nota ya insinúa varias características de la novela que ha escrito Kornberg, con su inteligente y sintético estilo, un tono de obituario generacional predictivo y la ambiciosa voluntad de erigirse en parábola de la historia que nos augura el momento presente. Seguir leyendo
En sus primeras páginas, Atomizado Berlín se presenta como el relato de una familia judía y pija (“cheta”, si hay que decirlo con propiedad) de Buenos Aires que, tras la crisis social y financiera de 2001, se muda al conglomerado urbano de Nordelta, una suerte de pequeña ciudad a medida de sus habitantes ricos, separado del exterior por fuertes medidas de seguridad, y construida sobre humedales. Nordelta no solo existe, sino que es una referencia muy evocadora para los lectores de Argentina: lujo, clasismo, disparate urbanista. No así para quien lee a Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996) desde España, por lo que tal vez se le escapará parte de la intención que destila la nota inicial de esta novela, escrita por uno de sus personajes en 2063, cuando alude a una “catástrofe climática” que todavía no ha tenido lugar, pero sería tan verosímil como bíblica. En todo caso, esa primera nota ya insinúa varias características de la novela que ha escrito Kornberg, con su inteligente y sintético estilo, un tono de obituario generacional predictivo y la ambiciosa voluntad de erigirse en parábola de la historia que nos augura el momento presente. Y sí, he aquí una historia familiar, la de tres hermanos nacidos en el seno de un hogar acomodado pero sin estructura, que decidirán, cada uno a su manera, construirse un destino alternativo al que habría sido predecible dados sus orígenes. Jeremías es el primero en salir a la ciudad, al matricularse en el céntrico Colegio Nacional donde conocerá el troskismo, la calle, el post-punk y el lunfardo. Después, Mateo ensayará el regreso al gran Israel, mientras que Nina se deslizará por una compleja biografía de artista atormentada. Con estos personajes vertebrando el relato, Atomizado Berlín adopta distintas voces y perspectivas para alejarse cada vez más de la primera impresión que nos había deparado. Así, a medida que la lectura avanza, el paisaje ya no es solo Argentina, sino Europa (París, Berlín, Bruselas o Dortmund como metonimias del destino del mundo), y la familia es solo otro nombre de la tradición, el pasado, las raíces, la cultura adquirida, un siglo XXI que se precipita a la ruina. Kornberg maneja la hipótesis o intuición del regreso de la violencia revolucionaria en el seno de la civilización occidental, aquí representada por el viejo continente, aunque el grupo de extrema izquierda que la desencadena se hace llamar Nueva Resistencia, y la resistencia pareciera implicar un deseo de preservar algo. No es el caso del paisaje que la autora imagina para todos nosotros a partir del inminente 2027, un panorama en el que los conflictos de clase, raza y religión estallan de una vez hasta cambiar las reglas del juego para siempre. Y hay en todo esto algo de profecía sociológica a lo Houellebecq, si bien el novelista francés es mencionado con algo bastante más parecido a la ironía que la reivindicación. Tal vez sea porque, en Kornberg, el estilo cuenta: seco, ob
