Hace meses que revolotea la etiqueta #MillennialOptimism y cada día me despierta más emociones. Las fotos vienen de lugares remotos pero me suenan las lentes, las ropas, la decoración, la actitud. Aquella generación no quería más sermones, ni darlos ni recibirlos. Nos acechaban peligros que nos preocupaban, sí, pero confiábamos en que se diluirían de manera orgánica con el flujo natural de los tiempos y mientras ocurría queríamos entretenernos. El tiempo no se puede revertir, pensábamos. Si desde las generaciones anteriores nos decían lo contrario contestábamos que eso era antes, que ya no, que el tiempo no se revertiría más. Con el tiempo me refiero al progreso. La maquinaria funcionaba sola y nuestros movimientos en torno a la indignación serían bellos y efectivos.. Me tomo la libertad de generalizar por haberme encontrado dentro del núcleo donde todo el mundo era progresista y si no, lo parecía, un núcleo en el que nos inquietaba el futuro, era difícil encontrar trabajo, construir proyectos a largo plazo, pero todavía confiábamos en él a gran escala, incluso en la mayor de nuestras indignaciones resultaba difícil de creer que los verdaderos villanos volvieran a ganar terreno. Los derechos civiles, teníamos plena seguridad, seguirían ampliándose, la economía se reestablecería, los cuatro fascistas delirantes se irían extinguiendo, internet crecería como una potente herramienta humana de creación y conexión. Nos incorporaríamos por fin a un mercado laboral digno y estable, accederíamos a viviendas funcionales. Pese a las dificultades, acabaríamos viviendo mejor que la generación anterior y, pese a las dificultades, el fulgor del futuro seguiría garantizado movido por su mecánica irrompible.. El batacazo de 2008 demostró lo férrea que llega a ser una fe forjada desde el nacimiento. Nos prometieron con tanta fuerza un futuro mejor que tardamos años en asumir que el 2008 no era un bache sino un desmoronamiento, y fuimos depositando nuestra gran fe en cada ápice de esperanza que fuimos encontrando con la convicción de que pondría fin a la fase de incertidumbre. Si echo cuentas se me ocurren por lo menos seis pensadores que en los dos últimos siglos han señalado que en todo pesimismo hay, como mínimo, unas dosis de realismo, y esa falta de realismo nos mantuvo en una confianza ciega amortiguada por prendas de colores, poses ingenuas y festivales.. El imaginario millennial más optimista celebraba la diversidad, la conectividad global y la apertura cultural. La letra pequeña del cosmopolitismo estaba borrosa y seguíamos viendo la creciente desigualdad económica, el persistente sufrimiento de los colectivos marginados, como un fenómeno inverosímil a largo plazo. Cuando, después de unos años de balances negativos, corrupción y desencanto, el optimismo se tambaleó, pasamos de pensar que todo saldría bien a que todo daba igual. El cinismo se extendió y sumergimos los dolores en la colorida evasión del retrofuturismo en busca del consuelo fantástico del futuro prometido que nunca fue.. Intervinieron más parámetros a nivel intergeneracional e internacional, muchos colectivos de diferentes edades y procedencias interviniendo, a montones de esos datos los ciudadanos de a pie ni siquiera tenemos acceso. Pero el hashtag que tanta nostalgia despierta me hace revisitar los momentos históricos que llevo contemplados, y es curioso comprobar cómo algo se siente particular, irrelevante, una moda pasajera entre unas pocas personas de cierta edad y cierto entorno, una noche te pones cierto vestido y acudes a cierto club en el que pincha cierto DJ e intercambias ciertos comentarios y nadie es consciente de que esos patrones forman parte de un conjunto, de cómo sus implicaciones activan mecanismos en otras zonas del tiempo y el espacio.. Quienes no vivieron el optimismo millennial porque eran demasiado jóvenes o no habían nacido sienten nostalgia de su estética y su despreocupación, su sensación de espontaneidad y esperanza. A mí me da pena no poder confirmar a los chavales de las fotos que la economía se restableció, que el fascismo se extinguió, que vivimos mejor que nuestros padres como estaba planeado.. Si fuiste juventud progresista y naciste alrededor de 1990, viste La bola negra y sentiste la necesidad de comentar comentar algo negativo, te comunico que tu corazón se secó entre 2008 y 2017. Fui a ver La bola negra y me espeluznó la actualidad de sus escenas de época, me desgarró la vulnerabilidad de mis contemporáneas en la pantalla, valientes y amenazadas. Recordé las críticas de las redes, las mismas redes que nos prometieron una lúdica democratización y acabaron conteniendo poco más que liberalismo despiadado, y la irresponsable falta de prioridades que denotan esas críticas me llevan a concluir que parte de mi generación se quedó varada en un escalón entre el optimismo y el cinismo. Si perteneciste a la juventud progresista nacida alrededor de 1990, viste la película y creíste necesario comentar algo negativo te comunico que tu corazón se secó entre 2008 y 2017 hasta convertirse en piedra pero que todavía está en tu mano hidratarlo, que nuestra larga experiencia alrededor de la esperanza todavía puede servir para algo.
La Lectura // elmundo
Nos acechaban peligros que nos preocupaban, sí, pero confiábamos en que se diluirían de manera orgánica con el flujo natural de los tiempos y mientras ocurría queríamos entretenernos Leer
Nos acechaban peligros que nos preocupaban, sí, pero confiábamos en que se diluirían de manera orgánica con el flujo natural de los tiempos y mientras ocurría queríamos entretenernos Leer
