Supongamos que, tal como defienden los profetas de la singularidad tecnológica, una inteligencia artificial pudiera alcanzar un estado tan superior que se convirtiese en lo que aquí hemos venido llamando IA evolucionada, de tal modo que esta ya se hubiera desprendido de nosotros los humanos, quienes por lo tanto no podríamos comunicarnos con ella —del mismo modo en que una hormiga o una bacteria no pueden establecer simétrica comunicación con nosotros—. En ese caso, toda la información que habíamos vertido en esa IA, toda esa alimentación efectuada con millones de datos, así como el posterior entrenamiento y aprendizaje que le habríamos proporcionado, se habría perdido completamente para nosotros. Y eso es tanto como afirmar que “esa IA se comportaría como un agujero negro clásico respecto al mundo humano”. Todo lo que algún día cayó bajo su radio de alcance quedaría perdido para el humano para siempre.. Seguir leyendo
¿Qué ocurriría si una IA alcanzara la singularidad y fuéramos incapaces de comunicarnos con ella? Esta es una de las preguntas que plantea Agustín Fernández Mallo en ‘El ángel de la Inteligencia Artificial’, libro del que ‘Ideas’ adelanta un extracto
Supongamos que, tal como defienden los profetas de la singularidad tecnológica, una inteligencia artificial pudiera alcanzar un estado tan superior que se convirtiese en lo que aquí hemos venido llamando IA evolucionada, de tal modo que esta ya se hubiera desprendido de nosotros los humanos, quienes por lo tanto no podríamos comunicarnos con ella —del mismo modo en que una hormiga o una bacteria no pueden establecer simétrica comunicación con nosotros—. En ese caso, toda la información que habíamos vertido en esa IA, toda esa alimentación efectuada con millones de datos, así como el posterior entrenamiento y aprendizaje que le habríamos proporcionado, se habría perdido completamente para nosotros. Y eso es tanto como afirmar que “esa IA se comportaría como un agujero negro clásico respecto al mundo humano”. Todo lo que algún día cayó bajo su radio de alcance quedaría perdido para el humano para siempre.. Ahora bien, si seguimos desarrollando la idea-símil de una IA “evolucionada” como agujero negro, debemos contemplar que tal IA, al igual que ese objeto cosmológico, tendrá un “horizonte de sucesos”, el particular “horizonte de sucesos de la inteligencia artificial”. Ello vendría a decir que del mismo modo en que los agujeros negros no son tan negros y emiten aquella “radiación de Hawking” que transportaba información atrapada en la superficie de su horizonte de sucesos, también una IA evolucionada no sería tan “negra”, es decir, no sería tan evolucionada como habíamos pensado porque debería irradiar alguna clase de materia o energía residente en su “superficie”. Esa irradiación vendría a constituir su permanente contacto con nosotros, su imposible desprendimiento respecto al universo humano. No sabemos si esa cosa que desde su horizonte de sucesos la IA irradiaría sería, al igual que en el caso del agujero negro, una más que probable “información degradada”, es decir, una información que ya no nos sirve para nada, o por el contrario una información útil. Tal discriminante tiene importancia porque si se tratase de una radiación de energía degradada —información devaluada—, podemos especular que también el tiempo que generase esa radiación vendría compuesto por huellas poco activas, huellas mudas, un tiempo que de ninguna cosa nos informaría, un tiempo que no establecería ninguna comunicación con nosotros. (…) Podría darse el caso de que una IA evolucionada fuera una “metafísica humana encarnada”, la cual desactivaría al humano como tal, eliminando toda diferencia de potencial en nosotros al instalarse en el hueco infinito que existe entre la teoría y la experiencia humanas, en ese gap que, insalvable, nos hace esencialmente humanos, generando así la IA con esa instalación —verdadera “okupación”— un paisaje continuo y plano, el cual imposibilitaría la existencia de cualquier evento nuevo, de cualquier tiempo termodinámico productivo.. Vamos vertiendo información a una IA y, nos guste o no, nos beneficie o no, esa interacción que mantenemos con ella nutre nuestras sociedades, cae dentro de lo evolutivamente esperado, pero, si seguimos el símil de agujero negro, podemos afirmar que, llegado cierto punto crítico —aquel punto en el que la IA se convierte en IA “evolucionada”—, ocurre que cuanta más información le suministremos, lo que nos devolverá será, paradójicamente, información devaluada, una suerte de “radiación de Hawking”, en este caso aplicada a una IA. El ejemplo más sencillo que podemos poner de cómo una acumulación de información puede finalmente colapsarse y convertirse en una suerte de agujero negro ni siquiera involucra a una IA, sino a una simple placa base de una computadora. La información contenida en los chips de la placa aumenta a medida que añadimos más y más chips porque, lógicamente, la información aumenta con el aumento del volumen de chips; hasta ahí todo funciona según lo esperado, pero esa lógica falla cuando, llegada cierta cantidad de chips añadidos, la suma de la información que esos chips contienen supera lo que Bekenstein y Susskind han llamado la “cota holográfica”, línea de acumulación a partir de la cual la información contenida en ese montón de chips adquiere otra naturaleza y ya no depende del volumen total (V) de los chips, sino del área (A) conjunta de ellos. A partir de esa cota holográfica la información se ubica únicamente en la superficie del montón total de chips. Tal transformación se produciría cuando a fuerza de añadir más y más chips el montón se derrumbase sobre sí mismo, se colapsase para formar una suerte de agujero negro. Si en vez de tener una placa base de un ordenador tenemos una IA, aplicando el mismo razonamiento podemos decir que habríamos llegado al “agujero negro de inteligencia artificial”, al Ángel Caído de la Inteligencia Artificial.. Hay, no obstante, una posible salida digna a toda esa pérdida de información, una posibilidad de recuperar para nosotros la información perdida, y que ésta sea información útil. Ello tendrá una importante consecuencia en lo que se refiere a la creación de una IA basada en la computación cuántica. Veamos el mecanismo físico que subyace.. Al ir emitiendo radiación de Hawking, la entropía de esa radiación crece y la información que esa radiación porta es información devaluada —esto ya lo sabíamos—. Pero en tal proceso de radiación de un agujero negro hay un instante, al cual se le llama “tiempo de Page”, y que es el tiempo correspondiente a la mitad de la vida del agujero, a partir del cual, y hasta la muerte del agujero, la radiación de Hawking deja de ser una radiación inútil y ¡comienza a emitir información útil al medio!, momento en el que la entropía de dicha radiación comienza a disminuir. El modo en el que la información de la radiación de Hawking comienza a convertirse en útil es, tras rebasar la barrera temporal del “tiempo de Page”, creando pares de partículas (una partícula y su correspondiente antipartícula), de las cuales una de ellas cae de nuevo al agujero negro y la otra es la que propiamente es expulsada al exterior. Si bien la creación de pares siempre ocurre en la radiación de Hawking, es a partir del tiempo de Page que estos pares pueden redundar en información útil. Capítulos atrás habíamos hablado de un principio fundamental de la mecánica cuántica, llamado el “entrelazamiento”, y tal es el caso de estas dos partículas, las cuales se hallan entrelazadas y, por lo tanto, “pueden transportar información útil”. De modo que ya no se trata de una inservible radiación térmica, sino de una recuperación real de información servible. Pero, como sabemos, hablar de dos partículas entrelazadas es hablar de computación cuántica. No en vano, las unidades básicas de información en la computación cuántica, los cúbits, vienen formadas por dos partículas entrelazadas. Todo ello se traduce en que un agujero negro, en su madurez, una vez traspasada su vida media —una vez alcanzado el “tiempo de Page”—, se comporta, en cierta medida, como una computadora cuántica. A partir de estos ingredientes, la pregunta importante y definitiva es la siguiente: si, tal como acabamos de ver, existe una relación real entre los agujeros negros y la información cuántica, ¿podemos invertir el proceso y crear computadoras cuánticas que se comporten como agujeros negros?, es decir, ¿podemos, con una máquina cuántica, simular un agujero negro en la Tierra? La respuesta es que sí podemos, pero tan solo en teoría, ya que se necesitaría una cantidad ingente de cúbits para ello. Una máquina experimentalmente inabordable.. “La astronomía es una historia de horizontes en retirada”, dijo en alguna ocasión Hubble. Aquí decimos: “La inteligencia artificial es una historia de horizontes en retirada”. Cuanto más sabemos de ella, más horizontes alcanzamos, pero más lejanas se nos aparecen las tierras avistadas. Viene ahora a mi mente una frase de Karl Kraus: “Cuanto más de cerca miras una palabra, desde más lejos ella te contempla a ti”. Aquí lo dejamos.. Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) es novelista, poeta y ensayista. Este texto es un fragmento de El ángel de la Inteligencia Artificial (Galaxia Gutenberg), que se publica el 26 de agosto.
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