Mi primera rutina de skincare, a la que no se me hubiera ocurrido llamar así entonces, llegó la misma temporada que la instalación de internet en casa. Una temporada muy célebre y recordada, la de otoño/invierno 99/00, para mí y para el mundo entero. En aquellos meses yo cumpliría 15 años y abandonaría simbólicamente la pubertad para adentrarme en la adolescencia de la mano de aquel conjunto de productos indicados para piel grasa y aquella conexión que me alejaba por fin de lo analógico.. Lo analógico era interesante y bonito pero predecible, aparatoso, caro, sus maravillas sabían a poco. La denominación Y2K no estaba a mi alcance, la de cybercore no se había acuñado todavía y la estética Frutiger Aero ni siquiera empezaba a desarrollarse. Por la mañana me aplicaba mis productos y me conectaba unos minutos clandestinos. Las cremas y el módem me hacían sentir fresca, vanguardista, llena de secretos, una versión renovadísima de mí misma. Entonces se percibían en mi entorno de instituto de barrio como señales inequívocas para identificar a una nerd, una friki, una pardilla, una mojigata, una empollona insoportable. Como las acusaciones se ajustaban en gran medida a la realidad, la información sólo salía a la luz en círculos de confianza.. Los ordenadores se asociaban con los deberes y las cremas eran cosa de viejas. Hoy se da un saludo outsider en torno a estas categorías. Los ordenadores y sus derivados se usan para trabajar y hacer deberes, pero se han vuelto también sinónimo de vicio, tedio, alienación y decadencia. La gente que se quería mudar a aquellas magias del mundo online desde el descampado pelón del terreno físico se parece a la gente que se quiere mudar al mundo físico desde la vulgaridad intoxicante que desprende a día de hoy el grueso de internet. Ese saludo extrañado es comprensible, pero de algún modo inesperado para ambas partes. El mundo pre-internet se idealiza, lo analógico recupera su grandeza y, gracias al contraste que otorga el futuro, alcanza la plenitud de sus encantos.. Lo mismo pasa con el estilo de vida juvenil que primó antes de que las redes sociales se convirtieran en un lugar tan oficial y controlado, alrededor del 2010. Fiestas antiestéticas cuya pureza ahora se reclama, caos, desorden, zapatos de tacón llenos de barro, mañanas de resaca con el maquillaje de la noche anterior fundiéndose con las legañas. Entonces estaba de moda pintarse la cara y los ojos, mucho naranja y marrón en el rostro, mucho negro, plata, metálicos o escarchados en los párpados, varias capas de máscara, nada de colorete, labios pálidos y brillantes, retirar el conjunto de forma agresiva y poco eficaz en la ducha, aprovechar los restos de sombra de ojos para el siguiente smoky, alguna toallita húmeda para ocasiones especiales. Desmaquillarse antes de dormir se recomendaba sin parar pero las chicas jóvenes de mi alrededor sólo seguían el consejo si yo estaba cerca para presionarlas. No se acordaban o no les parecía tan importante. Otras, directamente, rechazaban la idea porque semejante gesto de responsabilidad podía alejarlas de la popularidad y convertirlas en personas aburridas, rígidas, pardillas, de nuevo la gran amenaza, el terror de la juventud que desea ser explosiva y pletórica.. Internet se empezó a identificar pronto con la frivolidad, a asociarse por parte de las autoridades con el ocio, a considerarse un enemigo del compromiso, para entenderse como el lugar de esparcimiento infinito que las primeras usuarias sabíamos que era. Todo esto era previsible. El giro de las cremas y el control de las apariencias me ha parecido más perverso, con lo feísta y salvaje que empezó siendo el ambiente. No esperé a los 15 años que en 2025 las niñas populares presumieran de usar retinol y subieran vídeos reseñando sérums antienvejecimiento. Preocupa a nivel internacional esa obsesión patológica por el skincare y el uso desmedido de productos, la adicción a la cosmética que mi familia me lleva reprochando unas décadas.. En 2021, cuando se empezaba a consolidar la fiebre que ha dado lugar a la cosmeticorexia actual, me preguntaron sobre qué quería que me hablaran los periodistas, ya que afirmaba no disfrutar comentando mis libros. Respondí medio en broma que prefería hablar de mi rutina facial, que ojalá me sacaran alguna vez el tema. Lo recuerdo con vergüenza. Cuando las costumbres alcanzan el mainstream se revela su potencial demoniaco al completo. Internet se ha vuelto un tostón y mi cutis no parece haberse beneficiado de estos últimos 26 años de rutinas.. ¿Qué sería de mí si fuese ahora una quinceañera? ¿Pensaría mi madre en protegerme del envejecimiento y me brindaría acceso a los productos como hizo en el pasado, o con la nueva perspectiva priorizaría alejarme del canon? ¿Ocultaría yo que uso pocos o ninguno para no sentirme una pringada si todas mis compañeras tuvieran una rutina de 12 pasos, o sería la que más usa, la experta en tratamientos coreanos, la que duerme envuelta en máscaras y potingues, la que sube 30 stories al día, la nueva pionera del mal?
La Lectura // elmundo
No esperé a los 15 años que en 2025 las niñas populares presumieran de usar retinol y subieran vídeos reseñando sérums antienvejecimiento. Preocupa esa obsesión patológica por el skincare Leer
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