El 29 de noviembre de 1578, Felipe II no podía más. Llevaba horas leyendo informes y peticiones; al caer la tarde llegaban más, y se veía incapaz de despacharlos antes del anochecer. “Yo no sé lo que piensan de mý,” le escribía desesperado a su ministro, “ando tan cansado que presto han de ver que soy mortal como los demás.” Por si fuera poco, el rey era consciente de que ese papeleo gubernativo contenía, en el mejor de los casos, medias verdades interesadas y, en el peor, mentiras y falsificaciones. De hecho, tratar de conocer la realidad de sus vastos dominios imperiales y las gentes que los habitaban a través del papeleo era “como quien lee un libro de cavallerias,” le aseguraba un juez real de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá.. Seguir leyendo
El 29 de noviembre de 1578, Felipe II no podía más. Llevaba horas leyendo informes y peticiones; al caer la tarde llegaban más, y se veía incapaz de despacharlos antes del anochecer. “Yo no sé lo que piensan de mý,” le escribía desesperado a su ministro, “ando tan cansado que presto han de ver que soy mortal como los demás.” Por si fuera poco, el rey era consciente de que ese papeleo gubernativo contenía, en el mejor de los casos, medias verdades interesadas y, en el peor, mentiras y falsificaciones. De hecho, tratar de conocer la realidad de sus vastos dominios imperiales y las gentes que los habitaban a través del papeleo era “como quien lee un libro de cavallerias,” le aseguraba un juez real de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Seguir leyendo
El 29 de noviembre de 1578, Felipe II no podía más. Llevaba horas leyendo informes y peticiones; al caer la tarde llegaban más, y se veía incapaz de despacharlos antes del anochecer. “Yo no sé lo que piensan de mý,” le escribía desesperado a su ministro, “ando tan cansado que presto han de ver que soy mortal como los demás.” Por si fuera poco, el rey era consciente de que ese papeleo gubernativo contenía, en el mejor de los casos, medias verdades interesadas y, en el peor, mentiras y falsificaciones. De hecho, tratar de conocer la realidad de sus vastos dominios imperiales y las gentes que los habitaban a través del papeleo era “como quien lee un libro de cavallerias,” le aseguraba un juez real de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá.. Seguir leyendo
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