«La verdad es que es un poco vergonzoso, pero tengo que reconocer que nunca había leído a Dickens hasta que cumplí los 21 años», confiesa entre risas Nick Hornby (Redhill, 1957) al otro lado de la pantalla. Escritor popular, afecto a mezclar en novelas de éxito como Alta fidelidad, Un gran chico o Fiebre en las gradasmundos creativos tan dispares como la literatura, el cine, la música e incluso el fútbol, explica que para más inri en aquel entonces estudiaba Literatura inglesa en la Universidad de Cambridge.. «No era muy buen estudiante, la verdad, pero cuando comencé a leer su novela Casa desolada me di cuenta asombrado de que me estaba afectando mucho más que cualquier otra novela, que no parecía otro libro que estudiar, sino que era muy divertido y que me enganchó saber qué pasaba después. Sentí una conexión especial y fue una de las primeras veces en mi vida en que pensé: ‘Realmente quiero estudiar esto'», ahonda el escritor, que también usa abundantemente el humor.. Curiosamente, también fue en ese 1978 cuando Hornby entró en contacto por primera vez con otro artista que entraría en la lista de lo que el escritor llama «Mi gente», personas que han moldeado e inspirado su trabajo: el músico estadounidense Prince. «En aquella época escuchábamos un montón de música, estábamos muy atentos a las novedades. Justo por entonces, un amigo compró For You el primer álbum de Prince y me puso la primera canción. Recuerdo estar en casa de este colega y pensar: ‘Vaya, esto suena interesante'», rememora Hornby. «Sé que ambas experiencias culturales parecen pertencer a ámbitos distintos y no fue hasta muchos años después cuando caí en la cuenta de que todo pasó en apenas unas semanas».. Fue, en efecto, muchos años después cuando Hornby, que en los últimos años ha potenciado su faceta de guionista televisivo con series como Love, Nina y State of the Union, reparó en que las vidas de ambos gigantes, el novelista victoriano y el hombre orquesta de Mineápolis, tenían multitud de puntos en común con casi siglo y medio de diferencia. «Casi sin pensar, un día me di cuenta de que, por increíble que parezca, Dickens, acuciado por la necesidad, pero también por su forma de ser, muchas veces trabajaba en dos novelas diferentes a la vez. Y lo compaginaba con escritos en prensa, su enorme y diaria correspondencia y otros muchos compromisos. Entonces pensé que no conocía a nadie así. Y de pronto me dije: ‘Prince también solapaba un disco con otro, daba conciertos, componía y grababa para muchos otros…’. En esto y en su descomunal talento, eran almas gemelas», afirma el escritor.. «Ahondando en la historia, pronto comenzaron a surgir similitudes: una infancia de pobreza y abandono, lo jóvenes que eran cuando empezaron y la gran fama que alcanzaron casi de inmediato, sus polémicas, su afición a las mujeres… Y me lancé a investigar», resume. De esta pesquisa surge Dickens y Prince. Un tipo de genio muy particular (Anagrama) un ensayo divertido y apasionado en el que Hornby donde conecta la vida y obra de dos creadores de talento descomunal a través de muchas coincidencias biográficas, su apabullante productividad y ética de trabajo, sus luchas para cambiar sus respectivas industrias y el trágico final que les llegó demasiado pronto.. Al estilo de unas plutarquianas vidas paralelas, Hornby relata en tono desenfadado y cargado de humor las espejadas vidas de Dickens y Prince engarzando valiosas anécdotas con opiniones personales y su particular lectura de ambos creadores. El primer capítulo es la infancia, marcada en ambos casos por la pobreza y el abandono parental. «Desde muy niño, Prince llenó su vida de música, le fascinaba. Hay una historia maravillosa sobre una vez que se escapó a ver un concierto de Joni Mitchell, que ella misma contó años después, sobre un chico negro de pelo tupido y ojos grandes mirándola emocionado desde la primera fila. Solamente años más tarde la cantante cayó en la cuenta de que era Prince».. Pero más allá de la pasión, explica Hornby, el cantante usó la música como vía de escape. «Abandonado por sus padres más o menos a los 12 años, algo que nunca quiso contar del todo jamás, acabó viviendo en el sótano de una familia del barrio en el que la banda juvenil donde él ya tocaba por entonces guardaba sus instrumentos musicales», relata el escritor. «Hasta donde sabemos, se pasaba el tiempo practicando con los instrumentos porque no tenía nada más que hacer. Hora tras hora, día tras día…».. «Prince y Dickens eran muy humildes. Hay que serlo para lograr un éxito tan colosal y seguir reinventando tu obra una y otra vez». La historia de Dickens, que ya en vida fue objeto de varias biografías, es más conocida. «También sobre los 12 años, su padre fue encarcelado por impago de deudas. De la noche a la mañana Dicknes pasó de ser un niño de clase media a la cruda pobreza de Londres y tuvo que dejar de estudiar y ponerse a trabajar en una fábrica de betún. Y eso es algo que no olvidaría en toda su vida», apunta Hornby, hasta el punto de que muchos de sus personajes más emblemáticos, como David Copperield, nacieron de su memoria. «Con todo esto no quiero decir que haya que ser pobre para ser una estrella, eso es ridículo, pero sí demuestra que el talento de verdad supera todos los escollos que puede ofrecer la vida», remacha el autor.. Justamente el talento, en el que Hornby no hace mucho hincapié por obvio, es quizá el gran aspecto común de escritor y músico. Un talento que les llevaría con apenas 25 años a alcanzar un éxito descomunal. A esa edad Dickens, tras trabajar unos años como taquígrafo judicial, periodístico y parlamentario -lo que le daría jugoso material para su futura obra- publicó Los papeles póstumos del Club Pickwick en veinte entregas mensuales, cada una de las cuales vendería más de 40.000 ejemplares. Por su parte, tras cuatro discos notables pero de irregular resonancia, Prince se consagró con el álbum 1999, un éxito masivo que vendería más de 8 millones de copias en todo el mundo y con cuatro singles con certificación de cuádruple platino.. Además de esta precocidad, más exagerada si pensamos que en los dos años siguientes el escritor lanzaría obras como Oliver Twist y Nicholas Nickleby y el músico un icono como Purple Rain, Hornby destaca justamente su voracidad creativa, que en su opinión nacía no sólo de la pasión, sino de una ética de trabajo fuera de lo común. «Hoy hablamos de ellos porque son de los mejores escritor y músico de todos los tiempos, pero entonces eso no se sabía. Los dos tuvieron una inusual y envidiable confianza en sí mismos, en sus capacidades», señala el autor quien, sin embargo, asegura que esta fe no se debe confundir con arrogancia. «La gente realmente arrogante no se esfuerza tanto. Ellos eran muy humildes. Hay que ser muy humilde para lograr un éxito tan rotundo y colosal y seguir trabajando duro, seguir reinventando tu obra una y otra vez», opina.. Prince en un momento de la película ‘Purple Rain’Warner Bros. Pictures. También para poder sustraerse de las complejidades y las inseguridades de la fama. «Es muy triste que la gente se sienta tan intimidada por el éxito logrado con una obra que no pueda producir otra cosa. Pienso por ejemplo en Harper Lee. Matar a un ruiseñor es una novela magnífica, yo no podría escribir nada así en mi vida, pero su éxito paralizó a su autora para siempre», ejemplifica. «Por eso Prince y Dickens son tan especiales, no tenían miedo de equivocarse y aunque no siempre hicieron obras maestras, casi siempre lograron superarse o crear libros y discos de mucho mérito».. La arrogancia de la que exime a ambos creadores la achaca Hornby a una crítica tradicional que se reolvería contra ellos como exponentes de una cultura popular masiva. «Dickens era leído por toda la sociedad victoriana, de los barrenderos y aprendices de las fábricas hasta los lores, por lo que los elitistas suplementos literarios se cebaron con sus obras tildándolas de ‘melodramáticas y excesivamente sentimentales'», explica.. «Con Prince, la veda se abrió tras la película Purple Rain, que si bien fue un producto bastante marquetiniano, fue severamente acogida por muchos puristas del cine, no tanto de la música», recuerda el escritor, experto también en bailar a la comba con esa línea divisoria entre alta y baja cultura que, asegura: «Incluso hoy en día es una brecha que, al menos en Reino Unido, no ha desaparecido, pero el elitismo es incapaz de frenar los fenómenos realmente populares como fueron ellos».. «La brecha entre alta y baja cultura no ha desaparecido, pero el elitismo es incapaz de frenar los fenómenos realmente populares». Además de carreras bastante paralelas -Hornby incluso aporta una línea del tiempo de publicaciones casera, hecha a bolígrafo-, otro punto que hermana a ambos iconos es su visión profética de sus respectivas industrias, así como sus combativas reivindicaciones económicas, más o menos justas. «La historia de Prince y las discográficas es compleja y ahí fue poco razonable. Él mismo había firmado un contrato ridículo para poder anunciar que ganaba cierta cantidad de dinero, y tardó mucho en darse cuenta de que nunca ganaría esos 100 millones que le hicieron, de forma falsa, el artista mejor pagado del mundo por delante de Michael Jackson y Madonna, lo que lo obsesionaba», explica.. «Además, su forma de protestar, cambiándose el nombre y escribiendo la palabra ‘esclavo’ en su mejilla… lo consideraban un lunático extremista y excéntrico», asegura Hornby, quien reconoce que esas cosas dañaron su reputación, aunque alaba su gran comprensión del futuro de la música. «Realmente anticipó una época en la que no habría dinero en la música grabada, se dio cuenta de que la clave eran las entradas de los conciertos y por eso comenzó a sacar discos como loco y casi a regalarlos, como cuando uno se distribuyó con un periódico británico. Entonces parecía algo estúpido, pero fue muy inteligente y el tiempo le ha dado la razón», opina el autor.. Charles Dickens fotografiado por Mathew Brady en sus últimos años.NPG. El caso de Dickens, matiza, fue muy distinto. «En una época en la que los derechos de autor estaban en pañales, el novelista hubo de sufrir diversos plagios ya en su país. Pero la gota que colmó el vaso fue con las editoriales estadounidenses, quienes directamente le estaban robando», sostiene Hornby. «Publicaron sus libros sin permiso ni acuerdo, quedándose con todo el dinero. Y cuando fue a América e intentó quejarse todos quedaron horrorizados. L presna y otros escritores, como Henry James, le atacaron dicendo que era muy vulgar hablar de dinero. ‘Creíamos que eras británico, y por tanto educadoun caballero. Y resulta que no lo eres, que quieres que te paguen por tu trabajo'», ironiza el escritor.. La última experiencia común a los dos genios es la última que vivimos todos los seres humanos, la muerte. Por unos meses no fallecieron los dos con 58 años, una edad decididamente prematura y que Hornby achaca al ya comentado ritmo delirante de trabajo que se autoimpusieron. «Para ambos, la vida era trabajo, yo diría que un 75% de sus días lo dedicaron a eso», aventura. Tiempo que sacaban, por ejemplo, de dormir, «porque no se puede lograr esa cantidad de trabajo durmiendo ocho horas cada noche. Dickens, por ejemplo, trabajaba durante jornadas increíblemente largas y solía caminar de noche, unos 20 kilómetros», detalle el autor.. «Y Prince únicamente se dedicaba a grabar y tocar en conciertos, a veces dos por noche, hasta altas horas de la madrugada. En ambos casos la muerte fue una consecuencia inevitable», sostiene rotundo. «Prince murió debido a una sobredosis de calmantes y analgésicos que tomaba analgésicos para las rodillas y las caderas, destrozadas por sus muchas horas sobre los escenarios. Y Dickens, que llevaba años teniendo problemas de salud relacionados con el estrés y el agotamiento, sufrió un fatal derrame cerebral del que ya no se despertó. En definitiva, la cantidad de trabajo que realizaban no era sostenible para sus cuerpos, pues su impulso creativo no disminuyó con los años».. Referentes globales en sus respectivos campos todavía hoy, la clave de esto consiste para Hornby en su capacidad de triunfar en su propia época, pero yendo más allá. «Es muy raro que, quitando un par de excepciones, los grandes artistas de la historia fueran desconocidos en su tiempo. Lo que hace realmente inmortal a un creador es saber cómo conectar con el público, y eso es algo que ambos, que tenían una combinación de genio artístico y con buen ojo para lo popular, lograron», asegura.. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama. 160 páginas. 19,90 € Ebook: 10,99 € Puedes comprarlo aquí.
La Lectura // elmundo
Escritor ecléctico y defensor de lo popular, el autor británico publica el divertido y apasionado ‘Dickens y Prince’, un ensayo donde conecta la vida y obra de dos genios de talento descomunal con sorprendentes similitudes biográficas y un final trágico Leer
Escritor ecléctico y defensor de lo popular, el autor británico publica el divertido y apasionado ‘Dickens y Prince’, un ensayo donde conecta la vida y obra de dos genios de talento descomunal con sorprendentes similitudes biográficas y un final trágico Leer
