Cuando tenía 14 años, Zadie Smith (Londres, 50 años) se cambió el nombre (de Sadie a Zadie) porque le parecía más excitante. Un gesto que denota su voluntad de vivir fuera de los convencionalismos. La escritora jamaicano-británica, que debutó en la literatura convirtiéndose en un best seller mundial con Dientes blancos (Salamandra, 2001), acaba de presentar Dead and Alive (muertos y vivos, sin traducción al español), su libro más íntimo: 30 artículos en los que reflexiona sobre la sociedad y la tecnología con la mirada fija en la muerte. El volumen llega en un momento de balance personal, cuando la autora cumple medio siglo de existencia, 26 años desde que publicara su primer libro y 22 de matrimonio (con el poeta irlandés Nick Laird, padre de sus dos hijos). “No me siento más sabia. Me siento diferente y por eso escribo diferente”, le explicaba Smith a Deborah Treisman, editora de ficción de The New Yorker, en la 26ª edición del festival de la revista. Lo dice desde una vulnerabilidad nueva: terminó 2025 con un parche en el ojo por una operación de degeneración macular.. Seguir leyendo
Cuando tenía 14 años, Zadie Smith (Londres, 50 años) se cambió el nombre (de Sadie a Zadie) porque le parecía más excitante. Un gesto que denota su voluntad de vivir fuera de los convencionalismos. La escritora jamaicano-británica, que debutó en la literatura convirtiéndose en un best seller mundial con Dientes blancos (Salamandra, 2001), acaba de presentar Dead and Alive (muertos y vivos, sin traducción al español), su libro más íntimo: 30 artículos en los que reflexiona sobre la sociedad y la tecnología con la mirada fija en la muerte. El volumen llega en un momento de balance personal, cuando la autora cumple medio siglo de existencia, 26 años desde que publicara su primer libro y 22 de matrimonio (con el poeta irlandés Nick Laird, padre de sus dos hijos). “No me siento más sabia. Me siento diferente y por eso escribo diferente”, le explicaba Smith a Deborah Treisman, editora de ficción de The New Yorker, en la 26ª edición del festival de la revista. Lo dice desde una vulnerabilidad nueva: terminó 2025 con un parche en el ojo por una operación de degeneración macular. Seguir leyendo
Cuando tenía 14 años, Zadie Smith (Londres, 50 años) se cambió el nombre (de Sadie a Zadie) porque le parecía más excitante. Un gesto que denota su voluntad de vivir fuera de los convencionalismos. La escritora jamaicano-británica, que debutó en la literatura convirtiéndose en un best seller mundial con Dientes blancos(Salamandra, 2001), acaba de presentar Dead and Alive (muertos y vivos, sin traducción al español), su libro más íntimo: 30 artículos en los que reflexiona sobre la sociedad y la tecnología con la mirada fija en la muerte. El volumen llega en un momento de balance personal, cuando la autora cumple medio siglo de existencia, 26 años desde que publicara su primer libro y 22 de matrimonio (con el poeta irlandés Nick Laird, padre de sus dos hijos). “No me siento más sabia. Me siento diferente y por eso escribo diferente”, le explicaba Smith a Deborah Treisman, editora de ficción de The New Yorker, en la 26ª edición del festival de la revista. Lo dice desde una vulnerabilidad nueva: terminó 2025 con un parche en el ojo por una operación de degeneración macular.. Aunque el éxito de Dientes blancos, novela traducida a 20 idiomas, hizo que a los 24 años ya hubiera críticos que la compararan con Dickens (lo que podría haber resultado paralizante), la escritora continuó publicando y conservando el respaldo de los lectores. Fue nominada al Booker Prize en tres ocasiones, finalista de un Pulitzer e incluida en la lista Granta de mejores escritores británicos en 2003 y 2013. La escritora estadounidense Jennifer Egan (expresidenta de PEN America, una de las instituciones literarias más prestigiosas de Estados Unidos) la admira, como explica por correo electrónico: “No solo es un prodigio que ha seguido produciendo al más alto nivel hasta la mediana edad: lo que más me asombra es su versatilidad, su disposición a arriesgarse al fracaso probando cosas nuevas prácticamente cada vez y trabajar en cualquier género que elija”. Y es que si algo caracteriza a Smith, además de su prolificidad, es su versatilidad: seis novelas, cuatro ensayos, una obra de teatro, dos cuentos infantiles (junto a su marido) y más de 50 piezas en The New Yorker (cuentos, ensayos, artículos, reseñas). Por eso no debe sorprender que incluso haya grabado una canción, Vivid Light, para el nuevo disco de Dev Hynes (Blood Orange), aunque el pasado de la escritora como cantante de jazz durante sus años de estudiante sea desconocido para muchos.. Después de pasar una década en Nueva York como profesora de escritura creativa en la universidad (NYU), Smith volvió a Londres en 2020. La que fuera una niña que veía nueve horas diarias de televisión, hoy aboga por la desconexión y vive sin teléfono inteligente. No le interesan las redes sociales. Según contaba en 2024, en una entrevista a EL PAÍS, no quiere “formar parte del circo”. “En menos de 20 años hemos remodelado cada aspecto de nuestras vidas en torno al iPhone, como si fuera solo una herramienta y no también una ideología”, señala en Some Notes on Mediated Time (algunas notas sobre el tiempo mediado), que se recoge en su último libro, donde sostiene que nos hemos convertido en un producto y que estamos perdiendo la capacidad de aburrirnos, de concentrarnos, de estar solos, de mantener nuestra privacidad y de no dejarnos influir. “Miro a lo largo de un vagón de tren y veo una hilera continua de cabezas (desde la más joven hasta la más anciana) inclinadas hacia abajo, iluminadas por esa luz azulada, enfermiza, colonizadora de la conciencia del capitalismo tardío de Palo Alto, y pienso: la resistencia es inútil.”. Según comenta por correo electrónico David J. Remnick, editor jefe de The New Yorker, el hecho de que Smith sea principalmente conocida por ser una de las mejores y más innovadoras novelistas hace que a veces se pase por alto “la fineza de su mente, la belleza y la fuerza de sus ensayos. Ya sea que escriba sobre un fenómeno político o sobre un colega artista, es valiente, independiente y nunca aburre”. Estos ensayos son frecuentemente causa de controversia. ‘Shibboleth’, que publicó en 2024 en The New Yorker y que abordaba las protestas estudiantiles en contra de la guerra desde el punto de vista del léxico y la retórica, ha marcado un antes y un después en la percepción pública de la escritora. En un intento de filosofar sin entrar en lo político, en el ensayo Smith analizó el lenguaje de las protestas propalestinas en lugar de la situación política, comparando las palabras utilizadas por los estudiantes con las herramientas de destrucción masiva utilizadas por el ejército de Israel. Muchos consideraron que, bajo la aparente neutralidad del texto, Smith condenaba las protestas y privilegiaba la reflexión filosófica sobre la responsabilidad política en medio de lo que muchos ya calificaban de genocidio. “Mientras se presenta como una pensadora profunda, desligada de lealtades primitivas, Smith vincula cuidadosamente cada expresión de ambigüedad con el statu quo, la más primitiva de todas las lealtades”, escribió en su blog el académico palestino-estadounidense Steven Salaita.. La autora, que una vez fue considerada líder generacional, ha empezado a ser vista en su madurez como una figura que reprende a la juventud que inspiró. Un año después, Smith firmó una carta pidiendo el alto el fuego en Gaza, pero para sus críticos el gesto llegó tarde: cuando el término genocidio ya había pasado de la periferia activista al consenso del mundo cultural. Irónicamente, ‘Shibboleth’, el ensayo más polémico de su carrera, se encuentra dentro de Dead and Alive, considerado por Time, The New Yorker y Vanity Fair como uno de los mejores libros de 2025.. Smith, no obstante, se declara una escritora antidogmática. En su último discurso como profesora, Conscience and Consciousness: A Craft Talk for the People and the Person (conciencia y consciencia: una charla sobre el oficio para la gente y las personas) defiende la independencia de la conciencia del escritor. “Escribo sobre lo que me interesa, más que aquello que me indican que debería interesarme”. Y advierte: “Existe hoy una creencia generalizada, según la cual de algún modo dejamos de ser contemporáneos o responsables si no respondemos, momento a momento, al estado de ánimo”. La autora también concibe la novela como un espacio de ambigüedad moral, tomando como referencia a la escritora George Eliot y señalando su intención de generar preguntas en lugar de dar respuestas. “La inconsistencia ideológica es, para mí, prácticamente un artículo de fe”, escribe en el prefacio de Cambiando de idea (Salamandra, 2011), mostrándolo como una virtud en lugar de una debilidad. “Siempre he sido consciente de tener muchas voces contradictorias rondando por mi cabeza”, continúa en Fascinada por presumir: en defensa de la ficción (2019).. Es algo que conecta con la identidad como multiplicidad y no como encasillamiento. Hija de madre jamaicana y de padre inglés (30 años mayor que su madre), la hibridez ha sido una constante en su obra, empezando por Dientes blancos, donde su protagonista se pasa la novela tratando de aceptar que no pertenece a ningún sitio. Para Smith la identidad fluctúa y no es algo que deba categorizarse. La misma lógica, sin jerarquías ni categorías fijas, aparece en su libro de ensayos Con total libertad (2021), donde habla tanto de Kafka como de Justin Bieber.. En Death and Alive enfatiza la importancia de la crisis existencial, especialmente la de la mediana edad, que se solapa con la crisis política actual, la generacional, la colectiva.
