Violeta Lópiz (Ibiza, 1980) todavía se sorprende cuando pronuncia las palabras «Premio Nacional de Ilustración 2025». Lo cuenta con una mezcla de pudor y desconcierto, como si el reconocimiento le hubiera caído encima mientras ella miraba hacia otro lado. «Siempre he trabajado muchísimo pero tengo una producción muy chiquitita», admite. Y, sin embargo, ahí está el premio, recordándole algo que todavía está procesando. «Estamos muy apegados al triunfo, y sería un reto para mí no pretender llegar a tanto». Lo dice con una risa, consciente de la paradoja. «Pero me parece un buen dato que el Ministerio esté dando un premio a alguien que no produce tanto». No es falsa modestia, es una declaración de principios sobre el ritmo, el cuidado y crear desde otro lugar.. Su obra, que a menudo se reconoce por esas texturas en acuarelas, trazos orgánicos e interés por la naturaleza, ha ido configurando un lenguaje propio donde caben sensibilidad y forma. Ejemplo de ello son sus ilustraciones en una de sus obras más destacadas, La asombrosa y verdadera historia de un ratón llamado Pérez (Siruela), donde acompaña al animalito contado por Ana Cristina Herreros.. La segunda edición del festival Abrapalabra, que reúne a 53 autores de siete países en un mapa de actividades para todas las edades, la lleva estos días a Madrid en uno de sus momentos más significativos. El festival se ha consolidado como uno de los grandes escaparates españoles de literatura infantil y juvenil, con La Casa Encendida como epicentro. Allí conviven espectáculos para bebés, talleres familiares, encuentros profesionales, visitas escolares y una programación que hace visible el cruce entre arte, palabra y juego. En ese ecosistema, la sensibilidad de Lópiz encaja con naturalidad: la artista firma el cartel del festival y presenta Microcosmos, una instalación que transforma una sala en un espacio vivo, de luz, donde lo diminuto se vuelve protagonista. Confiesa que su perdición es jugar con su microscopio e incorporar en su obra lo que descubre.. A su llegada, el proyecto fue agrandándose, y ese surgir espontáneo define bien la lógica de su trabajo. En Microcosmos, todo se convierte en un paisaje animado donde plantas, insectos y luz respiran con el público. La pieza dialoga con la personal de Lópiz, quien vive en el campo, donde, dice, la percepción cambia de escala. Allí la rutina está hecha de ciclos naturales, de elementos que se mueven despacio y criaturas que aparecen sin permiso.. «Incluso con el peor libro, con ilustraciones horribles, construyes una relación con tu hijo y con la lectura para toda la vida». Ese ritmo vital también afecta a su relación con la creación. «Te parece que si dejas de hacer lo que haces te vas a morir. Dejo de ser periodista y ya no existo en el mundo, me esfumo. Romper con esa idea ha sido uno de los descubrimientos más grandes para mí». Habla de la trampa de identificarse solo con el oficio, como si dejar de producir fuera dejar de existir. Pero algo ha cambiado en su interior: «También me da un poco de relax. No tengo que demostrar nada a nadie. Quizá empiece a hacer cosas mucho menos memorables». Su mirada hacia el futuro es menos exigente, más libre. «Ser madre es como una inmersión artística plena, la más bestia», explica. Y ha comprendido por la fuerza, con difícil conciliación, que su trabajo nace ahora de manera más lenta y permeable a lo que vive con su hija.. Construir la instalación con el estudio Gheada también ha sido un territorio de aprendizaje. «Trabajar con buena gente me motiva, me embarco. Aprender es siempre mi motor para crear», asegura. Y parte de esa novedad tiene que ver con la técnica: «En Perú -donde ha residido hasta hace poco- no tengo muchos materiales y no me da tiempo a escanear las cosas. Para el festival he hecho todo digital, que es algo nuevo para mí, hacer animaciones». Ese trabajo híbrido marca un punto de inflexión en su lenguaje visual.. Además de la instalación, en Abrapalabra dirigirá un taller donde niños y adultos crearán una bandada de pájaros suspendidos en el espacio, una metáfora de comunidad. El vuelo colectivo ofrece una lectura perfecta para el festival: avanzar juntos, dejarse llevar por la intuición, aprender mirando al lado. «Le tengo mucho cariño a la Casa Encendida porque durante muchos años ha sido mi espacio para ver cosas y donde aprender», dice. Su presencia como autora invitada parece cerrar un círculo.. Esa sensibilidad es la que la lleva a defender el gesto de leer: «Los ilustradores acompañamos ese acto», dice, y reivindica hacerlo en compañía: «Incluso con el libro más terrible, con ilustraciones horrorosas, estás construyendo una relación con tu hijo y con la lectura para toda la vida».. Abrapalabra se construye desde esa misma mezcla de cuidado y descubrimiento, y quizá por eso la obra de Lópiz destaca en el festival. Su instalación recuerda algo esencial que mirar alrededor, despacio, es otra forma de leer. Que en un microcosmos cabe un universo. «No estoy pensando en un gran concepto», sino en algo que recordar, dice ella.
La Lectura // elmundo
Premio Nacional de Ilustración 2025, la artista ibicenca llega a Abrapalabra con una instalación que invita a mirar lo más pequeño y a detenerse en la belleza que solo se ve al bajar el ritmo Leer
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